Los lectores de abril

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Monte Japón

Sudor

¿Qué le pasa a su cuerpo?
¿Qué suda en la frente herida?
Las gotas casi rojizas se deslizan
y el hombre tiembla. ¿Dolor?
Mucho. Es humano y teme.
Los árboles del monte lo abrigan
como fantasmas próximos a desaparecer.
El dique de sus cejas las contienen
pero no alcanza para el respiro.
Algunas inundan los ojos húmedos.
otrora brillosos, plenos de esperanza.
Se nublan y confunden su cauce
con el llanto sufriente, eco de todos.
indiferentes, impávidos espectadores.
Él sabe lo que hay en su horizonte:
tiembla, parpadea e insinúa su fuerza.
Las gotas son la prueba irrefutable
de que la humanidad necesita expiar
las crucifixiones repetidas que la degradan
sin comprender que somos «el otro».

© Silvia Cleonice Gabetta


Poe

Virginia

(A Poe en su agonía)

Un sentimiento, para el cual no hayo nombre; me ha invadido al volver el rostro y verle en el alféizar.
Allí: sus incisivos ojillos redondos, su pico corvo, su denso plumaje azabache.
¡Ah! Todo él proyectaba una sombra siniestra sobre el lecho de mi dolor.
¡Viene a buscarme! ¡me aguarda!
Esta vez su estentóreo graznido será definitivo: never more, never more…
Más, ya nada importa.
Es el presagio del fin, querida mía.
Pero el fin, me acerca a tu ansiada presencia.
Estos tres años baldíos desde que te fuiste, han concluido.
Te encontraré en la verja dorada.
Y tus sonrisas y tus hondas miradas, me aguardarán, esta vez para siempre.
Estás allí ¿verdad Virginia?
En esa otra dimensión donde mora la Paz.
No más dolor para mí frágil cuerpo.
No más horror para mi espíritu.
En esa estancia, inocente niña, habita tu alma.
Y es mi único anhelo volver a encontrarla.
Recorreré el valle feliz de embriagadoras fragancias.
Y tú, como princesa transparente, me aguardarás a la puerta del palacio de la eterna Paz.
¡Ah!  Sí, mi amada.
Allí, no habrá sombras penitentes de terror acechadas.
Allí, no existen péndulos cercenantes.
Ni pozos anegados en acerba oscuridad.
¡Ah! Virginia.
Postrado aquí, en este lecho desconocido donde me han traído a morir.
No quiero contar mis últimos instantes, ni las dimensiones de mi tumba.
Yo también habitaré en el reino de la luz.
No más abyecto alcohol.
Ni láudano que embrutezca mis sentidos.
Náusea mental, que invadió mi existencia.
Noto que se nublan mis pupilas.
Y una laxitud mental invade mi cuerpo.
¡Ya llega el aliento postrero!
¡Que el Señor acoja mi pobre alma!
Tiéndeme tu mano.
¡Ya voy, Virginia!
¡Ya voy!

© Rosario de la Cueva


encimadelaniebla

Revista cultural

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