Los avisos

Ella los recibía sin identificar qué significaban.

Todas las mañanas la esperaba a la puerta de la casa, para acompañarla a su trabajo.

Por las tardes, estaba a la puerta de la oficina para volver a su casa; había tardes que tenía permiso de sus padres para quedarse un rato con él y otras no.

Al principio era algo halagador.

Luego empezó con:

– ¿Porqué? das un beso a fulano o mengano

– Son mis padrinos y los amigos de mis padres.

Después fue ¿por qué miras a este o aquél?

Y cada vez ella dirigía menos la mirada a esos chicos amigos de su pandilla.

Hasta que un día, ya casados, según llegaba a su casa, le vio acercarse. Su cara lo decía todo, estaba furioso.

– ¿Con quién has venido?

– Con nadie, he cogido el autobús.

– ¡Mentira! Te estaba esperando en la parada y no te has bajado.

La abofeteó.

Todo esto no venía de la nada, desde novios ejerció un control sobre su vida. Lo triste era que la familia de alguna manera te adoctrinaba sobre cómo debía de ser con su esposo. Hasta tanto había tenido que ver la familia, que en una ocasión que en la empresa donde trabajaba hacían una excursión de Semana Santa a Palma de Mallorca y ella quería ir. Pidió el permiso a sus padres y la respuesta fue:

– A ver qué opina tu novio.

La respuesta del novio fue, NO.

Si en alguna ocasión hablaba con su futura suegra quejándose del trato de su hijo, la respuesta era:

– Es así

Con esa actitud de aceptación de que era así, fueron pasando los años, cada vez más a la disposición de él y su forma de ser.

Ella tenía que estar siempre dispuesta a lo que él quisiera hacer.

Instrucciones maternas:

– Tienes que estar siempre arreglada para cuando tu marido diga “vamos”

Y así era, una mujer sumisa que se comportaba como le habían indicado.

Llegó la situación a tal extremo, que una vez en casa de sus amigos, se disparó con ella poniéndola como un trapo, fue tan indignante el momento, que el otro chico se enfrentó a él:

– No te consiento que insultes en mi casa a tu mujer, fuera de aquí no sé cómo la tratas.

La amistad, se enfrió, ya no le interesaba compartir su vida con ellos.

Ella callaba y aceptaba, hasta que, en su ánimo, empezó a asomarse un estado depresivo, que no la dejaba respirar. Su única liberación estaba en ir a trabajar, pero luego, tenía que volver a ese “hogar”. Los viernes por la tarde que no tenía guardia en la empresa, ella se quedaba, por no ir a su hogar. Ella tenía dos expresiones en su rostro, el sonriente, cuando no estaba él y el apagado cuando volvía a su realidad.

En una ocasión, al visitar a su doctora de cabecera pensando que tenía una depresión, según hablaban, la mujer resolvió lo que le ocurría: “eres infeliz” puesto que te acusa de ponerle los cuernos, lo que tienes que hacer es ponérselos de verdad….

Ja ja, pues si es sin ponérselos, habría que imaginarse lo que pasaría si lo hiciese de verdad.

La doctora finalizó la consulta con una sentencia:

– Eres infeliz y sabes cómo solucionarlo

Pasaron los años hasta que por fin llegó el momento adecuado para romper con ese matrimonio nocivo. Después de ese momento, respiró, aunque durante un periodo afortunadamente corto, el dejó de ir por el barrio donde ella vivía. Ella al salir del portal, siempre echaba una ojeada para averiguar si estaba por esa zona, veía el coche aparcado cerca, y ella temblaba, tomaba una dirección distinta a la que habitualmente cogía, alejándose, no quería ni ver su cara.

Al cabo de muchos años, por fin pudo ir a Palma de Mallorca.

Por fin había encontrado su camino, sin miedo, sin presión. Dentro de todo había tenido suerte, otras mujeres no lo han podido contar.


© Texto y foto:  Maruchi Marcos Pinto

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