Llámame cuando me necesites

Eran las 3.00 de la madrugada. El celular vibró varias veces hasta que en medio de la penumbra del sueño y la vigilia logró darse cuenta. Estiró su mano, anticipándose su reacción física frente a cualquier pensamiento. Cuando lo tomó en sus manos para encender la pantalla, pensaba en que podía ser cualquier persona menos ella. Al ver su nombre correr en la pantalla, se levantó rápidamente, sentándose en la cama, que hola, que qué sucedía. Ella sollozaba un poco y ante la insistencia del profesor, lanzó una sentencia fría, tan sincera como ninguna otra palabra que hubiera dicho antes: «Lo maté».  

             —¿Pero cómo que lo que mataste, niña? —exclamó mientras se levantaba de la cama y encendía la luz del cuarto para entender mejor.

             —Ayúdeme. ¿Me va a recoger?

             —¿Pero, cómo así, niña? ¿por qué no me dijo antes que planeaba hacer esto? —inquirió desesperado mientras abría el clóset y lanzaba toda la ropa al piso.

             —Usted me dijo que lo llamara cuando lo necesitara —sentenció con la voz quebrada—. Estoy en el motel de la avenida.

Colgó. Se tomó desesperadamente un vaso de agua fría. La humedad lo había hecho empezar a transpirar nuevamente. Se puso los bluyines que estaban tirados en el suelo y la camiseta que había buscado sacando toda la ropa. Pensaba en qué momento había llegado hasta allá, en qué pasaría si iba y la buscaba. Solo la recogería y la llevaría a su casa, y listo, no pasó nada. Pero, claro, la ausencia del hombre no pasaría inadvertida, investigarían y él podría ser señalado de cómplice. Más bien llegaría en un mototaxi al hotel, la recogería y así todo sería más fácil. O enviaría un mototaxi por ella, que no lo vieran a él o podría despedirse de su empleo.

Decidió irse en su carro. Salió apresurado por la calle 7 hacia la avenida. Se detuvo en el semáforo intermitente, el susto lo coaccionó a encender un cigarro. El «Usted me dijo que lo llamara cuando lo necesitara» le retumbó fuertemente en la cabeza. Se dejó llevar por otra idea: todo podría ser una trampa. Tal vez no estaba allá con el cadáver; tal vez entre los dos lo ajusticiarían por lo de los mensajes. ¿Pero cómo haría ella eso? ¿o tal vez había sido descubierta y la habían coaccionado a hacerlo?

El claxon del autobús detrás de él lo hizo estremecerse. Aceleró lentamente para salir a la avenida. Oprimió el acelerador gradualmente mientras tomaba la decisión. Si era una cosa o la otra,  buscaría la manera de salir de ello, pensó. Oprimió el pedal sin vacilación, pasó sin piedad sobre los baches de la avenida. Cuando pudo ver las luces del hotel desde lo lejos, intentó no dejarse llevar por el temor. Era una sensación abstracta, constituida por endebles imágenes del incierto futuro, pero que al percibir la soledad de la calle y el silencio, le restaba importancia a lo que pudiera suceder.

Disminuyó la velocidad al iniciar su recorrido en frente del edificio. Abrió la ventanilla y mientras recorría lentamente la avenida observó la entrada y las ventanas de los cuartos. Salvo por unas cuantas luces, lo único que arrojaba un destello de iluminación a la calle eran los faros del alumbrado. No vio nada, llegó hasta el retorno. Se detuvo a un lado de la vía. Tomó su celular nuevamente para ver si había nuevas llamadas. Nada. Observó hacia atrás, buscando nuevamente encontrar alguna señal. Las ventanas todas estaban cerradas y ningún foco parecía encendido. Entonces, tomó el retorno y se aproximó al motel lentamente.

De repente se abrió la gruesa puerta de vidrio y Verónica corrió rápidamente hacia el auto. En un movimiento casi visceral, sin comprender cómo habría de hacer los próximos minutos, horas, días, extendió su brazo derecho y le abrió la puertezuela a la chica. Su rostro contrastaba enormemente al que el profesor estaba enseñado a apreciar. Lucía desencajada, abominada por el frenesí del momento.

Aguantó las ganas de besarla, habiéndola sentido libre ya. No supo por qué lo había pensado. Jamás lo había hecho y, ni siquiera, pensado. No obstante, la prisa del momento lo sepultó a movimientos menos interesantes y objetivos menos ambiciosos. Movió la palanca hacia Drive y arrancó abruptamente al tiempo que del motel salía una mucama desesperada, gritando, fuertemente. Se desbocó por toda la calle 7 hasta el semáforo.  Vamos a la casa, no podemos ir allí, contestó el hombre con algo de susto. Giró hacia el occidente, por la salida hacia Mompox. Que adónde vamos, pregunta la muchacha. Cualquier lugar menos mi casa. Vamos al puerto, donde un conocido, allí nos escondemos, yo vengo y traigo una ropa y usted, ¿tiene algo? Que sí tiene, dice ella, y le muestra un bolso de mano que hasta el momento había pasado inadvertido para Alfonso.

