Mercurio, un infierno de hielo y fuego

De nuevo vamos de paseo por nuestro Sistema Solar. Ya hemos deambulado por bastante lugares de sus afueras, primero siguiendo a las Voyager (qué placer visitar la helioesfera y seguirlas hasta la heliopausa), deteniéndonos en Plutón (algún día lograremos que vuelva a ser considerado Planeta), Saturno y Júpiter. Quería volver a esos confines y tenía como meta, bien a Urano, bien a Neptuno, pero de pronto se me ocurrió que podíamos virar y dirigirnos hacia los planetas interiores y acercarnos al Sol. Y  qué mejor que comenzar por el primero, por ese que se encuentra tan cerca de nuestra estrella, tanto que quizás sea el más difícil de observar. Y por esa misma razón es el más desconocido, el que seguramente nos sorprenderá más con sus características y curiosidades. Cambiemos, pues, el rumbo y viajemos hasta cerca, muy cerca del Sol.

Mercurio es uno de los cuatro planetas interiores y rocosos del sistema solar y como ya he indicado, el más cercano a nuestra estrella. Visible a simple vista (es muy brillante), aunque difícil de encontrar, sólo al amanecer y en el ocaso y siempre a escasa distancia del Sol. Aún así es conocido desde la antigüedad (siglo XIV a.C.), siendo llamado por los sumerios como el planeta del salto y por los babilonios, el mensajero de los dioses, similar al nombre que le dieron los romanos y con el que actualmente lo denominamos. También fue estudiado por astrónomos mayas, chinos e hindúes. Los griegos, por su parte, creían que eran dos: Apolo en el amanecer y Hermes (otro mensajero de deidades) en la puesta de sol; fue Pitágoras quien apreció que era un único planeta y pronosticó que se le vería pasar por delante del Sol. A este movimiento se le llama tránsito astronómico y suele ocurrir unas trece veces por siglo (en intervalos de 3, 7, 10 y 13 años); el último fue en noviembre de 2019 y el próximo, en noviembre de 2032.

Es el planeta que viaja más rápido alrededor del Sol (88 días) y con la órbita más excéntrica (sólo superada por la de Plutón, que no, que me niego a no considerarlo nuestro noveno planeta, la teoría del esquivo planeta nueve ya la estudiaremos algún día cuando exista más información concreta al respecto), varía entre los 46 y los 70 millones de km (147 y 152 en el caso de la Tierra). Según la segunda ley de Kepler (la línea que une al Sol con cada planeta barre áreas iguales en tiempos iguales  -conservación del momento angular-) hay una enorme variación de velocidad entre esos puntos extremos, 59 km/s en el perihelio (el punto más cercano al Sol) por 30 km/s en el caso la Tierra, de manera que esa distancia la transita en tan sólo 5 días; pero es interesante señalar que precisamente esta medida del avance del perihelio de Mercurio fue esencial para probar la teoría de la relatividad. Porque Mercurio no sigue la misma órbita que en la rotación anterior, el planeta no regresa al mismo punto; este movimiento se le llama precesión y durante bastante tiempo se creyó que era causado por una nube de asteroides incluso por un planeta no observado entre él y el Sol, al que se le llamó Vulcano. Pero la teoría de la relatividad solucionó el dilema pues la curvatura del espacio-tiempo era suficiente para justificar el desplazamiento de la órbita.

Mercurio

El planeta, en cambio, rota muy lentamente, tardando más de 58 días terrestres en dar una vuelta sobre sí mismo. Es decir, transcurren tres días cada dos años en Mercurio, ambos periodos no están totalmente sincronizados, aunque sean muy similares; es decir, no tiene un lado siempre expuesto al sol y el otro en constante oscuridad, pero los tiempos alternos de luz y oscuridad son muy largos. Estas circunstancias propician un espectacular fenómeno que ocurre cuatro días terrestres antes del perihelio (en ese momento la velocidad angular de rotación y traslación se igualan): en algunos puntos del planeta se observan amaneceres dobles (a 180º de longitud se verán atardeceres dobles). El Sol sale unos dos tercios de su tamaño, entonces se detiene y vuelve a esconderse casi en el mismo punto de donde salió, y un poco más tarde vuelve a aparecer continuando su trayectoria con normalidad.

Su eje de rotación prácticamente es recto (0’01º de inclinación, el de la Tierra es de 23’5º y el de Júpiter, 3’1º es el segundo menos inclinado), lo que hace que en Mercurio no haya estaciones y que en el ecuador del planeta el Sol no se vería más allá de 0’01º del cénit al norte y al sur al mediodía; de la misma manera, en los polos, no se elevaría más allá de 0’01º del horizonte. A mí me cuesta hasta imaginarlo, no sé si os pasa algo parecido.

