Los Dominicos, donde lo sagrado y lo creativo se encuentran

Desde mi infancia las iglesias han sido una parte fundamental en mi vida. No solo representan lugares de culto y espiritualidad, su arquitectura, el arte sacro y la atmósfera serena me conectan con mi herencia, tradición y valores.

Cada vez que visito una nueva ciudad o país, la iglesia local se ha convertido en una parada obligada para mí. Es otra clase de experiencia turística con grupos de turistas, en vestimentas informales, guiados en diferentes idiomas y tomando fotografías con sus celulares o máquinas sofisticadas.

Cuando pienso en las misas de mi niñez, lo primero que viene a mi mente es la atmósfera solemne y reverente que envolvía la Iglesia. Desde el momento en que entraba, el aroma a incienso impregnaba el aire envuelto en el sonido melódico de un coro de cánticos en latín, Los fieles lucían vestimentas oscuras, las mujeres con sus cabezas cubiertas por un velo y los hombres con sus cabezas descubiertas, mientras leían sus misales y el sacerdote oficiaba la misa en latín, de espaldas a la congregación, dejando largos momentos de silencio profundo para que cada persona orara o reflexionara.

Habitualmente asistía a la Iglesia de la Vera Cruz acompañada por mi abuelita Margarita, quien tenía que guardar ayuno para poder comulgar. El párroco era el padre Ángel, quien a su vez era el profesor de religión de mi colegio, razón por la cual era necesario que, al término de la misa acudiera a saludarlo, especialmente durante mi catequesis.

Los fines de semana en que me correspondía salir con mi papá, asistía a la misa de la Iglesia de Los Dominicos con mi Granny. Ahí, lo que más llamaba mi atención eran sus dos torres muy altas que terminaban en cúpulas de cobre, cada una lucía un ángel con una trompeta celestial. Su magnificencia me hizo plasmarla en óleo sobre un lienzo de 50 x 60 que titulé “Iglesia de Los Dominicos”

Cecilia Byrne. Iglesia de Los Dominicos. 
Óleo sobre tela, 50 x 60 (2023)
Cecilia Byrne. Iglesia de Los Dominicos.
Óleo sobre tela, 50 x 60 (2023)

Este año la veía diariamente cuando me dirigía a la sala de exposiciones del pueblito de artesanos donde presentaba Pinceladas Ingenuas, mi última muestra pictórica, desde el 11 de enero al 10 de marzo.

La sensación de sorpresa se apoderó de mí al darme cuenta de que, en comparación con la imagen que había conservado en mi memoria, las torres parecían casi modestas. Había esperado encontrarme con la misma grandeza y magnificencia que recordaba, pero en su lugar, me enfrentaba a una realidad más discreta. Aunque las torres eran más pequeñas de lo que recordaba, el impacto emocional que la iglesia tenía en mí seguía siendo tan poderoso como siempre. Esa revelación me recordó la magia de la infancia y cómo nuestras percepciones pueden cambiar a medida que crecemos y maduramos.

La historia de esta Iglesia, que en realdad de llama Iglesia de San Vicente Ferrer, se remonta al siglo XVII. En este lugar estaba la Hacienda de Apoquindo de la familia Cranisbro (del irlandés Gainsboroungh) quienes construyeron una iglesia en memoria de sus hijos muertos en la infancia, representados por los ángeles de sus cúpulas A la muerte de Juan Cranisbro, sin herederos, legó su casa y la iglesia a la orden de Los Dominicos.

Cada domingo, a la salida de la misa, los frailes de la congregación permitían a los campesinos del lugar comerciar sus productos entre los fieles asistentes. Con el tiempo empezaron a llegar los vecinos del sector que iban en busca de alimentos frescos y a precios más convenientes pues era directamente del productor al consumidor.

En los años ochenta, nace como «Los Graneros del Alba», un centro que albergaba a diferentes artesanos y artistas locales, haciendo uso de los antiguos establos y bodegas de la Iglesia, con el fin de dar un espacio propio en donde pudieran desarrollar la artesanía local. Actualmente la Corporación Cultural de Las Condes arrienda el lugar y lo administra para garantizar que todos sus locatarios, más de 160, sean productores y artesanos nacionales.

Viví momentos inolvidables durante mi estadía en el Pueblito de Artesanos. Me reencontré después de muchos años, con mi amiga Loreto con quien almorzaba diariamente, excepto los domingos, con un amigo pintor Osvaldo quien da clases de pintura, conocí a mucha gente linda como artesanos, guardias, administrativos, entre otros. Esto me motivó a plasmar en óleo sobre tela en la siguiente obra:

Cecilia Byrne Pueblito Artesanal de Los Dominicos
óleo sobre tela, 50 x 50 (2024)
Cecilia Byrne Pueblito Artesanal de Los Dominicos
óleo sobre tela, 50 x 50 (2024)

Es un lugar único y encantador que cautiva a los visitantes, tanto nacionales como internacionales, con su atmósfera pintoresca y su rica oferta de artesanías de todo el país. Al adentrarse en el pueblito de artesanos, uno es recibido por un laberinto de calles de tierra con múltiples tiendas, construidas en adobe y techos de tejas coloniales, con fachadas blancas adornadas con plantas y banderitas chilenas, que exhiben una amplia variedad de productos artesanales, creando así un ambiente acogedor y lleno de vida.

En el pueblito los visitantes pueden encontrar desde joyería fina, especialmente de lapislázuli, textiles exquisitamente tejidos, cerámica pintada a mano, esculturas de madera nativa, piedra, combarbalita y otros. Gran variedad de otros objetos únicos y hermosos como son los aderezos típicos chilenos, cestería de Rari en crin de caballo, y el famoso indio pícaro. Cada tienda tiene su propio estilo y especialidad, lo que garantiza una experiencia de compra diversa y emocionante.

Los artesanos trabajan frente a los visitantes, ofreciendo una vista fascinante del proceso creativo detrás de cada obra de arte. Es posible ver a los ceramistas moldear el barro, a los joyeros cuidadosamente ensamblando piezas preciosas y a los tejedores expertos creando intrincados diseños en telares tradicionales.

Además de las tiendas de artesanías, el pueblito también cuenta con pequeños cafés como el Antulican (Sol de piedra en mapudungun) donde cada domingo probaba un plato diferente: Pastel de choclo, costillar o plateada y las mejores empanadas de pino. Para refrescarse nada mejor que un delicioso Mote con huesillos o sus deliciosos helados artesanales, en copa o paletas. Para la once o merienda un café con la torta de tres leches o el cheesecake de Maracuyá.

La sala de exposiciones donde estuve con mi muestra Pinceladas Ingenuas, tiene además dos atractivos adicionales: por una parte, un hermoso jardín de Bonsáis para disfrutar de un momento de tranquilidad rodeado de estas maravillosas plantas en miniatura y del sonido del agua que cae en su fuente y, por otra parte, un museo dedicado a la memoria de Chito Faró, el compositor de la canción “Si vas para Chile” cuyo estribillo dice así:

El pueblito se llama Las Condes
Y está junto a los cerros y al cielo
Y si miras de lo alto hacia el valle
Lo verás que lo baña un estero
Campesinos y gentes del pueblo
Te saldrán al encuentro, viajero
Y verás cómo quieren en Chile
Al amigo cuando es forastero


© Texto e imágenes: Cecilia Byrne

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