Laura

Todo es amargo y más cuando he fumado un cigarro Piel Roja y he tomado un café bien oscuro. Laura ha llegado. Yo estoy sentado acá en el balcón, de frente a la brisa que viene del Cravo Sur. ¡Oh qué puros son estos vahos que el río trae! Laura se ha despojado de la ropa de su trabajo, anda de un lado para el otro dentro del cuarto, constantemente lanzándome guiños coquetos. La calle diecisiete está vacía a esta hora de la noche y la oscuridad permite sacar diferentes conclusiones a cada movimiento de los árboles, exangües en hojas y en verdor. Es verano aquí en el llano. En frente mío el parque, descubierto en tierra que en la noche se torna en mar infranqueable. Sentada frente a mí, lleva puesta un camisón blanco largo que hace las veces de camiseta o vestido o falda. Un parco destellar me obliga a observar al parque, una luz amarilla diminuta, casi en el centro del parque despliega su haz inexorable. Ella entrecruza lentamente sus piernas y me mira, con el cabello suelto, reconociéndome de nuevo. Tres días juntos saldrán bastante costosos. Deslizo la tarjeta de crédito. Ha traído un datafono. Tres noches de locura desenfrenada. El primer día, un silencio absoluto nos cedía las voces y los gemidos propios. El segundo, un jazz de Charlie Parker y Miles Davis las camuflaba. Uno, dos, tres, cuatro, cinco veces destellaba ese algo desde el centro del parque. ¡Tres días! Tres por ciento cincuenta mil. Esto hace cuatrocientos cincuenta mil. El tercer día su rubor y el contorno de sus ojos –delineados con prisa, vi cuando llegó- lucían desencajados y dejaban el rastro de un río desbordado sobre sus pómulos. Había propuesto a Orlando Contreras. Lloraba, lloraba mientras hacía su trabajo. Dos, tres, cuatro, cinco copas de vodka barato. Vuelve y sopla desde el norte ese olor a tierra y pienso escuchar el Cravo Sur chocando contra las piedras, dibujando su camino hasta el Meta. La clave, digito la clave. El canela de su rostro lo había reconocido en cada rincón de su cuerpo. Su gruta había sido mi refugio en estos tres días. Allí no llegaron los Fernández, no llegaron los ruidos y sus burdas palabras admitiendo esto o lo otro. Cuatrocientos cincuenta, los oiría, seguro, reprocharlo una y otra vez. Su sonrisa se dibujó, su sonrisa. El camisón, si apenas llegaba hasta las rodillas. El recibo de compra expulsado por el datafono. Tres, cuatro cajetillas de cigarros en el piso. De espaldas hablaba, planeaba nuestro próximo encuentro. Suena Allá tú y lo tararea. De espaldas, recostada contra las barandas del balcón. Cinco veces destellaba ese algo desde el centro del parque. Imaginé el rugido del Cravo Sur, chocando contra las piedras, su cabello desbordado por su espalda. Los estallidos vienen luego. Me había acariciado, en la cama, sin cargos, prometido. En el Cravo Sur, en la costa la había pintado conmigo. Busqué el Winchester, desorientado. Ostenta sus cabellos descendiendo por el valle, su espalda, retomando su pulso en los glúteos marcados en el camisón, ella erguida como reina. Y llegan las cinco explosiones. Amarga decepción irrumpe con su apertura en mis oídos. Su cabello adopta un siniestro compás. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Al centro del parque, desdeñando mi párkinson. Su camisón manchado, su cabello, quieto, sobre la palidez de la baldosa. ¡Una curiara por el Cravo Sur, hasta abrazar el Meta! Y así, inoportunos, impertinentes, los reclamos del Winchester. ¡Cuán desentonados con el interludio!

© Cruz Medina
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