María del Mar

Un asentamiento de caravanas protegidas por un cerco de furgonetas y algunos camiones forman la comunidad itinerante que aparece y desaparece con arreglo al calendario de las fiestas patronales. La vida de los feriantes sujeta a la normalidad de un día a día tan rutinario como el de cualquier agrupación sedentaria, salvo porque de semana en semana emprenden viaje tras desmontar, para volver a montar, mecanos gigantes y sicodélicos, fogones, tenderetes y un sin fin de cacharros de los que depende su subsistencia. Un trasiego nómada donde existen normas a respetar a fin de que sus relaciones sociales sean tan llevaderas como en cualquier comunidad de vecinos. Felices o infelices, según soplen los vientos del vivir, los feriantes no son gente especial, aunque hagan especiales los días en que desembarcan en los pueblos, a veces tan pequeños que casi están perdidos en el mapa, pero no en el corazón de los feriantes.   

Su padre fue pescador, de esos que amanecen en el mar todos los días salvo los de temporal fuerte o fiestas de guardar. Pescador hasta que un levante traicionero lo pescó de recogida con cuatro cajas a reventar de voraces que le hubieran quitado de las manos a buen precio, de no ser porque el mar se llevó a La Rosita y su aparejo, y todo acabó hecho añicos contra las rocas de Punta Carnero.

Cuando la tragedia, a ella le quedaba un mes y diez días para venir al mundo, y nadie imaginó entonces que a Rosa se le ocurriese poner a su única hija (ya que junto al faro juró mantenerse viuda, y no volver a parir), el nombre de María del Mar, si el mar le había llevado a tal situación de soledad y fatigas. Años más tarde le contó que pese a la incomprensión de parientes y amigos ella lo tuvo claro desde que vio aquellos ojitos brillantes llenos de luz acuosa verde mar, y el María, por la Virgen, ya que al no aparecer ni rastro del ahogado al que dar cristiana sepultura, al menos mantenía la esperanza de que La Santísima se hubiera apiadado de su pobre marido, su único y eterno amor, y lo protegiese de las tormentas del más allá. Con el correr de los años María del Mar resultó salir a ella en eso de un único amor.

Separado de la franja marina por una extensa playa de arena blanca, el asentamiento de la feria es un camping más, un destino más en el que María del Mar se asegura de que esté bien apretado el enganche que da luz a toda la caravana, también a la lavadora que llena de delantales blancos con manchas de chocolate después de sacudirlos uno por uno para quitarles la arena que se incrusta en la tela amenazando con atascar la máquina, un modelo que parece salido del desguace, aunque ruge como nuevo, plantado como una mala hierba en la tierra reseca junto a la puerta de entrada de la roulotte de cuyas ventanas se escapan las cortinas de tela roja con lunares blancos que el viento airea como batas de cola. Tras el detergente y el chorro de lejía selecciona el programa dos, a cincuenta grados, luego alarga al máximo la goma del desagüe, casi cinco metros que pasa por debajo de las sillas del avance, suficiente para asegurarse que vacíe lejos del motor y del enganche eléctrico, no vuelva a pasarle lo de aquella vez que casi se queda pegada de no ser porque el latigazo la tiro al suelo. Después de las precauciones aprieta el botón de inicio, y sonríe al escuchar el agua iniciar el proceso de lavado mientras al fondo baten suaves las olas bajo un azul intenso y un viento que aún levanta arena. Está encantada con esa lavadora funcionando en plena naturaleza igual que si estuviera en una cocina de lujo. Cuando el tambor inicia su andadura metálica María del Mar se queda atrapada en ese arranque acompasado que tanto trabajo le quita. Aún se ve lavando a mano la ropa del negocio, además de la colada familiar. Cuánto han cambiado los tiempos desde entonces, y cuánto ha trabajado siempre en la trastienda. Cuánto, cuánto hasta que se plantó, «Si se pasaban la vida transportando cachivaches, por qué no una lavadora». Desde aquel día memorable tiene más tiempo para ella mientras la máquina ruge y hace su trabajo. 

Se prepara un café muy caliente y poco cargado; se sienta bajo el avance en una silla de plástico que tiene un cojín de flores vistosas. Se acomoda en el relleno y suspira en el ir y venir del tambor. Con los ojos cerrados se deja arrastrar por la música de cañerías. Que tranquilidad le dan esos momentos y que poco le queda para seguir llevando esa vida. La mayoría de las feriantes siempre se están quejando, suspirando porque llegue el día de quedarse en casa para siempre; ella no; disfruta de ese bullicio de las fiestas, tan contagioso. Otro trago y se acaba el café recordando momentos felices mientras mira a su benefactora mareando delantales. Le relaja tanto ese soniquete del agua entrando y saliendo que terminaría dormida de no estar ahí, en plena costa tarifeña, donde su padre está tan presente, como lo está La Rosita y su madre, viuda hasta el verano anterior cuando le avisaron de la residencia para decirle que Rosa, al fin descansaba en paz. Con la proximidad de ese mar están tan presentes que hasta Fermín lo nota, aunque no le diga nada, incluso si la comida unas veces está sosa y otras muy marina. No hacen falta palabras para saber que en Tarifa se pone un poco mustia.

