Más fascinante aún que el legendario unicornio

Cuentan las leyendas que en los rincones más recónditos y secretos de los bosques existía una criatura parecida a un caballo, de hermosa apariencia y níveo color, que presentaba un largo cuerno en mitad de su frente y ese cuerno poseía propiedades mágicas pues curaba enfermedades potencialmente mortales, protegía de envenenamientos e incluso existían ciertos indicios de que procuraba la eterna juventud de su poseedor. Por esta razón los cazadores se afanaban por atraparlos para cortarles dicho cuerno y venderlo a los poderosos por enormes cantidades de riquezas. Nuestra criatura moría sin él y por ello luchaba con auténtica fiereza y saña haciendo frente a sus perseguidores. También se cuenta que cuando se veía acorralado llegaba a lanzarse por precipicios pues su cuerno podía amortiguar la caída, aunque como animal inteligente se esforzaba en permanecer en esas frondosas espesuras haciéndose prácticamente invisible. Pero tenían una debilidad: sentían predilección por aquellas jóvenes que eran puras de corazón y que cuando alguna de ellas se les acercaba, se rendían ante ellas posando tiernamente su cabeza en su regazo. Los cazadores conocedores de este hecho llegaron a utilizarlas como reclamo para tenderles trampas. Hasta que llegó un día en que desaparecieron, no se ha sabido jamás si es que se extinguieron o quizás aún habiten en los confines de las grandes selvas. Esa criatura era el unicornio.

Y hasta aquí llega la fábula y ahora comienza la ciencia. Bienvenidos al nuevo año y a mi nuevo artículo. Os recomendé que vinierais con trajes de neopreno y si era con calefacción, aún mejor. Porque, aunque estamos en enero os voy a llevar a las gélidas aguas del Ártico. Vamos a buscar unicornios que, como los de la leyenda, viven escondidos durante la mayor parte del año, sólo que, en lugar de hacerlo en los más profundo del bosque, permanecen ocultos bajo capas de hielo mientras en el exterior el frío se hace dueño y señor de esos territorios, protegiéndolos tanto como es posible de la avidez de los cazadores que anhelan hacerse con la propiedad de sus hermosos cuernos. Aunque nuestras criaturas no poseen cuernos en mitad de la testuz sino un singular colmillo que crece durante toda su vida y se escapa fuera de su mandíbula y gira en espiral hacia la izquierda, porque así son de sofisticados y extraordinarios. Son, nada más y nada menos, que los narvales. Y ha llegado el momento de conocerlos tanto como sea posible. Porque si en este mundo existen todavía seres y territorios desconocidos, no os quepa la menor duda que la mayoría se encuentran bajo el mar. Hemos alcanzado la Luna y llegado hasta planetas y satélites de nuestro sistema solar, incluso tenemos sondas a punto de salir de él rumbo a otros puntos del firmamento, pero las profundidades de nuestros mares y océanos siguen siendo rincones misteriosos y desconocidos.

Narval

El narval, Manodon Monoceros (deriva del griego y viene a significar un solo diente, un unicornio), es una ballena de tamaño mediano y junto a la beluga son las dos únicas integrantes de la familia de los Monodontidae. De hecho, por restos de algún esqueleto encontrado, se cree que podrían engendrar entre ellas híbridos (las nargulas) aunque hasta la fecha está muy poco documentado. La palabra narval deriva del nórdico antiguo nāhvalr, que significa literalmente cadáver de ballena ya que la piel moteada del cetáceo les recordaba a un cadáver humano.

Como decía, nos encontramos con que son ballenas de tamaño medio, es decir, entre cuatro y cinco metros de longitud y de unos 1600 kg de peso como máximo, siendo las hembras algo menor en tamaño y peso que los machos. Los machos alcanzan la madurez sexual entre los 8 y los 11 años, mientras que las hembras son más precoces y son maduras entre los 5 y los 8 años. En ambos sexos un tercio de su peso es tejido adiposo que les protege del frío del entorno (un 25% músculo y un 10% piel). Al nacer son de color gris azulado, que se va aclarando al crecer y a partir de los dos años desarrollan manchas negras en el dorso y en los costados, que les dan un aspecto moteado, mientras que el vientre es blanco o amarillo cremoso; con la madurez sexual aparecen parches blancos en la hendidura genital y en el ombligo y al envejecer los narvales se vuelven casi blancos, exceptuando una cierta tonalidad oscura en los apéndices.