Con todas estas peculiaridades entre la rotación y la traslación, con un eje de inclinación tan pequeño, su cercanía al Sol y la ausencia de estaciones, estamos ante un planeta en donde la luz solar es siete veces más intensa que en la Tierra y tiene tres meses para calentar su superficie; se llegan a alcanzar los 420ºC, los suficientes para fundir plomo. Como contrapartida, también pasan tres meses terrestres entre que el Sol se pone y vuelve a salir; ahora las temperaturas descienden hasta los

-170ºC, los mismos que son capaces de congelar al metano y al dióxido de carbono. A todo esto le podemos sumar que en el fondo de los cráteres de las regiones polares siempre están en la oscuridad y se han detectado trazas que podría ser de hielo (se especula que sería agua procedente de cometas). Realmente Mercurio es el verdadero mundo de hielo y fuego que JRR Martin intentó idear para sus dragones.

¿Y cómo es él? ¿Cómo se estructura? Ya nos han dicho que es un planeta muy pequeño. Pero vamos a compararlo para poder hacernos una idea de su tamaño. Nuestra Luna tiene un diámetro de unos 3475 km,  Mercurio tiene 4879 km en su ecuador, es decir, es un cuerpo sólo algo más grande que nuestro satélite (y menor que Ganímedes o Titán). Pero a diferencia de ella, que tiene una densidad de 3’34 g/cm3, la de Mercurio es de 5’43 y sólo la Tierra lo supera (5’51). Esa alta densidad sólo se explica si el núcleo ocupa más del 40% del volumen del planeta (en la Tierra ocupa el 16%) y está formado principalmente por hierro. Se cree que este enorme núcleo se debe a que el planeta sufrió un colosal impacto en sus primeros tiempos, que destrozó la corteza y el manto, cuyos materiales fueron arrojados al espacio; más tarde, la atracción gravitacional los devolvió al planeta creando un manto y una corteza más delgados. Actualmente ese manto tiene un espesor de unos 600 km y una corteza que oscilaría entre los 100 y 200 km. Si el impacto se debió a un meteorito, sus componentes se mezclaron con los del núcleo y por ello es tan rico en hierro. Otra teoría afirma que la composición del núcleo fue así desde la formación de Mercurio y que al no tener atmósfera el hierro se presenta en forma metálica al no tener posibilidad de formar óxidos.

Tiene una superficie rica en azufre, magnesio y silicio, con gran abundancia de cráteres y de líneas escarpadas que se extienden miles de km a lo largo del planeta, estas últimas seguramente formadas cuando el núcleo y el manto se enfriaron y contrajeron mientras la superficie se estaba solidificando.

Mercurio

Los cráteres modelados a partir de impactos de meteoritos miden desde unos metros hasta km de longitud y los más jóvenes (unos pocos millones de años) presentan un pico central; los más antiguos son más planos seguramente por la erosión que sufren con las enormes oscilaciones de temperaturas (las mayores de todo el sistema solar). También existen llanuras, menos craterizadas cuanto más jóvenes son.

Existen diversas formaciones geológicas que destacan y ahora nos toca echarles un vistazo. La primera de ellas sería la cuenca de Caloris, un enorme cráter de 1550 km de diámetro, de los mayores que existen en todo el sistema solar. Contiene una estructura llamada la Araña con un centenar de grietas estrechas de suelo liso; en el centro de todas ellas hay un cráter, pero se ignora si está relacionado con su formación o no. Justo en el lado opuesto del planeta se encuentra el denominado Terreno Extraño (Weird Terrain), una serie de cordilleras que posiblemente se crearon como consecuencia de las ondas de choque del impacto que formó la cuenca de Caloris y que atravesaron el planeta. Igualmente llaman la atención las crestas y acantilados gigantes (observados por la sonda Messenger) concentrados la mayoría en dos bandas anchas que se extienden de norte a sur y en lados opuestos del planeta; los mayores tienen 1000 km de longitud y unos 3000 metros de altura y son más abundantes en el hemisferio sur que en el norte (264 por 143). Podrían deberse al flujo de roca caliente en el manto, pero no es una explicación que convenza totalmente a los científicos; más peso tiene la teoría de que son arrugas ocasionadas en la formación del planeta cuando el núcleo se enfrió, contrayéndose de tamaño, pero tampoco explica el por qué del extraño patrón de distribución en su superficie.

También se han observado en ella zonas oscuras que en un principio se pensó se debían a la presencia de hierro, pero en recientes investigaciones se ha descubierto que están compuestas por un material rico en carbono procedente del interior del planeta. Serían parte de la primigenia corteza que permanece oculta en las capas interiores y que se habría formado al cristalizar el grafito durante un aluvión de magma.