Este año, volver a la feria de su pueblo ha sido aún más duro al no estar su madre en la residencia. Fermín le propuso no ir, pero ella se negó a modificar el itinerario, y él no rechistó. Siempre se respetan, y se siguen queriendo. Cuando se conocieron ella le contó la historia de La Rosita, hacía de eso cuarenta años. Cuarenta años desde que él llegó con la pequeña churrería ambulante a una Tarifa que nada se parece a la de ahora. Han tenido que pasar muchas fiestas patronales para que el viento la pusiera de moda y hacerse un hueco en el mundo. El negocio de entonces era muy diferente al de hoy, ahora mucho más grande «más profesional» dice Fermín. Su noviazgo duró dos años, durante los que hubo muchas llamadas de teléfono desde las cabinas de todos los pueblos de Cádiz, y alguna que otra carta con huellas de aceite, en las que él aseguraba quererla como no había querido a nadie, además de una insistente y firme intención de hacerla su mujer. Al año de conocerse, cuando los feriantes volvieron para los festejos de La Campera, su proposición no tenía marcha atrás, y con toda la solemnidad del mundo solicitó a Rosa la mano de María del Mar. A su madre, por entonces lúcida como la que más y sin ningún signo de lo que mucho tiempo más tarde se la llevó de este mundo, no le hizo ninguna gracia y se opuso, por aquello de lo duro de la vida ambulante, y encima el alejamiento de su única hija. A ojos de su madre todo fueron pegas para esa relación que no hubo forma de parar. María del Mar se mostró tan cabezota que a la mujer no le quedó otra que aceptar la boda por las buenas antes de tener que hacerlo por las malas, como amenazó su hija, que para entonces veía en esa vida nómada una forma de hacer turismo; al fin y al cabo lo más lejos que ella se había alejado del pueblo era a Cádiz, mientras que Fermín conocía muchas capitales y los pueblos más importantes de Andalucía. 

La boda se celebró al año siguiente, el tiempo justo para preparar el ajuar, un veintitrés de diciembre, el mismo día que Fermín cumplió los veinticinco; dos años y tres meses después de que ella se enamorase del churrero de ojos pícaros. Estaba a punto de cumplir los veinte cuando salieron del brazo por la puerta de San Francisco. En Nochebuena cenaron con Rosa y el veinticinco partieron de luna de miel a casa de la familia de Fermín, a Castellar de la Frontera, donde se quedaron hasta San Antón, fecha del comienzo del itinerario laboral de su estrenado marido, y desde la boda también suyo, porque él le dejó claro que ella lo acompañaría. Aún recuerda la primera vez que se puso el delantal blanco con un volante tieso y una lazada pomposa a la espalda, y aún recuerda al primer cliente al que vendió una rosca de porras y una jarra rebosante de chocolate. El hombre le auguró buena mano para atraer clientes y Fermín se puso celoso. Aquello de despachar duró poco, el mal cuerpo y los mareros naturales a su estado la llevaron a bambalinas, y no volvió cara al público nunca más. El negocio prosperaba y Fermín iba contratando empleados a jornal que se integraban casi en la familia.

Pasó la primavera y el verano, y a pesar de su estado seguía encantada con hacer turismo en la roulotte. Cuánto disfruto aquella primera vez. Para cuando llegó septiembre y la cita era con la feria tarifeña, María del Mar ya estaba curtida en su vida errante, convencida de que a su manera era una privilegiada. Para entonces ya embarazada de cuatro meses de su primera hija, «su Rosa», que este año cumplirá los cuarenta. Luego vinieron dos embarazos más; tres en cinco años. Tres hijas criadas de feria en feria, a ratos con la abuela Rosa en Tarifa, y a ratos con los abuelos en Castellar. Luego, el internado en Cádiz, donde les enseñaron lo suficiente para desenvolverse con dignidad por la vida. Las niñas pasaban con ellos todo el tiempo que el colegio les permitía, y cuando tuvieron edad, las tres ayudaron en el negocio hasta que iniciaron su propio camino. Rosa, cajera en Zara, vive con su pareja en Barcelona y no tienen hijos; Manoli trabaja de auxiliar en una guardería de Sevilla, y tiene mellizos, y la pequeña: Mar, es dependienta en Londres, su jefe, un chino con dinero, quiere ponerle una tienda de ropa, aunque ella no se fía y le da largas. Ninguna le ha salido feriante, y poco le importa; salieron independientes y si no estudiaron más fue por propia decisión, oportunidad no les faltó. A estas alturas, Fermín insiste a las tres para que se queden con el negocio la próxima temporada, cuando se jubile y se vayan a vivir a la casa que heredó de sus padres en Castellar, pero ninguna quiere, aunque él insista porque le da pena echar el cierre a la churrería que les ha dado de comer. También ellos tendrán que acostumbrarse a dormir en sitio fijo, y no será fácil. Fermín le ha prometido que irán a visitar a las hijas, también a la de Londres.

