Litio
Abre los ojos, son las dos y media, suspira, “joder otro día que no lo consigo” piensa agobiado, pone un pie en suelo, respira un par de veces, luego el otro, le cuesta horrores levantarme. Se he despertado muchas veces, pero la cama le atrapa y le resulta imposible. Al fin sale de la habitación esquivando la ropa que esta desperdigado por el suelo, después de pasar por el baño se mete en la cocina y lentamente se prepara un vaso de leche muy caliente en el microondas y coge unas galletas. Se afinca en el sofá y enciende la tele, aparece una tertulia de esas en la que todos saben de todo, le sirve, no necesita nada muy sofisticado.
Entra su hermana en el salón, va como con prisa, como siempre, consigue articular un “hola, ¿qué tal?” que suena como si estuviera afónico. Ella le mira de medio lado y le suelta “chico que mala cara tienes, como no te espabiles te va a comer la mierda. Me piro.” Coge un paquete de tabaco y desaparece. Imagina que irá a la universidad, siente envidia, ella es la buena estudiante, la normal. Suena el aviso de la lavadora, maldice y le viene a la mente el doctor que siempre le está diciendo que tiene que colaborar en casa. Esto de la ropa le supera, le parece un coñazo horrible. Refunfuña, pero sabe que tiene que levantarse si no será aún peor, se sentirá inútil. Siempre piensa lo mismo: porque tiene que encargarse él de esto cuando apenas echa ropa a lavar. Esto le mantiene un rato entretenido, tender algunas cosas en el tendedero interior y meter lo demás en la secadora.
En cuanto termina vuelve al salón, mientras se termina la leche que ya está se da cuenta de que mañana tiene cita psiquiatra, a las once. Se agobia porque no sabe si va a ser capaz de levantarse y llegar a tiempo, se promete a si mismo que no faltará. Se pone a rebuscar en su bolso hasta que encuentra un pastillero gris hecho polvo, abre un compartimento y echa a la boca unas cuantas pastillas. Se pone a recoger su habitación, se ducha y come algo. Se siente un poco mejor, Piensa en Marina, ¿qué diría si le viese así? Por la ventana del salón entra un rayo de sol que ilumina toda la estancia, “por fin un poco de luz en la oscuridad”, piensa. Coge el teléfono, pasan unos segundos y no se decide, lleva semanas posponiendo esta llamada, “algo hay que hacer”, se dice y marca su número.
—Sí, ¿quién es?
—Yo, ¿quién va a ser?
—Sí, no sé porque pregunto, eres el único friki que llama al fijo. No sé si hago bien, hablando contigo.
—Dicen que hay que fiarse del primer impulso, si te ha salido coger el teléfono, por algo será.
—Esa teoría de mierda de donde la has sacado, seguro que te la has inventado.
—Como me conoces, ¿cómo estás?
—Bien, liada como siempre. ¿Cómo desapareciste así? Así no se hacen las cosas.
—Ya, tienes razón, me tuve que quitar de en medio un tiempo. Si quieres nos tomamos algo un día y te cuento lo que me ha pasado.
—Es que no sé si debería, si me apetece. ¿Cómo llevas lo tuyo?
—Estoy mucho mejor —miente él.
—La verdad es que nos reíamos mucho, al principio, pero esta vida es así, las cosas especiales duran poco.
—Qué pesimista ha sonado eso, no te pega nada, donde está la soñadora con la que he pasado los mejores momentos de mi vida. ¿Te acuerdas cuando nos fuimos a Edimburgo?
—Sí, claro que me acuerdo, estuvo genial, pero ¿a dónde quieres ir a parar?
—No sé… bueno, sin paños calientes, por la mierda esta mía me he perdido muchas cosas importantes, ya sabes que es muy duro, pero no quiero perderte a ti también, no sé en qué plan, pero quiero tenerte a mi lado.
—Oh, me has emocionado, cuando quieres eres un amor. Mira si quieres nos tomamos algo una tarde y hablamos, así sales un poco de la cueva.
—Guay, pues ya me dices cuando, yo estoy disponible.
—Hecho, Venga adiós, te quiero, digo adiós—balbucea ella confundida.
—Nos vemos, yo también te quiero —la interrumpió impaciente.
Al colgar, después de unos instantes de confusión por primera vez en mucho tiempo se sintió vivo.
Cruzó el parque que a esa hora estaba prácticamente vacío, un par de señoras paseando a sus diminutos perros y poco más. Pensó en lo diferente que puede resultar un lugar según las circunstancias. Atravesaba prácticamente a diario el parque de el Madroño, menos cuando estaba encerrado en casa, recordó diferentes situaciones: las tardes de verano con la gente del barrio tras la piscina, el humo y las risas; la mano tan pequeña de Estela, los paseos, los besos, amor; cuando curro de jardinero con la maldita desbrozadora… Justo al cruzarlo se llegaba a la Avenida de los Perjudicados donde estaba la boca de metro. Como siempre iba lleno, le toco ir de pie, pero tan solo eran seis estaciones.
