Más fruslerías veraniegas
Petición
Esperemos que los incendios, saciados de fuego, ahítos de desgracias, descansen y nos permitan descansar durante mucho tiempo.
Ya lo dice el refrán: No por mucho apagar fuegos se queman menos hectáreas. Mas vale el prevenir que el curar o, como dice mi María Antonia: más vale un, por si acaso, que un… ¡válgame el Señor!
Cosas de odontólogos
Mi amigo Paco, odontólogo jubilado y pensador habitual, cuando vamos a sentarnos, al chiringuito del barrio, me explica cuestiones de mucho interés. Dice que inmolar es sacar una muela, mientras que incisivo no es sacar nada, ya que la palabra “cisivo” aún no se ha inventado. El diccionario de la RAE no la recoge, por tanto, prosigue, se considera una palabra deslenguada. Son cosas de Paco, el verano da para discurrir mucho y no todo dentro de la lógica.
Pretencioso
Todos tenemos, al menos, un amigo pretencioso, mi amigo es un conejo de chistera muy pretencioso. Me confesaba que los hipopótamos le copiaban el color gris de la piel, y los visones la textura de su pelo.
Así suele suceder en los humanos que siempre creen que el mundo les ha copiado hasta los andares.
Poeta
Una vez le preguntaron al poeta:
– Dinos poeta, ¿cuál es la mejor poesía?
El poeta no tardó en contestar.
– La mejor poesía, siempre, es la que más emociones te proporciona. Sin duda.
Como les gustó la contestación siguieron preguntándole
– ¿Y qué es la novela?
– En realidad, es un apunte que al escritor se le ha ido de madre unas trescientas cincuenta y siete páginas.
-¿Y qué es el ridículo?
– Es el dominio del extraño “don” de la apariencia.
Tras un extraño silencio, una voz bien perfilada salió de lo más profundo del ágora y se le fue a clavar en lo más hondo del alma del poeta.
– Poeta, dime: ¿quién podrá descifrar el enigma del amor eterno?
Todos se miraron, el poeta no contestó al instante, tampoco horas después. El auditorio se cansó de esperar, el poeta permaneció inmóvil, a la espera de obtener una respuesta, pero su sabiduría no llegó nunca a tanto.
Influencers
Con tanto genocidio, hay muchos influencers que no saben cómo matar el tiempo.
Pregunta
– ¡Oh, filósofo! ¿Cuál de los sentidos está más valorado?
– El sentido de la oportunidad.
Veraneo 2026
Los jubilatas de BPA (Bajo Poder Adquisitivo) XXL, nos hacemos cruces (de Santiago, Malta, Calatrava…) al sentir sobre nuestras arrugadas carnes, año tras año, a los precios que se han puesto las vacaciones estivales. Antaño con cuarto y mitad de merecido descanso canicular pasábamos unos días de solaz esparcimiento playero, ahora ni aun poniendo un par de cirios al patrón de los imposibles, creo que es san Cucufato.
Ante este espaldarazo, quien más y quien menos, nos acordamos de La Codorniz, esa, la del peculiar eslogan: “La revista más audaz para el lector más inteligente”. Y hacer frente al calentón del verano a la antigua usanza, como marcaban los cánones de las historietas de Tono y Mihura, pero sirviéndose de las oportunas tecnologías de estos tiempos que, aunque no las dominamos, algunos saben medio manejarse y así conseguir zafarse de la vergüenza de sus pulcras pero modestas pensiones.
Lo primero que hacemos en casa es sacar los bañadores, las toallas de baño y las sombrillas, estas últimas las clavamos en las macetas, con permiso de los geranios y las hortensias, que son muy suyas.
Mi nieto Manolín, que no ha salido a mi yerno de escocido, nos saca unas instantáneas con su móvil, previamente María Antonia y yo nos hemos colocado los bañadores y hacemos un posado natural sobre las toallas. Manolín, gracias a la tecnología mentirosa, quita las lorzas de la abuela y me coloca un poco la carne fláccida que convive conmigo desde que me jubilé, le pone a la foto un fondo playero y hace unas ampliaciones que ponemos en todos los cuartos, menos, curiosamente, en el cuarto de baño.
María Antonia saca de un antiguo bote de café las conchas de los bivalvos que nos han alimentado durante el año (mejillones, mayormente) Abrimos las ventanas de par en par para que la murga de la insidiosa circulación se cuele en el pasillo. Ese ruido constante nos hace sentir los vaivenes marinos, con las pedorretas de las motos creemos que son las motos de agua que pasean por las orillas de la mar océana.