María del Mar

La máquina reposa antes del primer vaciado. Comprueba que la goma del desagüe se mantiene sujeta entre las piedras y que la arena absorbe el agua jabonosa y sucia. Detrás, a pocos metros, el recinto ferial es un estruendo de música y luces de neón que se van encendiendo sincronizadas a medida que declina la tarde. Acomodada en el cojín floreado se deja llevar por los aromas de los fogones entrando en acción. Cuando llegue la noche el recinto será un hervidero de gente haciendo gasto entre olores de frituras de pescado, de patatas asadas, de pizzas, de algodón dulce, de… chocolate y churros, y la última variedad de porras rellenas de Ferrero Roché. Con los ojos cerrados sonríe pensando en la buena marcha del negocio. Tampoco le importaría que Fermín siguiera adelante un par de años más, pero él tiene muy claro que quiere cobrar la paga todos los meses sin tener que trabajarla, y hasta cuenta las ferias que aún le quedan para ir a vivir a su pueblo del que salió al cumplir los catorce. Lo que decida, bien decidido estará. Nunca le ha ido mal haciéndole caso.

Cuando la máquina succiona el agua para el aclarado María del Mar flota entre la brisa que refresca el caluroso septiembre.

Entre sorbos de un segundo café y el ruido del tambor le llega el sonido del mar, hoy con el poniente acercando las montañas de la costa africana. En la hondonada del horizonte reluce Tánger. Cuando era niña las luces no se veían como ahora. No solo ha crecido Tarifa. Allí enfrente cada vez se ven más luces. Allí, aquí, pueblos vecinos, al fin y al cabo. A ella le gusta decir que es de donde pasa la noche, aunque su pueblo sea Tarifa y siempre le haya tenido rencor a ese mar. Aún recuerda que cuando era muy pequeña se imaginaba a su padre llevando el timón de La Rosita entre el temporal. No. No se siente arraigada en donde ha crecido huérfana.

Con el último centrifugado, el más largo y ruidoso, llega al máximo de relajación y le vence el sueño. Si su madre y su padre, ese que no conoció, la vieran así, sabrían que ha sido y es feliz llevando vida de churrera, con la casa acuestas como los caracoles, pero de feria en feria conociendo toda Andalucía.

La mujer estaba frita y entrar a la caravana era pan comido. Fue por la maldita goma del desagüe, sí no, no se hubiera tropezado llevándosela por delante para terminar estrellándose contra la lavadora, y encima la cara de terror que puso al despertarse. Seguro que lo denuncia. 

María del Mar, arrebatada del paraíso, dio un grito que silenciaron las olas al ver al chico sin conocimiento y echando sangre por la ceja. En lugar de pedir ayuda, se montó su propia película. Llevaba un vaquero nuevo y una camiseta del Real Madrid, bien anudadas las deportivas y una bolsita estanca con el móvil colgándole del cuello y la mochila a la espalda, y todo él chorreando como una sábana sin centrifugar. La herida era superficial y dejó de sangrar en cuanto ella apretó con un pañuelo mientras él abrió los ojos aturdidos. No debía tener ni diecisiete años y estaba aterrado. De sobra sabía ella lo que pasa cuando sopla el poniente. Le sonrió pensando en su familia, en su madre, en la posibilidad de que lo estuvieran buscando. Y pensó en sus hijas, y en su madre, y en su padre desaparecido en ese mar. Gesticulando con las manos le dijo que se quedase ahí, que la esperase. Que le iba a ayudar. Él intento escaparse en cuánto ella se fue, pero el mareo y la sangre de la herida lo paralizaron; luego lo volvió a intentar.  

Ferial adelante, María del Mar corre hasta la churrería de Fermín. Una cola interminable espera su turno para ser atendidos. Pide al empleado una rueda de porras y a Fermín una jarra de chocolate. Ya le contará después. 

Sorteando gente, niños con globos y niñas vestidas de flamenca, consigue salir del laberinto de luz y ruido de las atracciones. 

Ha mirado hasta en el último rincón de su casa sobre ruedas, y nada. Sólo falta la barra diaria del pan. Ese chico tenía hambre.  

No ha pegado ojo, ni siquiera se ha metido en la cama cuando a plena luz del día llega Fermín, contento por la caja. Él, no pregunta a quien quiso invitar a chocolate y a porras, porque es evidente que le han dado plantón. Y ella no le habla del chico, tan sólo dice, contrariada, que tropezó con la goma de la lavadora y se ha quedado sin desagüe.


© Texto y foto María Cruz Vilar 
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Ilustración cabecera: Encima de la niebla