Lírica arbórea

EL BOSQUE  INTERIOR (II)

El árbol como conciencia y esperanza

En la primera parte de este recorrido nos internamos en el bosque como quien aprende a mirar: árboles observados desde fuera, árboles que enseñan, consuelan o interrogan. Moreno Villa, Altolaguirre y García Nieto nos mostraron cómo la figura vegetal se convierte en espejo del ánimo, modelo de libertad lenta o interlocutor silencioso frente al invierno humano.

En esta segunda parte, el movimiento se invierte. El árbol ya no está delante de nosotros: crece dentro. La poesía da un paso más y convierte la imagen vegetal en conciencia, memoria y esperanza. Desde la epifanía interior de Octavio Paz hasta la rama verde de Machado, pasando por el renacer íntimo de Buesa o la defensa del sueño en Rosalía de Castro, el bosque se vuelve interior y habitable.

Si en el primer bloque el árbol enseñaba a mirar, aquí enseña a resistir.

Seguimos este periplo con un poema que nos descubre una transmigración arbórea en el yo poético de Octavio Paz. ÁRBOL ADENTRO

Creció en mi frente un árbol.
Creció hacia dentro.
Sus raíces son venas,
nervios sus ramas,
sus confusos follajes pensamientos.
Tus miradas lo encienden
y sus frutos de sombra
son naranjas de sangre,
son granadas de lumbre.
Amanece
en la noche del cuerpo.
Allá adentro, en mi frente,
el árbol habla.
Acércate, ¿lo oyes?
1Paz, Octavio. La voz de Octavio Paz. Ed. Residencia de Estudiantes. Madrid, 2014, p. 53.

Imagen de José Luis Perez Fuente

En Octavio Paz, el árbol abandona su estatuto botánico y se convierte en entidad psíquica. Ya no es metáfora, sino una presencia interior real: rama, raíz y fruto equivalen a nervio, pensamiento y sangre. Esta inversión recuerda a la metamorfosis de Dafne en laurel, pero al revés: no es el cuerpo el que se convierte en árbol, sino la conciencia la que se abre como tronco.

         El poema tiene la claridad de una epifanía y la oscuridad de un sueño. El árbol interior es una especie de conciencia orgánica, una “voz sin voz” que vive en la frontera entre lo corporal y lo mental. Esa voz es la que buscan los personajes de Laura Gallego en Donde los árboles cantan, donde el bosque posee vida y lenguaje propios; también ese árbol íntimo que, en la novela de Niven (Los árboles integrales), es casi un cosmos completo habitado por seres humanos. Octavio Paz lleva esa intuición hasta un extremo iluminador: el bosque más profundo está dentro del cráneo.

         José Ángel Buesa acude a este bosque íntimo con un poema que habla de la ilusión que produce en la voz lírica el renacer de una nueva hoja en su “buen árbol”, recordándonos el anhelo y la esperanza de Machado ante el milagro de la vida del olmo seco.

POEMA DEL ÁRBOL

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento.

Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.

Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.

Sí, buen árbol; ya he visto cómo truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.

Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.

No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.

Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde
…2Buesa, José Ángel. Edición de referencia: Obras completas, La Habana, 1952.

El poema de Buesa recoge una imagen esencial del simbolismo vegetal: la resurrección. El árbol, tras la tempestad, renace con una hoja verde que inaugura un nuevo ciclo, igual que los sentimientos humanos que parecían acabados. La delicadeza de Buesa consiste en vincular esa hoja no con una esperanza abstracta, sino con un consuelo íntimo: el amor que regresa transformado.

Este brote recuerda la primera encina plantada por Bouffier en el relato de Giono (El hombre que plantaba árboles), y también la “primera hoja” que en Zambra (La vida privada de los árboles) marca un gesto de continuidad afectiva en medio de la incertidumbre. Árbol y alma comparten una misma disciplina: la capacidad de volver a empezar.

Y después de esa hoja de Buesa, Rosalía de Castro, atribuye a seres animados e inanimados la cualidad de poder expresar la verdad que el yo lírico no quiere oír ni reconocer: no murmuréis de mis sueños.

Imagen de José Luis Pérez Fuente

 LVIII

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros:
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
                                               –Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

–Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos
?3Castro, Rosalía de. En las orillas del Sar. www.cervantesvirtual.com. Edición digital a partir de Madrid, Establecimiento tipográfico de Ricardo Fe, 1884, cotejada con la edición crítica de Xesús Alonso Montero (Madrid, Cátedra, 1985) y la de Marina Mayoral (Madrid, Castalia, 1976.)