Se abrió la puerta y el doctor le hizo un gesto para que pasase, se levantó lo más rápido que pudo y se sentó enfrente de él. La consulta seguía siempre el mismo patrón, empezaba con un “¿qué tal estas?” Marcos tenía muy meditado lo que le quería decir, pero una vez que empezaba a hablar no sabía por dónde iría su discurso. Le comento que empezaba a ver la luz, pero que él no podía estar así, con estos bajones, le contó por encima sus rutinas y le dijo que ayer tras hablar por teléfono con una amiga salió a la calle. El doctor le observó todo el rato con los ojos entrecerrados y las gafas en la punta de la nariz. Cuando terminó Marcos, se quedó un rato que se hizo larguísimo en silencio y le preguntó si mantenía alguna de sus aficiones, sí seguía escribiendo. Se quedó descolocado, no se esperaba la pregunta y muy lacónico le dijo que no, que solo veía la tele. Entonces se volvió hacia la pantalla del ordenador y le imprimió la pauta con los cambios en la medicación. “Te he subido el Brintellix, te dejo las instrucciones para que te vayas quitando el Clonazepam, que ya no te hace falta y seguimos igual con el litio. Te veo mejor.” Sacó una agenda muy desgastada y le dio cita para un mes y le deseo buena suerte.
—Llegas tarde.
—Como siempre, dame dos besos anda.
Pasó el camarero, se pidió una cerveza sin alcohol y se quedó mirándola embobado, iba con un vestido veraniego fucsia muy ligero, sandalias de piel marrones y un colgante que le pareció de vidrio soplado y tenía una especie de margarita dentro. El pelo suelto y esa sonrisa suya que tanto le gustaba.
—¿Qué tal? Se te ve bastante bien, me tenías asustada.
—Sí, estoy mucho mejor. Creo que ya estoy en la otra orilla. Se hace muy largo, ya sabes.
—¿Qué te ha dicho el psiquiatra?
—Que si seguía escribiendo.
—¿Sólo eso? Aunque es verdad que no tienes que dejarlo, se te da bien, además es lo único que haces.
—Qué pesados estáis todos, es lo malo de esto, todo el mundo piensa que sus consejos de mierda van a ser útiles.
—Relaja, Marcos, que solo hemos venido a tomar algo, no pagues tus movidas conmigo.
—Vale, vale. Joder que imbécil soy, menos mal que me conoces. Lo siento, lo siento, lo siento…
—Ya, ya, ya puedes parar, disculpas aceptadas, porque eres tú, no creas que voy por ahí dejando que me hablen así.
—Ya tía, es que he estado mucho tiempo en la mierda, se pasa fatal. Pero bueno no he venido aquí a contar penas. ¿Y tú?, ¿qué tal? Se te ve radiante, con ese brillo tuyo.
—Eso es que me miras con buenos ojos. Pues como siempre, la facultad, estudiar y salir con estas petardas de vez en cuando.
—Puff, no me acordaba de ellas.
—Es que no las soportas.
—Puede ser. Tengo ganas de que termines ya la carrera y seas una veterinaria exitosa que me mantenga—dijo Marcos entre risas.
—Sí claro. Y tú un poeta de medio pelo. Yo no quiero ganar mucho dinero, a mi lo que me gustan son los animales, a ver si te enteras.
—Lo mío esta más complicado—rio él. —Ya sabes que escribo relatos. ¿Estas bien? Te ha cambiado la cara, ya sabes que hago unas bromas muy tontas, no te habrás enfadado.
—Como siempre vas al grano, te voy a ser sincera yo también, echo de menos algunas cosas y también extraño a alguien.
—En eso estamos igual.
—Pero a la vez pienso que no puede ser, aunque de momento no consigo convencerme.
—O sea, que tu cabeza te dice una cosa y tu corazón lo contrario.
—Justo, eso es.
—Yo en cambio tengo algunas cosas muy claras. Eres la chica de mi vida, pero no puede ser. Ya sabes cómo me quedo y el litio parece que no quiere funcionar, no quiero ser un lastre.
Marina se levantó y se acercó a él, le abrazó con fuerza, notando su cuerpo que al principio estaba rígido, Cuando la sintió pegada a él, reaccionó y por fin la abrazó el también. No quería que se terminase nunca. Antes de separarse Marina le miro fijamente y le dio un tímido beso, como si fuera la primera vez. Volvieron cada uno a su taburete y se observaron sin saber que decir. Al fin ella rompió el hielo.
—Es super bonito lo que me has dicho y a la vez, muy duro. Pero yo prefiero vivir el día a día.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que lo que tenga que pasar, pasará y ahora vámonos que tengo ganas de llagar a casa.
Salieron del bar y tiraron calle arriba, una cuesta muy empinada, pero no les importó.
© Texto: Adolfo Gasca Pascual
© Imagen: Encima de la niebla

