Los pecados de la tía Chiquita

A la tía Chiquita le habían prohibido fumar. Por eso ella fumaba muchísimo. El vicio daba mucho para hablar: tema de pelea con su hermana melliza y con su hermano médico, tema de confesión, pecado fácil y concreto para relatar en el confesionario previo a la misa y estímulo a la creatividad a la hora de buscar de qué manera fumar sin generar problemas en la economía doméstica, administrada por Beba su hermana.

Lo que no era un tema menor era que la casa de Susana, sobrina de ambas, quedaba una cuadra antes de llegar a la Iglesia, de camino peregrino como decía Chiquita entre risas. La puerta, que siempre estaba entornada, era una invitación a la tía, que entraba y los envolvía a todos con tanto carisma que no se daban cuenta de la verdadera intención: llegar hasta el armario donde Juan, el marido de Susana, guardaba los cigarrillos.

Chiquita era conversadora, alegre, risueña. Llegaba con chistes, anécdotas, un poco apurada por la inminencia de la misa y entre chiste y chiste sacaba —sin que la vieran — un par de cigarrillos para seguir luego camino a la iglesia.

Juan no tenía un pelo de tonto: empezó a darse cuenta que faltaban insumos. Que los paquetes bajaban y bajaban. Entonces habló con su mujer: los gurises están fumando a escondidas, los tres adolescentes, y siempre lo niegan, nos mienten descaradamente Susana…

La verdad se supo al poco tiempo. Pero Chiquita siguió fumando, porque ahora la retaba su melliza, su hermano médico, Susana, Juan, Cristian, Andrés y Adrián. En realidad, los adolescentes hacían como que la retaban, pero para ellos la tía era una genia.

Genialidad total. El simple acto de pasar por la casa de Susana ya le daba tres pecados para confesar: mentir, robar y fumar. Tres, que serían perdonados un rato después, porque iba de camino al confesionario y a veces no abundan los pecados cuando una se confiesa tan seguido, decía ella. El cura, además de perdonarla, le hacía rezar cada vez más padrenuestros y avemarías y sobre ese punto la tía Chiquita había encontrado la raíz del problema. La explicación a la fastidiosa pregunta de por qué fumaba, que le hacían todos. Chiquita levantaba las cejas y cambiaba el tono por uno más lastimero: tanto la hacía rezar el padre, que eso le generaba mucha angustia por no poder cambiar y como no era de llorar fácil, necesitaba un escape. ¡Fumar!


© Texto:  Lucía Borsani
©Fotografía: Encima de la niebla