Rosalía introduce un matiz esencial: no es el árbol el que imita al alma, sino el alma la que escucha en el árbol lo que no quiere oír de sí misma. Las plantas “hablan” porque la conciencia es capaz de percibir en ellas una verdad sobre el tiempo y la vejez. El poema dialoga de forma natural con García Nieto: ambos perciben en los seres vegetales una sabiduría que interroga al ser humano.

         La eterna primavera que sueña la voz poética se asemeja al deseo del ciprés de Moreno Villa o al impulso ascensional del olmo de Altolaguirre: una aspiración que se mantiene incluso cuando el tiempo nos recuerda sus límites.

Desde esa defensa del sueño —pese al desgaste y al frío— la voz del bosque interior nos conduce hacia uno de los poemas esenciales de nuestra literatura: “A un olmo seco”, donde Antonio Machado transforma un tronco herido en la más intensa imagen de esperanza. Es un texto que, por su hondura y su limpieza expresiva, ocupa un lugar prominente en este primer capítulo del bosque interior.

A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera
.4Machado, Antonio. Campos de Castilla (1907-1917). Edición de Ángel Luis Prieto de Paula. www.cervantesvirtual.com.

Pocas veces la literatura española ha unido con tanta sencillez lo devastado y lo milagroso. En este poema, Machado contempla un olmo herido, viejo, carcomido por el rayo y por el tiempo, que sin embargo es capaz de brotar en primavera. El poeta no embellece el deterioro: lo muestra con precisión casi clínica. Y, precisamente por eso, la hoja nueva adquiere un resplandor moral que ilumina no solo al árbol, sino a la conciencia que lo observa.

La belleza del texto nace de su equilibrio: por un lado, la realidad áspera del tronco (hormigas, arañas, podredumbre, herido por el rayo); por otro, el asombro íntimo que produce ver surgir la vida donde ya no se esperaba nada. Machado recoge esa mínima promesa y la convierte en un símbolo de su propia esperanza, expresada con una de las imágenes más limpias de su obra: “la gracia de tu rama verdecida”.

El poema, de estructura perfecta, se sostiene sobre la tensión entre un final anunciado —la tala, la quema, el arrastre de las aguas— y la irrupción del verde inesperado. Ese contraste lo convierte en un poema clave para este bosque interior, donde la escritura se mueve constantemente entre fragilidad y renacimiento, igual que en los textos de Buesa o Altolaguirre.

La conexión con “Poema del árbol” es natural: allí Buesa veía en la primera hoja una resurrección amorosa; aquí Machado reconoce en la rama verde un “milagro de la primavera”. Y también resuena con Rosalía de Castro, cuya voz insistía en mantener los sueños aun cuando el tiempo advierte su desgaste. En los tres casos, el árbol es una forma de esperanza que no niega la realidad, sino que brota dentro de ella.

En “A un olmo seco”, el árbol es a la vez un cuerpo y un destino. Su deterioro recuerda a los árboles del invierno veneciano de Hemingway, donde la desnudez revela la verdad de las cosas. Pero aquí el prodigio vegetal introduce un matiz decisivo: el renacer como respuesta al dolor, una dimensión que lo emparenta con El hombre que plantaba árboles, donde Giono narraba cómo un solo gesto paciente puede transformar un paisaje entero.

En este poema, la rama verde se convierte en un punto luminoso que justifica el recuerdo (“quiero anotar en mi cartera”) y que permite al poeta enlazar su propia espera con el proceso silencioso del árbol. De este modo, lo vegetal y lo humano se vuelven inseparables: no solo hay un árbol herido en la ribera del Duero, sino un alma que aprende a levantarse después de su herida.

Imagen de José Luis Pérez Fuente

A medida que avanzamos por este bosque interior, se intuye que los árboles no están solo “fuera”: pertenecen a una geografía del ánimo que se expande a través de símbolos reconocibles —la rama caída, el tronco erguido, la hoja nueva, la corteza herida— y que vuelve a nosotros cada vez que los miramos. En las novelas y relatos mencionados, en los poemas de esta antología, en los mitos antiguos y en nuestras propias memorias, el árbol reaparece como la forma más precisa de expresar lo que no puede decirse de otro modo: la fragilidad, el anhelo, la renovación o la melancolía.

         Y quizá por eso conviene recordar cierta escena íntima de La vida privada de los árboles: un hombre, en silencio, cuenta una historia a una niña mientras teme que su mujer no regrese. Afuera todo es noche, pero él sostiene un cuento sobre hojas y ramas como quien enciende una lámpara mínima. Los árboles, una vez más, prestan su respiración a la nuestra.

         Tal vez la literatura —como los árboles— solo pueda ofrecernos eso: una sombra, un ascenso, un rumor. Algo que nos acompaña sin pedir nada a cambio y que, cuando se vuelve hacia dentro, ilumina un paisaje donde todavía se puede habitar.


©Texto e imágenes:  José Luis Pérez Fuente