Meditaciones de Ofelia

Encontré este cráneo
olvidado en el alféizar
del ventanal de sus ensoñaciones.
Los símbolos gratos a mi amado
tal vez se hallen, 
en esta hueca calavera.

Traté de sumergirme en sus tinieblas.
En la noche atormentada de su espíritu.
En sus sentidos, lacerados y dolientes.
Traté de interpretar sus frases:
Breves
Lapidarias
Punzantes
Aceradas.

En cada ocasión en que se encontraban
nuestros pasos,
por las gélidas galerías del castillo,
yo, intentaba ofrendarle mi dulzura.
un aliento de esperanza ante la vida.
Pero él,
le negaba todo rastro de horizonte
a su existencia.
Toda sustancia grata para el espíritu.
Vagaba errante por las estancias
de ELSINORE.

Bajo su brazo:
La amarga calavera.
Bajo su frente:
El anhelo del rencor y la venganza.
Yo, le ofrecía:
Lirios del bosque.
Orquídeas, violetas y narcisos.
Guirnaldas de jazmines y
humildes margaritas.
Pero él,
me apartaba, con su mano lánguida.
Y su mirada febril y entristecida.

¿Alguna vez me amó?
¡Quizá!
¡Puede ser!
¡Así lo creo!
Más, los lúgubres cendales
cubrieron su razón.
Y el dolor sepultó toda esperanza.

Así, pues.
¿Qué le aguarda a mi destino?
No merece mi existencia más tormento.
Este mismo atardecer, me he citado
con las aguas sinuosas de aquel rio.
En el lejano bosque del recuerdo.
Las potencias del alma están conclusas.
Cuando haya vadeado la otra orilla.

Y la corriente arrastre:
El dolor y el orgullo.
Cuando haya vadeado la otra orilla.
¡Amado Príncipe!
Solo y únicamente entonces,
soñaré:
Con tu amor y con el mío.


© Texto e imágenes: Rosario de la Cueva