Mi fe

Cuando vine al mundo se olvidaron de colocar dos cosas en mi caja contenedora: una brújula y una fe. La brújula se cayó sobre una nube que pasaba en medio de un huracán inesperado, la fe estaba en un bello frasco azul de cristal tallado, enorme; si me hubieran puesto la mitad de ese frasco seguramente habría sido una santa o algo similar y extraordinario, así de contundente era la fe que quedó olvidada sobre un pedestal de éter. Cuando se dieron cuenta ya era tarde, la caja estaba cerrada, y yo junto a mi equipo de viaje incompleto en camino.

Lo primero provocó que durante toda la vida anduviera desorientada sin saber de puntos cardinales, direcciones, hemisferios; y siempre confundida con el hecho de que “el sol sale por el este y se pone por el oeste”.

La falta de mi brújula lo solucioné con taxis, transeúntes  que me orientan en cualquier parte del mundo al pedir una dirección; y un invento maravilloso: el GPS.

En cambio, la falta de fe en mi Kit personal fue más difícil de remediar. La tuve que inventar de la nada, imaginar, soñar, construir, crear, modelar, sostener, elevar; y todo con mucha paciencia y trabajo.

Yo decido creer todos los días, mi fe no es espontánea, mucho menos natural. La mía es una fe trabajada, programada y calculada. No puedo creer simplemente: DECIDO HACERLO, que no es lo mismo, y me esfuerzo mucho en conseguirlo.


Cuadro de Josephine Maldonado

Le da sentido a mis cosas, me da esperanzas cuando todo parece perdido y me consuela cuando todo sí está irremediablemente  perdido haciendo posible retomar el camino; me hace sentir segura y protegida, me da paz.

Quizás mi fe no sea una “fe cinco estrellas”, tampoco la que mejor cotice, es una marioneta cuyos hilos se ven fácilmente, se deshilacha con frecuencia, ya está transparente y ajada por el uso; tiene las manchas de la duda y la razón por todas partes; y estoy segura de que si quisiera venderla nadie me la compraría.

Muchas veces me enojo y reniego de ella, la escupo, la pisoteo, la abollo, y la tiro debajo de mi cama para no verla. Por la mañana aparece sentadita en mi mesa de luz, balanceándose con los hombros encogidos y la cabeza gacha, un poquito más estropeada, un poquito más triste, fingiéndose ofendida; pero levanta su mirada y me sonríe con franqueza porque es conocedora de mis avatares y circunstancias, de mis tormentas y naufragios.

Puede ser que sea una fe que no “garpe” pero es la única que tengo y a mí me gusta mucho. Ella me susurra al oído todos los días: “si debemos fracasar, vos y yo, lo haremos gloriosamente”

© Texto e imagen Josephine Maldonado