No tienen aletas dorsales, quizás por adaptación evolutiva para facilitar la navegación bajo los hielos, simplificar el balanceo o reducir la superficie y la pérdida del calor. En cambio, poseen una ligera e irregular cresta dorsal de unos 5 cm de alto y entre 60 y 90 cm de largo. Las aletas pectorales miden alrededor de 40 cm y la caudal tiene una envergadura algo mayor de un metro y la concavidad de sus bordes difieren entre las hembras y los machos, seguramente para que estos puedan compensar la resistencia originada por el colmillo. De cuerpo robusto, la cabeza resulta algo pequeña y el hocico achatado; las vértebras del cuello están articuladas, a diferencia del resto de cetáceos, lo que permite que tengan una gran flexibilidad en él.

Sólo tienen dos dientes caninos en la mandíbula superior; en el caso de las hembras, no son funcionales y quedan incrustados en el hueso, pero en los machos el izquierdo sobresale a través del labio superior y gira helicoidalmente hacia la izquierda al comienzo del crecimiento; este colmillo continúa creciendo durante toda la vida del animal y alcanza desde el metro y medio de longitud hasta incluso más de 3 metros. Aproximadamente al 15% de las hembras también le crece uno de los colmillos (de menor tamaño y con la espiral menos marcada) y al 2 por mil de los machos le crecen los dos. Es hueco y pesa alrededor de diez kilos, creciendo horizontalmente respecto al cráneo; está formado por una capa exterior de cemento dental, una interior más dura (la dentina) y en el centro la pulpa rica en vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas. Aunque con frecuencia se rompen generan una nueva capa de dentina para reparar los daños; también se ha comprobado que combina extraordinariamente la dureza con la flexibilidad pues un colmillo de más de dos metros de longitud puede doblarse hasta 30 cm en cualquier dirección.

Narval

Mucho se ha especulado sobre las funciones biológicas de dicho colmillo: primero se pensó que lo usaban para abrir respiraderos en el hielo, más tarde ganó adeptos la teoría de ecolocalizadores de presas en el fondo marino, como carácter sexual secundario (las hembras podrían preferir a los machos con colmillos más largos) y aunque no hay constancia de comportamientos agresivos entre ellos, la cantidad de colmillos rotos y las marcas en la piel reafirman que se producen luchas entre ellos. Y estudios de los últimos años constatan que el colmillo actúa como un sensor hidrodinámico conectado al sistema nervioso central, proporcionando información como presión, movimiento, temperatura, salinidad, etc. También se ha observado mediante drones que a veces utilizan el colmillo como una maza, golpeando y atontando a las presas. De todas maneras, no se cree que sea un elemento imprescindible para la supervivencia de la especie pues las hembras no tienen y viven más que los machos. Por cierto, se sabe que alcanzan los 50 años de edad, aunque se sospecha que podrían vivir alrededor de 115 años.

Narval

Habitan en el Ártico, al norte de Canadá, las costas de Groenlandia y norte de Rusia. Viven en pequeñas manadas de 10 o 20 individuos, aunque en las migraciones anuales de verano se pueden ver grupos de cientos e incluso de miles de narvales cuando se acercan a las costas. En invierno se refugian bajo los hielos marinos en mar abierto y aguas más profundas, saliendo a la superficie a respirar por pequeñas fisuras. En primavera, el deshielo agranda esas fisuras hasta convertirlas en canales y por ellos regresan a las zonas costeras.

