Los Tres Ases

Hoy saludé al mecánico, grata sorpresa, claro está con el debido distanciamiento social, estaba sobrio, con los tapabocas nos cuesta reconocernos a plena luz de un sol alucinante. El as de las tuercas, los motores (un oído detector de fallas a una cuadra), los radiadores, apenas puede con su existencia, es asombrosa su sobrevivencia en los bajos fondos, cicatrices repartidas entre rostro y dedos. Unas cuadras más abajo, cruzaba la avenida el surfer rockero de los 80’s tabla en mano, bajo el nivel de sus fosas nasales la mascarilla, pasa toda una mañana como si de peregrino tibetano se tratase, dando traspiés, da dos pasos se inclina en poses dignas de cualquier yogi, hace genuflexiones, jaculatorias (uno que otro pastor ha intentado congregarle), la mirada al vacío sea bajo un sol alucinante, o nubes torrenciales, es un as sobre las olas, o solía ser, según la leyenda urbana, metáfora de su navegación en tierra firme, redonda y punto azul con demasiados asuntos por solucionar un martes cualquiera, su trayectoria similar a las mascotas enjauladas en ese reducido espacio dando vueltas incesantes. Apenas unos cambios fisiológicos, por lo general imperceptibles a la distancia, poca la diferencia en una treintena de años ala errante intemperie, no envejece, rivaliza  con Benjamin Button, curtido ya en  varias generaciones de drogas de diseño. Dos peces fuera del agua, sobrevivientes de sí mismos, la Pandemia es una cresta de olas surreal.


© José G. Santos Vega