Los casetes

La tarde empezaba como cualquier otra. Había llegado a su rancho de paredes de lona verde, en la cima de un barranco que daba hacia la quebrada La Florida. El sol de las tres de la tarde abrazaba con agresividad y sin compasión todo lo que debajo de él había. La ciudad yacía bajo un solo sopor. Su piel bañada en sudor por la larga caminata, y cansado de estar cargando el costal lleno de cartón, se tiró sobre un catre improvisado de un colchón desecho por alguien más y al que él había logrado hacerse un par de días atrás. La mañana no había sido la mejor. Salvo por algunas cosas que aún no había revisado, había logrado encontrar en las bolsas de basura tan solo pedazos de cartón. Alcanzaría tan solo para procurarse la comida y el desayuno del viernes, pensó.

Ante el nefasto balance de la mañana, y consumido por la debilidad de aún no haber consumido alimentos desde temprano en la mañana, se dejó derrumbar sobre el catre. El viento de agosto azotaba de manera intermitente las  paredes de lonas verdes; una frescura momentánea le permitió caer en un sueño profundo.

Cuando despertó eran las cinco de la tarde y aunque ya había amainado el ataque del sol, la tenue brisa no había logrado disminuir el sopor que emanaba de la vegetación. Se precipitó rápidamente hacia el espacio que hacía de cocina, delimitada por una pequeña caja de cartón sobre la cual había una olleta carcomida por el hollín. Tomó la olleta y bebió un sorbo de café que le había quedado de la mañana. El café frío y simple le refrescaba y sobre todo ahora le servía para atenuar el hambre que ya se le volvía gastritis.

Se dirigió al costal y vació rápidamente todo lo que había recogido en la mañana. Cayeron todos los trozos de cartón y con ellos dos paquetes que le habían llamado la atención. Separó el cartón hacia un lado y los dos paquetes los puso sobre el catre. No era usual encontrar ese tipo de envolturas en los desechos. Rápidamente la curiosidad lo precipitó sobre el primer paquete, recubierto por un sobre marrón y de forma rectangular. Al introducir su mano, encontró varios casetes; los sacó esperando ver alguna inscripción, algún rótulo. Pero nada había que le permitiera saber sobre su contenido. Su rostro se descompuso levemente. Esperaba encontrar algo más valioso para el sustento. De repente, creció más el ardor en el vientre y la debilidad. Es como si el suspenso de momento le hubiese anestesiado.

El segundo paquete, con similares características, resultaba mucho más liviano. Lo destapó con afán y se dio cuenta que había una caja en su interior. Abrió la caja y ante sus ojos una caja más pequeña. Se exasperó al descubrir más cajas, solo que unas dentro de las otras. Las tomó y las sacudió con impaciencia y finalmente notó algo muy pequeño, de color negro, que había caído al suelo. Ni la más remota idea tenía de ello, así que lo guardó en la minúscula caja y la dejó a un lado del catre. Maldijo a los cuatro vientos. ¿Para qué le podían servir unos casetes? ¿Para qué una cosa tan minúscula como lo último que había encontrado? Pero su pronta desilusión y rabia la sombreó una breve curiosidad por saber qué era. La única persona que podía ayudarle era el Alvear.

Al caer la noche, Carlos ya había entregado los trozos de cartón. Los pesos que tenía en el bolsillo los tenía que distribuir sin equivocaciones para la comida y el desayuno del otro día. Tomó los casetes y la diminuta caja. El sol moría en el horizonte y el sopor la brisa lo iba atenuando. Pasó el candado por entre el agujero de la teja de zinc que servía de puerta y salió hacia la avenida catorce. Bajó hacia la calle quince, y en el cercano horizonte, la cúpula de la iglesia de San Francisco le marcaba el rumbo. Mientras caminaba se vio asediado por la improbabilidad de vender lo que tenía, sin embargo, al echarles otro vistazo y chocarse contra la ausencia de información, prosiguió con su plan. Bajó la pendiente de la esquina de la carrera catorce, hacia la carrera quince. En las esquinas el aroma de las comidas lo atormentaba pero aun así sabía que tendría la posibilidad de degustar la sopa de menudo de La Chunga. En otros días en que las cuotas eran mejores, podía detenerse allí mismo y darse la posibilidad de escoger la comida que quisiera catar.

Fue al atravesar la carrera quince que notó en las vitrinas de un almacén esas cosas diminutas, negras, las mismas que llevaba en su costal y que había encontrado junto con los casetes. Entró al local y un vendedor de gruesa contextura y cara grave lo atendió parcamente. Al mostrarle el elemento, había hecho notar que era una memoria de celular, que en ella a lo sumo encontraría música, números de teléfono o fotografías tomadas por el que alguna vez fuera su dueño. Pero esto tan solo dejaba más en la nada a Carlos, y le multiplicaba su curiosidad.

Al llegar a la carrera dieciséis con calle quince, la iglesia de San Francisco se hizo más grande. Localizó el restaurante de la Chunga y paneó con su mirada alrededor para encontrarse con Alvear. Se dirigió hacia el restaurante para cenar. Su vientre carcomido le obligaba a bogarse literalmente la sopa. Se lamentaba de no poder saborear su comida, de que la ración fuera parca a pesar de las bondades de la vieja. Justo antes de terminar su plato, Alvear entró al restaurante. Las ansias de Carlos lo precipitaron hacia el hombre, con los paquetes que traía. Habían sido amigos desde chicos y a pesar de las circunstancias no se habían dejado de ver. Alvear, un hombre de tez trigueña, bajo de estatura y parco de cabello, muy inteligente. Se ganaba la vida arreglando desde radios hasta cámaras fotográficas.