Ya sabemos bastantes cosas sobre nuestro pequeño planeta. Vamos ahora con su magnetosfera y su atmósfera. Respecto a la primera, llamamos así al campo magnético que existe alrededor de un planeta y que desvía la mayor parte del viento solar, convirtiéndose en un auténtico escudo protector ante la alta radiación de las partículas procedentes del Sol. Mercurio tiene un campo magnético similar al de la Tierra (Venus y Marte no tienen) aunque de muy baja intensidad (un 1%) y parece ser que actúa de manera contraria al de nuestro planeta (mejor que ni lo explique, existen jardines que es mejor no pisar, creo que me entenderéis perfectamente). La existencia de dicho campo magnético se debe casi con total seguridad a que el núcleo está parcialmente fundido y es rico en compuestos ferromagnéticos. La atmósfera es muy ligera y delgada (alrededor de una trillonésima parte de la terrestre), apenas se distingue del vacío y de hecho se la conoce como exosfera. Su composición sería un 42% de oxígeno, 29% de sodio, 22% de hidrógeno, 6% de helio y trazas de otros gases.

Estoy casi, casi terminando y me gustaría detenerme en una serie de curiosidades que me han interesado muchísimo y que me gustaría comentar.

Mercurio

Ya os conté que es muy difícil observar a Mercurio con telescopio pues su cercanía y luminosidad junto a la radiación solar dañarían todos los equipos. Por eso, la mayoría de lo que actualmente conocemos se debe a la exploración mediante sondas y al análisis posterior de las fotografías y datos que ellas nos han proporcionado. Hasta ahora ha habido dos: la Mariner 10 (1974-1975) y la Messenger (2004-2011); actualmente tenemos a la sonda BepiColombo (nombrada así en honor del científico que reparó en que la gravedad de un planeta ayudaría a la eficacia de las naves a sobrevolarlos). Es una misión conjunta de la ESA y la JAXA (la agencia espacial japonesa) y que se lanzó en octubre de 2018 y llegará a Mercurio a principios de diciembre de 2025, siendo el final un año más tarde, con suerte dos; siete años para un viaje que en vuelo directo sería de unos seis meses, pero la tecnología de sobrevuelos y frenados para lograr que la sonda entrase en la órbita del planeta no está a nuestro alcance en estos momentos (necesitaríamos más energía que para llegar a Plutón). Durante este viaje se espera logra una exploración completa del planeta, así como más información acerca de la magnetosfera, además de sobrevolar una vez la Tierra, dos a Venus y seis al propio Mercurio. El 85% de la tecnología que llevan las sondas es totalmente nueva y en ella han colaborado más de 82 empresas de doce países.

Más detalles últimos, la radiación solar que recibe Mercurio es diez veces la recibida por nuestro planeta mientras que la infrarroja es veinte veces mayor, siendo la ultravioleta también muy elevada. A estas hay que sumarle vientos solares que pueden alcanzar los 400 km/s; todo ello proporciona al planeta una cola semejante a la de un cometa que se extiende a lo largo de algunos millones de kilómetros. También se ha detectado que desprende material volátil que hace creer que el planeta se formó más allá de Marte; cómo ha llegado hasta su actual posición es uno de los misterios que aún existen.

Ahora sí la última anécdota. Un hecho extraño en la astronomía es que un planeta pase delante de otro (ocultación), visto desde la Tierra. Mercurio y Venus se ocultan cada varios siglos, y el 28 de mayo de 1737 ocurrió el único e histórico registrado. La próxima ocultación ocurrirá en el año 2133, lástima que no podamos estar para narrarlo.

He llegado al final y, como habitualmente me ocurre, no todo está ampliamente detallado: los tránsitos, el origen de todo el hielo, los aparentes movimientos retrógrados y la manipulación de estos por parte de la astrología y demás pseudociencias, la posible y deseada colonización de este infernal planeta… pero en los próximos años tendremos más información sobre Mercurio y es muy posible que Encima de la Niebla continue en estas redes para poder contaros todas las novedades al respecto.

Mientras tanto os dejo en un planeta con un cielo negro por la falta de atmósfera, sin estaciones, donde tres años transcurren en dos días. Donde cada tres meses terrestres se alternan temperaturas que oscilan desde fundir el plomo a congelar el metano. Con amaneceres y atardeceres dobles donde parece que el Sol se para en mitad del firmamento pensando si está en el camino correcto y rectifica y regresa adonde había partido, y se lo vuelve a pensar y vuelve a aparecer. Un astro con cola como si fuese un cometa pero que todos sabemos, incluso él, que es un planeta y el más pequeño (hasta que Plutón vuelva a ser reconocido como lo que siempre ha sido y será) de este nuestro hermoso, espléndido y espectacular Sistema Solar. Mi reino por un viaje real a lo largo y ancho de todo él.

Mercurio

Te espero el mes que viene por estos lares. Será interesante, no lo dudo, pero te aseguro que es casi imposible que sea más emocionante que acercarnos a Mercurio; así lo siento y así lo expreso. No faltes, por favor.


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© Carmela Pérez Nuñez

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