Nos ponemos en plena corriente, pero de aire, desde primera hora de la mañana (para que nadie nos quite la primera fila playera, luego mi María Antonia me embadurna de crema factor 50, caducada desde hace dos años.
Nuestra conversaciones adquieren un tono marinero, diciendo cosas como: en dos brazadas estoy en la cocina… De paso que vas a pasear por la orilla me traes del chiringuito un vaso de agua… A las tres baja la marea y se dejan de escuchar las motos de agua danzar sobre las olas; es un alivio… Paco, tenemos que ir al súper de la “urba”, total está a dos millas. (en invierno nos referimos al chino que está a solo dos calles de casa).
Así, con ilusión y fantasía desmedida pasamos el verano cada día. Lo primero que hace María Antonia, es ver el oráculo del tiempo en el móvil, él predice cual será el tiempo que va a hacer durante las próximas 24 horas. Basado en el diagnóstico del oráculo vamos escribiendo a la familia y amigos sobre las bondades de la brisa marina, el excesivo levante o el torpe poniente, la cantidad de sombrillas por metro cuadrado que nos rodean, los impertinentes niños con padres tocanarices que no paran de lanzarnos pelotazos de distintos tamaños, con el único fin de incomodarnos y desplazarnos a nuestro bonito apartamento.
La bañera es otro factor muy importante, está siempre con agua y con una buena cantidad de sal marina. En ella nos refrescamos y sentimos sobre nuestros arrugados pellejos las bondades salinas.
Las comidas son frugales, para solidarizarnos con los comensales que esperan mesa durante horas, desayunamos fuerte, de bufé, y luego comemos una ensalada de tomate con unas sardinas, sardinas en aceite, que no dan el cante con su olor. Así evitamos que los vecinos sepan de nuestra presencia en casa.
Por las noches ponemos películas viejas, pero bonitas, en las que salen playas. Acompañamos la revisión de las “pelis” con unos tintos de verano que mi María Antonia prepara de maravilla.
Nuestros amigos nos mandan guásap y cuentan el tiempo que tienen en la playa elegida. Disfrutamos muchos sus inventadas anécdotas, ya que año tras año se les olvida que nos las han contado y vuelven a describirlas en otras playas. Es lo que tiene la memoria a ciertas edades. Nosotros en previsión, tras la siesta las apuntamos, sus anécdotas y las nuestras.
Cuando llega el final de las vacaciones viene lo más complicado, el hacer los consabidos regalos de los consabidos imanes. María Antónia los guarda de un año para otro y cuando nos vemos, se los vamos regalando a los amigos de toda la vida, ellos nos regalan otro. Solemos apuntar el nombre de quienes nos lo han obsequiado para no meter la patorra y regalárselo a los mismos amigos al siguiente año. Es cierto que nos falta memoria y que hay señoras que son muy miradas para eso de devolver los regalos al año siguiente. Máxime cuando llueve sobre mojado, cuando les regalamos cuarenta años antes, por su boda, el mismo florero de cristal que nos habían regalado a nosotros en la nuestra. Como les dijo María Antonia, siempre a la que salta: “pues haberos casado antes que nosotros y así el regalo hubiera hecho el viaje inverso, vosotros nos lo habríais devuelto a nosotros y santas pascuas”. ¡Qué gracia tiene mi María Antonia!
Algo muy importante es el color, María Antonia se da el último baño en la bañera sin sal, en la que le hecha unas cucharadas al agua caliente de té rojo. Se sumerge de abajo a arriba, se da dos o tres giros estratégicos y sale a la media hora con un bronceado cañero muy resultón.
Yo soy más de untarme yodo metaloide, me embadurno de yodo las zonas estratégicas del cuerpo (cara, cuello, manos y pies. Les cuento con indiferencia a vecinos y amigos que soy hombre de poco sol y muchas luces, y cuela la teoría.
El 1º de septiembre, volvemos a guardar las tumbonas, toallas y bañadores, enrollamos las fotos, tiramos las cáscaras de bivalvos y, como años atrás, nos disponemos a comenzar el año jubilar nuevamente, muy ilusionados, leyendo y pensando sobre nuestro próximo lugar de no vacaciones. En el fondo, es un deporte como otro cualquiera, que nos permite tener vivas las pocas neuronas que vienen quedando.
© Texto: Emilio Meseguer Enderiz
© Imagen: Encima de la niebla

