Los membrillos de la virgen

Ya llegó diciembre, sin  frio ni nieves en este Madrid que quiere ser más fantástico que práctico, con pretensión de deslumbrar a la Pandemia con más luces que entendimiento, aunque la verdad es, que esto no hay quien lo entienda, y bajo el: ¡Sálvese quien pueda! la ciudad reluce con brillos estelares y muestra su cara de fiesta, de ilusión navideña; este año más que desbordada y empeñada en aparentar una normalidad que lleva huida desde marzo  y que ha dejado en cueros y al aire a esa otra realidad que subyace en las entretelas del sobrevivir cotidiano de anónimos y desiguales pobladores de este Madrid de las Españas, de este centro, de esta diana cazadora de bienes y desdichas. Tocaría hablar de Navidad, pero siempre que lo intento se me escapa aquel tranvía de la infancia que se fue para no volver, aunque cada año lo recuerde y modele, inevitablemente, con arreglo al balance del año amortizado. Por eso, y como aún no han llegado esas fechas, mejor intento sacar una sonrisa navideña con un relato, otoñal y dulce, de mi arcadia personal, aunque por supuesto deseo y espero otro diciembre más navideño que este, pero eso… es agua de otro cantar, de otro relato. Amigos: otro año será.


Los membrillos de la virgen

Dicen que no nos queremos, porque no nos ven hablar; a tu corazón y al mío se lo pueden preguntar. Dicen que no nos queremos porque no nos ven hablar…

Lorena tira a la papelera el último pañuelo del segundo paquete de kleenex. Es un corte llorar ahí, pero… no puede evitarlo.

La culpa la tuvo la jota que anunciaba en el pueblo la llegada del camión de los congelados. Él sí que tenía el corazón de hielo, tanto como para que cada semana siguiera anunciándose con esas estrofas que la desgarraban el alma desde que le dijo que necesitaba tiempo para seguir adelante con «lo suyo». «Lo nuestro, dirás», le corrigió Lorena, pero… todo estaba dicho y a ella no le iba a torear nadie, a ver qué se creía él. En qué hora se acercó a comprar la caja de cornetes de chocolate y vainilla y se enamoró como una tonta del pelirrojo de los congelados.   

Tras la cristalera del ventanal, colgado a la vega, la lluvia de octubre barre el horizonte y emborrona la silueta lejana del Moncayo. De repente, como un trueno inesperado, irrumpe una mujer. 

─¡Maña!, que se está vaciando el cielo y parezco unas sopas. Más me valiera usar una sombrilla, que éste no me tapa el culo ─dice María tras cerrar la puerta y dejar el paraguas inundando un rincón─, pero… ¿Que los nubarrones se han metido hasta aquí dentro, o qué? ¡Maña mía! ¿Qué tienes?

Pregunta la recién llegada, (que pasa de largo los ochenta y cuya circunferencia es mayor que la del paraguas, aunque no mucho más alta) a Lorena, la joven funcionaria del ayuntamiento del pequeño pueblo de la Comarca de Calatayud. 

─ ¡No me digas, no me digas que lo he de saber! ¡Ay maña! Qué tonticas somos las mujeres ─sentencia gesticulando con las manos a una Lorena doliente─. Tú lo que tienes es mal de amores, y yo, te he de dar remedio.

Al oírla, Lorena se desborda como una fuente y le entra hipo, tras lo cual, María ataca por sorpresa tirando al suelo, de terrazo, un soporte metálico lleno de bolígrafos que salen rodando en todas las direcciones tras el estruendo de la lata. «¿No te dije que habría de ayudarte?». Lo cierto es que Lorena deja de llorar en seco y se le quita el hipo.

─Mira maña, que yo vengo a lo que vengo, ya sabes, a lo mismo que a lo de todicas las semanas desde San Juan. A recordar a este ilustre ayuntamiento que cómo no ponga medios en parar a Ramiro, cualquier día me encuentran sentada de culo tres casas depabajo de la mía. Y que no me valen sus razonamientos de que cada uno en su casa hace lo que quiere. ¿Y no ha de hacelo? ¡Que lo haga, maña, que lo haga! Y si quiere obrar, hasta en los días de fiesta de guardar, pero que refuerce su techo que es mi suelo; porque en cualquier momento me he de colar por ahí como una rata. Pero chica, que hoy no te hablaré de esto que bien te conoces el relato, que hoy bastante tienes con lo que tienes, y que sólo tú sabes, aunque a mí no se me escapa, que para eso soy perra vieja. Escucha maña mía, te he de decir un secreto que aquí todas conocen. Si yo te contase cuántas lo han probao y cuántas lo han de probar porque siempre funciona… Maña, que para el mal de amores nada como el membrillico cocido con bien de azúcar, eso sí, no vale cualquiera, tienen que ser los membrillos de la Virgen, los que están junto a la ermita. Un atraconcico todas las noches, nueve semanas seguidas, y tres Ave Marías antes y después de cada comilona, y te quedas monda de pamplinas.  

Lorena hace lo imposible por disimular el disgusto; cortada, porque le ha pillado en pleno sofoco, adopta un tono profesional para, una vez más, hacer comprender a María que la obra del vecino es legal y que los técnicos no ven ese peligro que ella denuncia. María hace oídos sordos a las explicaciones de Lorena, quien insiste y asegura que encargará un nuevo informe para tranquilidad de todos.

─Maña que me voy como he venido, caladica y sin que pares la zaragarda, pero hoy no te he de dar más matraca, que sobrada vas de disgustos. Aprovecharé el viaje comprando pescadillica congelada, que ha venido el pelirrojo. Adiós adiós.

Pasan las dos de la tarde cuando Lorena echa la llave a la dependencia municipal. Aún jarrea, pero… Arranca el coche y enfila la cuesta. Cruza el puente, donde el río suena a contento, y enfila el camino de la vega. Entre la sinfonía del agua llegan las estrofas de la jota del camión de congelados, cosa rara, ya que siempre se oye al llegar, pero nunca al irse. Y otra vez se le encoge el corazón pensando en él, pero no llora. Seguirá el consejo de María, recogerá membrillos y se dará un atracón por si acaso funciona. 

Las ramas, dobladas por el peso del fruto y la lluvia, perfuman el aire y pintan de amarillo los árboles y el suelo. Calada a pesar del impermeable, cierra los ojos ajena a la que le está cayendo. Sale del éxtasis al oír acercarse un motor. Abre la mochila y a toda prisa la llena de membrillos que parecen melones. No le siente llegar y… al volverse…

«¿Tú qué haces aquí?», pregunta Lorena al joven pelirrojo, que parece un pollo rescatado de la acequia.

─Cómo no has ido…, te traigo los cornetes de chocolate y vainilla, además, a lo mismo que tú, vengo a coger membrillos, que me ha dicho la María que si los como cocidos con azúcar no se me ha de caer el pelo.


Texto y fotografía © María Cruz Vilar