Lírica arbórea

El bosque interior (I)

El árbol como espejo intrínseco

Afortunados somos si vivimos rodeados de árboles; pero aún habremos de ser más dichosos si los interiorizamos, los hacemos nuestros y los contemplamos desde dentro. Su sombra, su lentitud, la manera en que se inclinan, resisten o ascienden, nos hablan de una existencia espontánea, sencilla y casi silenciosa que puede servir a nuestra alma de alimento espiritual y filosófico. Quien los mira con verdadera atención acaba descubriendo que no son solo cuerpos de madera y savia, sino formas visibles de sentimientos, deseos y silencios que no siempre sabemos nombrar.

Fotografía de José Luis Pérez Fuente

Por eso tantas culturas los trataron como interlocutores o custodios: el fresno Yggdrasil que sostiene los mundos, el olivo que guardaba los misterios de Atenea, el árbol bodhi bajo el que Buda comprendió el sufrimiento, incluso las encinas ibéricas donde se colgaban exvotos o se pedían curaciones. En todos ellos aparece una intuición antigua: el árbol es un espejo solemne y vivo donde la interioridad humana se reconoce.

Los poemas que transcribo a continuación nos introducen en ese bosque interior. No son un catálogo de especies, sino una constelación anímica. Cada uno ilumina una experiencia: la fragilidad, el ascenso, la paciencia, la desnudez, la intimidad, el recuerdo, el desengaño o la esperanza. También dialogan entre sí y con otros textos contemporáneos —como La vida privada de los árboles de Alejandro Zambra, Al otro lado del río y entre los árboles de Hemingway o El hombre que plantaba árboles de Jean Giono, entre otros— que continúan la tradición de concebir el árbol como depositario de una verdad humana.

Comenzamos por ese sauce y ese ciprés que José Moreno Villa convirtió en las dos caras de su existencia.

VIVO Y SUEÑO

Cunde la rama del sauce
en la alberca su fatiga;
levanta el ciprés su lanza
infatigable a los cielos.

Con el sauce, vivo.
Con el ciprés, sueño.

Lánguida rama de sauce
me cuelga entenebrecida.
Lanza de ciprés emerge
de mi piel hasta el misterio.

Con el sauce, vivo.
Con el ciprés, sueño
. 1MORENO VILLA, José. De Poemas 1939-1941, en ANTOLOGÍA DE LA POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX. 1900–1980. Ed. Castalia. Madrid, 2003, p. 157.


Moreno Villa ofrece aquí un poema breve, transparente y hondísimo. Dos árboles encarnan dos modos de ser: el sauce, que vive hacia abajo, fatigado y cercano al agua; y el ciprés, que sueña hacia arriba, afilado y vertical. El poeta, atrapado entre ambos gestos, reconoce que la vida diaria se parece más al sauce —a la languidez, a la carga suave que cae— mientras que los deseos, las aspiraciones y la trascendencia se afilian al ciprés.

Es inevitable recordar que, en La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra mostraba cómo un árbol doméstico, un bonsái casi frágil, representa la expectativa —y el temor— del protagonista ante el posible retraso de su esposa. El árbol, en ese libro, no asciende como un ciprés, pero sí sueña con él: se convierte en proyección interior, en puente entre la inquietud y la esperanza. Ese suave temblor anímico también está presente en el sauce que “cuelga entenebrecido”, porque no es solo rama: es estado del alma.

El ciprés, en cambio, encarna un impulso más alto. Su lanza se prolonga “hasta el misterio”, igual que en las culturas mediterráneas representaba la permanencia o el infinito. Moreno Villa no describe un árbol, sino un dilema humano: vivir hacia abajo, soñar hacia arriba.

El segundo poema viene de la mano de Manuel Altolaguirre, mostrándonos un olmo gurú, un consejero y un modelo para imitar.

