Los lectores de septiembre

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Imagen «Mañana de septiembre, c.1887» de Alfred Sisley


Mundo ardiendo
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

La caída

No pude cumplir con mi cometido. Luché tanto como supe. Mis sentimientos eran las espadas y mi alma, el campo de batalla. El tiempo no me dio tregua; flaquearon mis fuerzas de tal modo que me escondí. No consideré un detalle: Él ve todo. No tuve en cuenta que al ser vencido por mi humanidad, no logré escapar del Infierno.

© Silvia Cleonice Gabetta


Retrato imaginario de Juana de Arco. Óleo sobre pergamino del siglo xix o siglo xx,
Retrato imaginario de Juana de Arco.
Óleo sobre pergamino del siglo XIX o siglo XX.
Archivos nacionales de Francia.

La elegida

En memoria de Juana de Arco

Aún tiemblan las aguas del Mosela,

ante el recuerdo de tu figura infantil.

Cuando llevando a pastar a tu pequeño rebaño, refrescabas tus ardientes plantas en sus aguas.

Pero tú, a tus recién cumplidos 13 años, empezabas a adentrarte en otro mundo, otro mundo que enajenaba tu corazón y tu mente.

Y que no te atrevías a explicar ni a tu madre.

¡Juanita! ¿No vienes?

Te gritaba la Romea, desde el umbral de piedra de tu humilde morada.

Y entonces, despertabas de tu místico letargo. Azuzabas tus ovejas al aprisco,

y corrías a esconderte, entre los brazos maternales y fuertes que entonces eran, todavía, tu cobijo.

Pero las Voces.

Las radiantes presencias de las Santas:

Catalina y Margarita.

Embargaron tu humilde alma para siempre.

Con la impronta celestial de lo sublime.

Más lo sublime solo es excelso si llega a besar el ara del sacrificio.

Y tú Juana:

Tan noble y tan valiente.

Tan pura y tan leal.

Tan entregada.

Dijiste: Si.

Y te inmolaste a tu destino.

Pasión y éxtasis en su doble cara.

Sacrificaste diecisiete primaveras.

Te alejaste de tu Domremy natal.

De las dulces ligaduras del terruño.

Y comenzaste ese camino misterioso.

El camino inquebrantable de la Fe.

Con su atracción inexplicable y tortuosa.

Y que tan solo los elegidos comprendéis.

La Doncella: salva, triunfa, fascina, sobrecoge.

Ejerce su misión con su gloriosa Oriflama.

Pero todo está demasiado corrompido en esta bárbara Francia de «La Guerra de

los Cien Años».

La política es una abyecta gusanera.

Como lo es, el perverso tribunal que te juzgó.

Y hasta el Delfín.

Tú admirado y venerado Delfín, al que, gracias a ti, ungieron en la catedral de Reims.

Y que será solamente un peón cobarde y cínico.

Traidor al fin.

En el juego de ajedrez en que te hayas.

¡Qué mezquindad la de los grandes!

¡Y qué grandeza la de la pobre doncella analfabeta de Lorena!

Condenada al fin, por el Obispo Cauchon.

y sus secuaces:

Bruja

Hereje

Cismática

Hechicera

Relapsa

Has llegado a tu Getsemaní.

Solo tus voces te alientan.

Te fortalecen y acompañan.

Vas a inmolarte en el final supremo que tu abnegado heroísmo y tu inamovible Fe, han aceptado.

Cuando la pira levantada en el centro del viejo mercado de Rouan, arda.

Y de lo que fue Juana de Arco solo que de un rescoldo de pavesas y cenizas.

Una lágrima Sagrada.

Caerá justo en el medio de la hoguera que abrasará tu juventud.

Es el dolor de Dios.

Que se hace doliente Padre.

Ante el martirio de su hija:

La Elegida.

© Rosario de la Cueva


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