Lo que siento es normal

Lo que siento es normal porque estoy viviendo una situación que no lo es y lo sé.

Mi estrés agudo empieza a mostrar esos rasgos disociativos que caracterizan la despersonalización, pero no me importa.

No recuerdo mucho donde he estado esta última semana, es algo que me suele pasar en estos momentos de crisis, ya vendrá el momento de superación.

Las pesadillas en la noche marcan los diferentes efectos fisiológicos del resto del día y, de esa forma las expresiones se convierten en certezas duraderas y realidades manipulables, a veces.

Un ataque de pánico cada dos o tres horas es lo más habitual y no tengo forma de alargar esos espacios tenebrosos para conseguir aliviarlos y que me permitan descansar algo, aunque sea en un corto periodo de tiempo.

No tengo ganas de relacionarme con nadie, solo bebo para olvidar parte de lo que no quiere irse. Utilizo el alcohol como anestesia del dolor, pero me producen esas reacciones psicóticas que ya han caracterizado mi vida desde hace algunos años.

Estoy esperando que pase este primer mes de esta segunda etapa en mi vida para no pertenecer a la estadística del trastorno postraumático y esa espera a veces se hace demasiado larga.

Aquella otra vez lo superé y empecé a formar parte del manual de los grandes supervivientes, pero no sé si puedo soportarlo ahora.  Hoy justo es el día que sería nuestro aniversario, de esa boda que no fue, de ese amor no correspondido y alejado en la vida por la decisión de un experto en destruir sueños, ese que se interpuso en nuestro gran amor.

Nos conocimos hace relativamente poco tiempo, pero la intensidad de nuestra relación nos convencía de ser almas gemelas que se habían vuelto a reconocer a través de los tiempos. Creo que siempre estuvimos juntos a pesar de las numerosas y diferentes relaciones que habíamos ido cosechando en todas nuestras vidas. Pero, ahora sí, nos habíamos encontrado y manejábamos nuestros tiempos sin saber muy bien a donde iría dirigido.

Después de un par de meses locos y apasionados decidimos que nuestra vida tenía que ser juntos, no podíamos separarnos ni para ir a trabajar, así acordamos celebrar nuestra boda a la vuelta de las vacaciones de verano cuando ya todos nuestros amigos y familiares volvieran a la normalidad.

La normalidad, que ironía, esa que no sería nunca porque todos ellos no lo eran.

Conseguir fecha y lugar en tan poco tiempo era complicado pero mis contactos y tozudez hicieron que lo imposible se hiciera realidad y ahí estaba yo, ya probando ropajes para figurar como un auténtico modelo de los mejores diseñadores.

Yo, con traje cruzado en tres piezas, bolsillos en pico muy típicos de mi diseñador preferido tan de moda ahora mismo, ahí estaba comenzando a elaborar el sueño de mi vida.  Al principio pensé en un esmoquin de verano, chaqueta blanca y pantalón de talle alto, pero sabía que era demasiado vistoso y quedaría especialmente guapo por lo que opté por un traje más clásico pero que marcara mis pectorales tal y como le gustaban a Sergio que lo hiciera. Sin hablar, por supuesto de esa pinza estratégica que marcaba mi trasero de manera voluptuosa alimentando lujurias.  

Sergio, no tenía visto cómo iba a ir el día de nuestra boda, se dejaba llevar, siempre se dejaba fluir por cualquier cosa, pero tan poco tiempo no nos dejaba métodos de exploración hippie así que empecé a presionarle.

Ahora, el traje, después el lugar en el que queríamos celebrar el banquete, más tarde la cantidad de invitados, quizás demasiados para la simplicidad que pretendía Sergio pero no para la grandiosidad que quería celebrar yo.

Para concretar el menú nos sirvieron de mucha ayuda Francisco y su mujer, vecinos de toda la vida del lugar donde había vivido siempre con mi madre. Ellos son los que más me ayudaron cuando ella desapareció, las noches en vela las pasaba abrazado a ellos, entre los dos, al principio en el sillón luego ya terminamos en la cama sin saber muy bien hacia que lado recostar mi cabeza, me dejaba llevar por lo que sintiera justo en ese momento.

Y, después ya de algún tiempo, pasado el trauma de mi orfandad, quizás coincidiendo con la aparición del cuerpo de mamá en aquel vertedero, conseguí la independencia que tanto me había costado.

Salir de la trieja y conocer a Sergio fue casi instantáneo. Nos miramos, nos enamoramos y pretendíamos seguir juntos hasta el fin de nuestros días.

Pero todo se confundió.

Quizás no me percaté de las miradas cruzadas entre Sergio y Francisco, posiblemente no fui consciente de las ojeras mañaneras que manejaba Filipa, su mujer, cuando me la encontraba en el ascensor y me hablaba de la noche entera sin dormir por mil problemas que rondaban su cabeza, los de ella, los de los vecinos y los de cualquiera que pasaba por la calle pero que al tiempo los hacía suyos.

Pero al final los descubrí.

Yo ilusionado con nuestra boda no veía más allá, pero Sergio sí, miraba y descubría a Francisco con la pasión que se había quedado corta en nuestros pocos meses de relación. Filipa, lo sabía, y aunque ella aquí no formaba parte y dejaba hacer y vivir, todo se convertía en un miedo extremo a ser abandonada y quedarse sola y así no podía mantener el estatus de vida al que ya se había acostumbrado. No podía ser sustituida, permitía el compartir relación, pero no podía con el abandono.

Por eso, gestionamos juntos.

Filipa dejaría adormecidos con suficientes orfidales a Francisco y Sergio el tiempo justo que necesitaba yo para hacer desaparecer su cuerpo, tal y como hice con mamá. Después culpabilizar a Francisco, el mal que generó toda mi historia era  algo que vendría solo, sin mucho pensar.

Francisco iría a la cárcel, pero FIlipa permanecería con la pensión económica y el arraigo clasista que necesitaba para seguir viviendo, en este caso ya daba igual figurar como sola en la sociedad, porque ahora era una mártir de la situación social vivida por su marido y sería más respetada.

Yo, me llevé a Sergio, aún dormido, respiraba, despacio y a intervalos, pero seguía vivito y me dio pena.

Así que le mantuve todo el tiempo dormido, se despertaba y le dormía, lo suficiente como para disfrutarle, pero no despierto. Así, hasta que su corazón y, quizás también su deterioro físico, hizo que esto llegara a su fin.

Ahora, me encuentro solo, bebiendo sin parar el famoso licor que comprábamos juntos en la bodega delicatesen de la esquina sin saber muy bien como dejar esta adicción, este trauma post o pre, no sé y sin recordar muy bien donde dejé el cuerpo de Sergio.


© Texto: Antonia Magdalena Jiménez
© Imágenes:  Encima de la Niebla