Fotografía de José Luis Pérez Fuente

A UN OLMO

¡Qué lenta libertad vas conquistando
con un silencio lleno de verdores!
Apenas si se nota en ti la vida
y nada hay muerto en ti, olmo gigante.
Tus hojas tan pequeñas me enternecen,te aniñan, te disculpan
de los brutales troncos de tus ramas.
Las hojas que resbalan por tu rostro
parecen el espejo de mi llanto,
parecen las palabras cariñosas
que me sabrías decir si fueras hombre.
Tu tamaño no abruma, no me pesa.
Quién como tú pudiera ser tan libre,
con esa libertad lenta y tranquila
con la que tú te vas formando.
Tú permaneces, pero te renuevas,
estás arraigado, pero creces.
Tú conquistas el cielo sin derrota
dueño de tu comienzo y de tus fines.
Si yo tuviera comunicaciones
con las duras raíces ancestrales,
si mis antepasados retorcidos
me retuvieran firmes desde el suelo,
si mis hijos, mis versos y mis aves,
brotaran de mis brazos extendidos,
como un hermano tuyo me sintiera.
Olmo, dios vegetal, bajo tu sombra
bajo el rico verdor de tus ideas,
amo tu libertad que lentamente
sobrepasa los duros horizontes
y me quejo de mí, tan engañado,
andando suelto para golpearme
contra muros de cárcel y misterio.
Las tinieblas son duras para el hombre
. 2Altolaguirre, Manuel. Islas del aire. Ed. Renacimiento. Sevilla, 2007, p. 143.


El olmo que ensalza Altolaguirre no es arbóreo por su forma, sino por su enseñanza moral. Se renueva sin prisa, permanece sin inmovilizarse, arraiga sin someterse y crece sin ruido. El poeta ve en él lo que él mismo no logra: una libertad sin brusquedades, sin rupturas, una libertad que no necesita gesticular. El árbol es un maestro espiritual y, al mismo tiempo, una figura afectiva: esas “hojas que resbalan por tu rostro” funcionan como espejo del llanto humano.

La idea de un árbol que corrige nuestra torpeza conecta con la figura de Elzéard Bouffier en El hombre que plantaba árboles (1953), de Jean Giono, donde un pastor transforma un valle de desolación plantando encinas durante décadas. Allí también el árbol enseña una libertad lenta, silenciosa, que no busca recompensa ni aplauso. Ambos textos comparten la convicción de que la verdadera firmeza no es agresiva, sino paciente.

En el poema aparece, además, la memoria ancestral: raíces que sostienen, hijos que brotan, antepasados que sostienen desde lo hondo. No resulta extraño que Altolaguirre llame al olmo “dios vegetal”, como si en su interior habitaran la sabiduría de los robles druidas o la estabilidad de las encinas veneradas en los exvotos ibéricos. Su sombra no solo es física: es una enseñanza.

Unos árboles anónimos son los protagonistas del tercer poema. José García Nieto establece un coloquio interior con ellos.


JARDÍN BOTÁNICO
(Invierno-Madrid)

Tras de la verja, húmeda y fría,
en el silencio de la tarde,
miro esas ramas, y ellas miran
el alma quieta de la calle.

Troncos o cuerpos resbalados
por labios de un agua fragante
que besa y dice lentamente
su madrigal indescifrable.

El peso dulce de los nidos
y los verdores anhelantes
vienen por un sendero oculto
que todavía no ve nadie.

¿Sois más que el hombre? ¿O como el hombre
subís hacia otras claridades?
¿mantenidos en vuestro invierno,
detrás de las noches iguales?

Volverá a ser abril un día,
y volverá la flor al aire.
Quisiera el hombre ser a veces
un árbol más entre los árboles
. 3García Nieto, José. De Geografía es amor, en ANTOLOGÍA DE LA POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX. Ed. Castalia. Madrid, 2003, p. 442.


Los árboles desnudos del invierno madrileño observan y, a la vez, son observados. La mirada que se cruza entre poeta y ramas establece un diálogo silencioso en el que lo humano se pregunta si el árbol posee un grado distinto de claridad, una inteligencia vegetal sostenida por la paciencia estacional. La pregunta central —“¿Sois más que el hombre?”— no busca una respuesta científica, sino moral.

Aquí se perciben los paisajes invernales de Hemingway (Al otro lado del río y entre los árboles), donde el coronel Cantwell contempla la desnudez de los árboles venecianos como si fueran su propio reflejo, un “invierno” personal que lo despoja de adornos. Allí, como aquí, el árbol desnudo es revelación: la estructura interna se muestra cuando cae la hoja.

García Nieto concluye con un deseo que es casi un susurro metafísico: “ser un árbol entre los árboles”, participar de esa calma que no necesita explicarse. Se podría pensar en el narrador de Alejandro Zambra (La vida privada de los árboles), o en el pastor Elzéard Bouffier de Jean Giono (El hombre que plantaba árboles), buscando la misma comunión: la sencillez sin artificio.


©Texto e imágenes:  José Luis Pérez Fuente