Los buscadores del humor perdido

Dicen que el humor es una savia fluida que se desliza paralela a la sangre en todo ser humano. Su origen es incierto pero podría remontarse a la época de gran aburrimiento en la cuna, desde donde percibíamos con todos los sentidos el vuelo de moscardón de los adultos. Después, todo devino en un degeneramiento. ¿En qué recodo se quedó esa savia brillante, sobrehumana, elixir de dioses quizá? Puede decirse que predominó la sangre, con su cometido de directora de orquesta, dirigiendo órganos y convenciendo a las más desafinadas enzimas de hacer su trabajo calladitas la boca.

Por eso surgieron los buscadores del humor perdido escudriñando en ese campo insondable la llave para abrir el cofre de las sonrisas.

Pero no resultó fácil. Las noticias del diario, la televisión, la internet, se dedicaron a congelar la savia y llevarla al freezer de las preocupaciones.

Solo sirvió una cosa: instalar antenas de atención plena con conexión directa a la savia del humor. Estas antenas traían información de primera línea: el aliento de las flores, la carcajada de la fuente, la elongación del mosquito, el helicóptero de la cola del perro adoptado. Y la información se reprodujo segundo a segundo, contrarrestando el doctorado del reloj y haciéndole morisquetas a la agenda, una especie de suegra de bolsillo. También el papá Tiempo se sumó a lo extraordinario y puso penitencia a los segundos si se pasaban de rápidos. ¡Eso fue lo mejor!

Entonces la savia del humor, empoderada, recorrió cada vello del cuerpo como un acondicionador exclusivo. Y llegó a las yemas de los dedos de los que escribimos, para pelear un rato con las teclas y después acariciarlas una por una, en agradecimiento por la paciencia. (Los poetas dicen que ellas hablan, pero es mentira, si lo hicieran estaríamos todos los escritores en el banquillo de los acusados).

Y aquí viene la mejor noticia: Por decreto de los editores, por misericordia del papel y solidaridad de las pantallas, cada vez que el lector lo requiere se pierden todos los derechos de autor y la savia del humor se hace suya en cada sonrisa plena que tenga a bien devolverle a la vida.

© Lucía Borsani