Lazos de familia

La señora Fernández se enfundó los guantes acolchados y abrió la portezuela del horno. Un delicioso aroma a almendras inundó la cocina. Colocó la bandeja repleta de galletas sobre el desayunador y sonrió, satisfecha. Se quitó los guantes y preparó una jarra de limonada.

El chico estaba terminando de podar el césped. La señora Fernández lo llamó con un aleteo de la mano. El chico apagó la podadora y se limpió el sudor de la frente con el dobladillo de la playera.

—Excelente trabajo —dijo la señora Fernández al tiempo que le alargaba un vaso de limonada.

El chico tomó el vaso y asintió con la cabeza. Se volvió para ver el césped y bebió la limonada de un solo trago. Si se apresuraba, quizás también podría trabajar en el patio de los Martínez.

—¿Quieres pasar a comer unas galletas? —el tono de la voz de la señora Fernández se parecía más al de una súplica que al de una pregunta.

El chico balbuceó una excusa. La señora Fernández ladeó la cabeza y curvó los labios hacia abajo. Sus ojos tristes parecían musitar un «lo entiendo».

El chico suspiró y dio un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Disponía de quince minutos.

—Unas galletas me vendrían bien —dijo, devolviéndole el vaso vacío.

Mientras servía las galletas y un nuevo vaso de limonada, la señora Fernández le contó al chico acerca de su hijo. Era un muchacho estupendo y lo que más amaba en todo el mundo. La mujer hizo una pausa para secarse las lágrimas con una servilleta. Se había marchado al terminar la secundaria y nunca más volvió a saber de él. Ahora tendría unos treinta años.

—Daría cualquier cosa por recibir al menos una llamada —la señora Fernández se mordió el labio para no volver a llorar.

El chico vio su reloj. Casi era el momento de marcharse. —Sé que los hijos tienen que irse algún día —la señora Fernández se sentó frente al muchacho—, pero no comprendo cómo pueden romper con tanta facilidad el lazo que los une a sus padres. Una esposa se puede convertir, de la noche a la mañana, en una exesposa. Basta un pequeño disgusto. Pero una madre será siempre una madre. No existe tal cosa como una exmadre.

El chico apuró la tercera galleta y se levantó de la silla. No había prestado demasiada atención a lo que decía la señora Fernández. Tenía la mente ocupada calculando el dinero que llevaba ahorrado durante ese verano.

—Ha sido un placer, señora —dijo al terminar de masticar—, pero debo marcharme.

El semblante de la señora Fernández se endureció.

—¡No, Jorge! —exclamó, señalándolo con un dedo—. Esta vez no te irás.

El chico la miró con extrañeza, sin entender lo que estaba sucediendo.

—Mi nombre no es Jorge —balbuceó.

—Ahora también reniegas del nombre que escogió tu madre —dijo la señora Fernández, cubriéndose la cara con ambas manos—. No sé qué hice para merecer tanta ingratitud.

El chico comenzó a preocuparse. Lo mejor sería salir corriendo. Estaba girando en dirección a la puerta cuando sintió un agudo dolor en el estómago. Se aferró al respaldo de la silla. Estaba empapado por un sudor viscoso. Cada vez era más difícil respirar. Cayó de rodillas. Una desagradable espuma salía por su boca entreabierta. Sus ojos se pusieron blancos y extendió una mano que solo pudo atrapar un puñado de aire. Tardó unos cinco minutos en dejar de moverse.

—Te advertí que esta vez no te irías, Jorge —dijo la señora Fernández con una sonrisa triunfal.

Levantó la bandeja de la mesa y mientras la llevaba al fregadero pensó que no había nada más efectivo que el amor de una madre para retener a un hijo descarriado. Eso y un poco de cianuro en las galletas.

Texto © Kalton Bruhl
Fotografía © NadineDoerle