Los narvales utilizan la ecolocalización tanto para navegar como cazar. Vocalizan mediante chasquidos, silbidos y golpes producidos por el movimiento del aire en la zona del espiráculo. Esos sonidos se reflejan en la frente siendo controlados por el melón craneal con ayuda de la musculatura. Los chasquidos los utilizan para la detección de presas y ubicación de obstáculos en distancias cortas; se cree que podrían desorientar o inutilizar a los pescados, pero no hay evidencias definitivas. Otros tipos de sonidos se cree que son de comunicación y tienen patrones comunes dentro de un grupo y pueden ajustar la duración y el tono de sus llamadas siendo su repertorio muy similar al de las belugas (aunque estas tienen tonalidades más altas y gamas de silbidos más diferenciados), llegando a imitar sonidos de trompetas o chirridos de puertas.

Se alimentan principalmente al comienzo del invierno y muy poco en verano cuando las aguas están libres de hielo. Su dieta es muy restringida y especializada siendo el bacalao ártico y polar, halibut y fletán sus principales presas y como no tiene dientes seguramente las absorben por succión. Precisamente por consumir este tipo de pescados se deduce que bucean a grandes profundidades, sólo superados por los zifios (cetáceos parecidos a los delfines), cachalotes y elefantes marinos, normalmente entre los 200 y 800 metros, aunque se ha observado a algún ejemplar a más de 1800 metros de profundidad. Suelen estar sumergidos durante 20 o 30 minutos, aunque en sus emplazamientos invernales pueden pasarse tranquilamente más de tres horas a más de 800 metros de profundidad. Esto se debe a que tienen adaptaciones para soportar las presiones de esas aguas y la falta de oxígeno: una caja torácica flexible, alta concentración de mioglobina (la proteína que transporta el oxígeno) en músculos, en condiciones de hipoxia derivan oxígeno a los órganos vitales y en su organismo predominan las fibras musculares de contracción lenta (músculo rojo), altamente resistentes a la fatiga en una concentración similar a la de los corredores de élite de maratón. También su complexión hidrodinámica le permite moverse por la columna de agua hasta el fondo con el mínimo gasto de energía.

¿Tienen predadores naturales? Pues sí, los osos polares aprovechan sus salidas por los respiraderos entre el hielo, sobre todo con los narvales jóvenes; también los tiburones de Groenlandia y las orcas los cazan, estas últimas aprovechan las concentraciones de narvales en aguas poco profundas de las bahías para lanzar ataques en los que matan a docenas. La táctica para escapar de esos ataques es refugiarse a gran profundidad bajo los hielos, mucho más útil que su propia velocidad. Pero la mortalidad por estos predadores no es muy significativa. Mucho más peligrosas les resultan las trampas de hielo, pues quedan aislados en reducidos espacios cuando hay cambios repentinos en el clima y mueren por falta de alimentación o por agotamiento. Respecto a la caza por parte del hombre, actualmente sólo la realizan algunas comunidades innuit en Groenlandia y Canadá, tanto para consumo como con fines comerciales y las cuotas de pesca se controlan en dichos países. En Rusia están totalmente protegidos y de la parte noruega se ignora prácticamente todo.

Desde 2008 está clasificada como especie animal protegida, aunque no se considera que está actualmente en peligro, sólo de preocupación menor. Se cree que la población mundial actualmente rondan los 170000 individuos, aunque no existen datos suficientes de todas las subpoblaciones. Y todavía no podemos interpretar cómo les afectará las consecuencias del cambio climático.

Ya me queda poco que contar sobre los narvales. Curiosamente es un animal que no sobrevive en cautividad, todas las ocasiones en que se ha intentado ha acabado con la muerte del ejemplar pocos días después. Si a esto se le añade que todos los cuernos de unicornio que rondaron en la antigüedad eran colmillos de narval que los vikingos comercializaban por el resto de Europa, entonces se me genera un presentimiento, ¿serán los narvales los verdaderos unicornios de la leyenda? Unos seres tímidos, que no gustan de la presencia y compañía del ser humano, que prefieren morir antes que ser cazados. Porque quizás sean unas almas libres sin remedio.

Nos vemos el mes que viene, os espero. 


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© Carmela Pérez Nuñez

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