Literatura ferroviaria IV

Los trenes han sido símbolos poderosos en la literatura y la poesía, evocando una amplia gama de emociones e ideas. Representan el progreso y la modernidad, pero también el viaje, tanto físico como metafórico, hacia destinos desconocidos o hacia el interior del alma humana. Su constante movimiento y la cadencia de sus ruedas han inspirado imágenes de tiempo, memoria y transformación.

En la poesía, los trenes suelen ser metáforas de la vida y el destino, conectando paisajes internos y externos. Poetas como Pablo Neruda, Federico García Lorca o Walt Whitman han utilizado los trenes para explorar temas como la soledad, la nostalgia y el sueño. En este contexto, los trenes pueden aparecer como espacios de ensoñación, de transición o como testigos silenciosos del paso de la humanidad por el tiempo. Su presencia en la literatura refleja no solo su importancia histórica, sino también su capacidad de capturar la experiencia humana en movimiento.

Neruda

Neruda

En el siguiente poema titulado “Sueños de trenes”, Pablo Neruda proyecta un espacio interior, personal, utilizando el tren como un símbolo de soledad –Yo estaba solo en el tren solo– y de vacío –Almas perdidas en los trenes / como llaves sin cerraduras / caídas bajo los asientos–. El poema nos traslada a una estación donde los trenes, inmóviles y silenciosos, se convierten en una alegoría de viajes interiores que trasmiten emociones humanas. Uno de esos viajes lleva al yo poético a su infancia: de pronto era el tren de la infancia.

La estación donde se desarrolla la acción es quimérica y los trenes parecen suspendidos entre el sueño y la realidad: me sentí perdido en un viaje en el que nada se movía, evocando sensaciones de nostalgia abismal.

Los vagones se convierten en depósitos de recuerdos y de elementos fantasmales, representando las almas perdidas y los dolores de los pasajeros del pasado.

El autor juega con la idea del movimiento y la quietud –me sentí perdido en un viaje / en el que nada se movía– y, aunque el tren no avanza físicamente –y así corría el tren inmóvil–, el viaje emocional e introspectivo del yo poético transcurre intensamente.

Neruda presenta un tren lleno de contradicciones:

y yo un pasajero dormido
desdichadamente despierto…
el verano alegre y amargo…
y así corría el tren inmóvil…

y también cargado de soledad y de ausencias, en un viaje donde lo único que se mueve es su propio corazón, desgastado por el peso de sus recuerdos y emociones.

En definitiva, el poema encapsula la habilidad de Neruda para transformar escenas cotidianas en experiencias universales llenas de simbolismo, donde el tren se convierte en un vehículo tanto físico como espiritual para explorar las profundidades de la existencia.

Sueños de trenes

Estaban soñando los trenes
en la estación, indefensos,
sin locomotoras, dormidos.

Entré titubeando en la aurora:
anduve buscando secretos,
cosas perdidas en los vagones,
en el olor muerto del viaje.
Entre los cuerpos que partieron
me senté solo en el tren inmóvil.

Era compacto el aire, un bloque
de conversaciones caídas
y fugitivos desalientos.
Almas perdidas en los trenes
como llaves sin cerraduras
caídas bajo los asientos.

Pasajeras del Sur cargadas
de ramilletes y gallinas,
tal vez fueron asesinadas,
tal vez volvieron y lloraron,
tal vez gastaron los vagones
con el fuego de sus claveles:
tal vez yo viajo, estoy con ellas,
tal vez el vapor de los viajes,
los rieles mojados, tal vez
todo vive en el tren inmóvil
y yo un pasajero dormido
desdichadamente despierto.

Yo estuve sentado y el tren
andaba dentro de mi cuerpo
aniquilando mis fronteras,
de pronto era el tren de la infancia,
el humo de la madrugada,
el verano alegre y amargo.

Eran otros trenes que huían,
carros repletos de dolores,
cargados como con asfalto,
y así corría el tren inmóvil
en la mañana que crecía
dolorosa sobre mis huesos.

Yo estaba solo en el tren solo,
pero no sólo estaba solo,
sino que muchas soledades
allí se habrán congregado
esperando para viajar
como pobres en los andenes.
Y yo en el tren como humo muerto
con tantos inasibles seres,
por tantas muertes agobiado
me sentí perdido en un viaje
en el que nada se movía,
sino mi corazón cansado.


calle anochecer
Estaban soñando los trenes
en la estación, indefensos,
sin locomotoras, dormidos.

Neruda
Entre los cuerpos que partieron
me senté solo en el tren inmóvil.

llaves
Almas perdidas en los trenes
como llaves sin cerraduras
caídas bajo los asientos.

calle alumbrada
tal vez el vapor de los viajes,
los rieles mojados, tal vez
todo vive en el tren inmóvil

Neruda
de pronto era el tren de la infancia,
el humo de la madrugada,
el verano alegre y amargo.

Neruda
me sentí perdido en un viaje
en el que nada se movía,
sino mi corazón cansado.

© José Luis Pérez Fuente