Al terminar la breve cena, subieron por la carrera dieciséis, media cuadra, hasta el local de Alvear. Hacia las 7.30 de la noche ya los negocios cercanos estaban cerrados y pocas personas deambulaban por allí. Abrieron la cortina y entraron. El local, lleno de equipos de sonido viejos, sin posibilidad de reparación, cámaras antiguas, y celulares desbaratados, arrojaba un olor desagradable a viejo y húmedo.

Alvear sacó su grabadora y pusieron el primer casete. Inició la reproducción y un silencio invadió los primeros segundos. La cinta corría, a los rostros de los hombres los invadía la expectativa. De repente, se escucharon pasos contra un piso de madera, con crujidos típicos de pisos de casas antiguas. Un sonido monótono de máquinas hidráulicas se notaba al fondo del audio. En ese preciso momento, una voz joven rompió el silencio con desespero. “Por favor déjenos quietas. Ya le dije que no sabemos nada.” Los hombres fruncieron el ceño y a continuación hicieron un movimiento visceral hacia los pequeños parlantes. “Cállese y coma. Digan más bien dónde están los billetes, o esto va para largo.” Los pasos en la grabación se repitieron y de a poco  se diluía su ruido. Alvear, con una mueca de descontento primero y luego con cierta curiosidad, paró la grabación y le indagó sobre el lugar donde había  encontrado el material. ¿Una radionovela? Habían pensado ¿un programa de televisión grabado? Los dos hombres continuaron escuchando la grabación, “¿Dónde está Iván?” decía el hombre ahora más calmado, ahora con una voz metálica, a distancia de donde estaba la supuesta grabadora. “Él tomó el dinero y lo escondió aquí. Nosotros lo vimos. Así que me dicen o dónde está Iván o el dinero.” En ese momento el ruido de un vidrio rompiéndose y un golpe fuerte secundaron al diálogo. Las dos mujeres gritaron y la de la voz más añeja afirmaba no saber nada de Iván ni del dinero.

Para entonces Carlos tenía una expresión de preocupación y empezaba a tejer diferentes posibilidades. Pero Alvear lo controvertía y le aseguraba que era pérdida de tiempo seguir escuchando el casete. Cuando se empezó a irritar, Carlos le mostró la pequeña memoria de celular. Éste a regañadientes la puso en su celular. Nada en ella había de especial salvo las fotos. Las fotografías en la memoria habían dejado anonadados a los dos hombres. En ellas, dos  mujeres con contusiones en el rostro, sentadas y con la mirada lejos del obturador de la cámara de donde se había tomado la foto, mirando hacia el frente y con las manos enfocadas en primer plano, amarradas con un grueso lazo, yacían en lo que parecía ser una vieja casa. Los barrotes blancos de la ventana, en varas de maderas delgadas y cilíndricas, atrás de las mujeres, permitían llegar a tal conclusión. La siguiente foto revelaba el lado contrario a la habitación, donde un hombre obeso, de sombrero y al parecer tez blanca, se hallaba sentado con un arma en la mano, con la cabeza caída hacia el frente, durmiendo.

El día siguiente para Carlos no fue el habitual. Le bastó saborear un pan y en el Parque Sucre se encontró con Alvear. Éste, escéptico ante la propuesta, lo andaba esperando en la esquina de la carrera catorce. Bajaron por la calle doce hasta la carrera diecisiete. Carlos llevaba su costal pero esta vez no iba a rebuscar residuos para las centrales de reciclaje. Justo en la esquina, se sentaron al lado de algunas bolsas pequeñas de basura. Vistiendo sombreros, cabizbajos para espiar con los ojos en el ángulo cerrado de sus alas, los dos revisaban los edificios de los alrededores, en busca de las ventanas de barras blancas de madera. A su sorpresa, había dos bodegas y una vieja casa en la mitad de la cuadra, hacia el sur. Los dos asintieron como la única posibilidad. Se levantaron y pretendieron caminar sin propósito, pero ahora buscaban el origen de los sonidos de la maquinaria que se escuchaba en la grabación. Al frente de la vieja casa, un portón gris grande, cerrado por ahora tenía hendijas en ambos lados. A través de éstas, los dos hombres notaron que era un parqueadero de maquinaria pesada.  A esa hora de la mañana y por ser una carrera secundaria, había pocos transeúntes y tráfico. Atravesaron la calle hasta la casa. Alvear llamó a la puerta, puerta de madera vieja y blanca como las ventanas. Lo intentó dos veces más y después de unos cuantos minutos no hubo respuesta.   Carlos dejó caer su costal y se recostó contra la ventana de delgados barrotes cuyas portezuelas se hallaban cerradas. Se esforzó en identificar a través de unas rejillas estrechas lo que había adentro pero fue inútil.

Carlos, que veía como algo normal estar escrutando por ventanas y tocando en puertas ajenas, no contó con la misma  percepción de los vecinos de la vieja casa. Un hombre obeso y caucásico salió con un sombrero en su mano de la vivienda contigua, se acercó a los hombres indagando sobre las razones de estar allí, de esa manera sospechosa, buscando por esos lugares qué cosas. Ellos, intentando esconder su razón real, mintieron; pero más fue la sorpresa para ellos cuando el hombre les respondió que no había nada que hacer allí, que la casa ya había sido vendida.

© Cruz Medina