Se dirigió hacia el parqueadero cerca al mercado. Antes de llegar, le pidió a Verónica que se bajara, que lo esperara mientras guardaba el auto allí. La chica aún no salía del shock. Póngase algo para que no la vean, niña. Pueblo chico infierno grande, pensaba. Antes de dejar el vehículo, esculcó muy bien la guantera, sacó todos sus documentos; escudriñó muy bien los asientos, tratando de llevarse cualquier cosa que lo delatara. Sabría que vendrían a buscarlo. El vigilante del parqueadero aún no lo distinguía. Menos de un mes llevaría el hombre en el pueblo.  

Verónica lo alcanzó en la salida del parqueadero. Sereno el ambiente, tranquilas las almas. La miró y por primera vez desde el inicio de la huida, contempló el rostro. La acarició con las manos el cuello, la cara, le sonrió. De repente, le parecía a Alfonso injusto disfrutar de la compañía de Verónica al tiempo que tal vez recogían al occiso en el motel. Ella lo observó ahora con menos enajenamiento; le brindó una tierna y breve sonrisa. Todo en ella era breve, pensaba él, breve y cautivador. Vamos pronto niña, debemos llegar. ¡No! Dijo ella, no nos encerremos, más bien esperemos a ver qué sucede, podría ser peor. En vez de tomar a Costa Verde, cogieron la calle que los desembocaba directamente al barrio La Playa. Entraron por las calles cubiertas de lodo por la llovizna de toda la mañana. Aunque era riesgoso entrar allí a esa hora, lo decidieron hacer, obviando ese riesgo que parecía ser insignificantes frente al estar escapando de las autoridades. ¿a quién le importa hundir su pie en un charquito cuando ya se ha zambullido en toda la ciénaga?

Alfonso, que hace no mucho se censuraba por los pensamientos hacia Verónica, dio un paso más y se atrevió, quizá convencido de ser correspondido. Cuando uno se lanza en una sucesión de aventuras, ¿qué importa una más? Y evocando los versos de León de Greiff en su mente, “Vendo mi vida/cambio mi vida/de todas formas la llevo perdida/”, se lanzó como kamikaze hacia Verónica, a tomarle la mano, -ni siquiera a besarla- a tomarle la mano. De momento tomó un distanciamiento porque sus pensamientos quién sabe en qué lugares o propósitos rondaba. Luego, para felicidad de Alfonso Quijano, ella lo acogió lentamente.

Y se fueron los dos por la calle de La Playa, llegaron a la esquina de la 1ra con 13. No hablaban, él disfrutaba así, solo con llevarla de la mano. Ella miraba al frente, firme. Gozarían del silencio de la ribera del río, pensó él.

Un crujir de hojas secas lo sacó de su ensoñación. Dos hombres se aproximaron rápidamente pidiendo todo cuanto tenían. El dúo dispar se desunió, uno de los hombres se lanzó hacia Verónica y el otro, hacia Alfonso. Sin quitar la mirada de encima de su compañera, Alfonso entró a lidiar con el hombre, dando vueltas en círculo, haciendo lo mismo Verónica y el otro malhechor. Cualquier jugada de los hombres, precipitaría a Alfonso. Me hago matar, por vos, pensaba el respetado hombre.

El contrincante de Verónica se le acercó demasiado y le dio un puñetazo a la mujer en la cara. Cayó sobre el lodo. Alfonso viendo eso, tomó desesperadamente lo que tenía cerca, algunas rocas, tal vez, y se las lanzó a su contendor. Repitió el movimiento, lanzando esta vez no solo rocas, sino también lodo. Había conseguido distraer al ladrón, por lo que corrió rápidamente hacia Verónica para ayudarla. Su rabia era tal que se dejó caer, en medio de la oscuridad de la calle enlodada, sobre el criminal que ya yacía sobre la mujer. Lo tomó del cuello, tratando de ahorcarlo, mientras miraba hacia atrás que el otro hombre no lo fuera a atacar. Lo apretó con más fuerza. De repente, sintió varias punzadas en su estómago, en su pecho. Alcanzó a preguntarse a qué horas el tipo que yacía sobre Verónica, de espaldas a él, habría podido clavarle un cuchillo en su vientre.

Dejándose vencer por el peso de su cuerpo, Alfonso se fue hacia atrás. Oyó al hombre que reía y arrancaba a correr. Oyó a Verónica que se acercaba, y por entre un rayo de luz de faro, vio brillar el cuchillo que la linda chica tenía en sus manos. La oyó llorar. ¡Qué hice, dios, qué hice!

Sintió entonces un profundo descanso, consiguió esa claridad que da el entender todo y se dejó caer al lodo.


© Cruz Medina
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