Mi tierra, tu tierra, ¿nuestra tierra?

Del barrio San Juanillo, palentino, castellano, castellano-leonés, de la submeseta norte, del norte, español, europeo, occidental, terrestre y si usted quiere ya, del sistema solar. Esta última no será de vital importancia hasta dentro de cinco siglos, cuando las “Orionianas” vengan a nuestro sistema solar a quitarnos el trabajo, fornicar con nuestros hombres y delinquir indiscriminadamente.

Sin duda la que más me divierte sobremanera es la de occidental. Como aquella vez que la presidenta de la Comunidad de Madrid, por motivos que desconozco y sinceramente no me interesan, pregonaba en público que ella había sido criada como una mujer libre y occidental, haciendo especial hincapié en occidental.

“No vaya a ser que el telespectador poco avezado vaya a confundirme con una china, o aún peor, con una mora de esas que atienden antes en la Seguridad Social que a los españoles” ¿Qué es una persona patriota?

¿Qué es realmente un patriota? La definición de la RAE es clara, concisa y completa. Las tres ces que nos enseñaban en clase de lengua allá en las perdidas décadas de los 80/90.

“Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.”

Que ama a su tierra vaya… Pero la pregunta que yo quiero hacerme y que quiero hacerles a ustedes es: ¿qué es su tierra? ¿Cuánto abarca? ¿Son denominaciones geopolíticas? ¿Es una tierra impuesta por los designios de la historia? ¿Uno se convierte en la propia tierra simplemente naciendo allí? ¿Viviendo muchos años quizás? ¿O qué?

Hace unos años conocí al que fue durante mucho tiempo, un gran colega, compañero de trabajo y amigo. Llamémosle Señor León. El Señor León era, y es, de la preciosa ciudad de León y cierto día mantuvimos una conversación muy divertida a la par que reveladora. Comenzamos hablando de la eterna, y hoy en día ya estúpida, rivalidad de Castilla con el “reino” de León, de cómo los siglos de historia nos habían ido juntando y separando al antojo de entidades y personas que una de dos: o pensaban que así estaban haciendo lo correcto; o tenían demasiado tiempo libre y unas raíces demasiado difuminadas como para definirlas con precisión.

El caso es que él se consideraba leonés, del País Leonés, y yo castellano, pero sin más grandilocuencias porque sinceramente, me da igual. A lo largo de los años, y las divisiones, uno podía considerarse castellano-leonés o solo castellano o leonés, depende de en qué momento nos encontrásemos. Así, en cuestión de años, un niño podía gritar a los cuatro vientos: ¡eh mírenme, mírenme todos, soy castellano! Y al día siguiente otro niño nacido en el mismo lugar podía pregonar: ¡eh, mírenme, mírenme todos, soy castellano-leonés!

Entre la jocosidad y la resignación de ver cómo el mundo acaba siempre enfrentado por dilemas como el anterior, él me confeso, ya poniéndonos en tesitura más seria, que no podía considerarse español, por mucho que su DNI lo dijera, porque para él, el verdadero patriotismo y el amor por la tierra procedía de entornos más locales y regionalistas.

“Dime ¿por qué voy a tener yo amor o cariño por Murcia, o Andalucía? Respeto a la gente que vive allí, y punto. Pero ¿qué tengo en común yo con ellos? ¿Qué me une a ellos más allá de los gobernantes que en su día quisieron unificar territorios? ¿Y si por algún motivo los lusitanos se hubieran extendido y formado alianzas inesperadas con vacceos, carpetanos, vetones y el grueso de la península ibérica se hubiera llamado Portuhispania?”

Y sí… y sí… y sí… Al final del día “nuestras tierras” son solamente un subproducto de la historia y de decisiones, en muchas ocasiones y como estamos viendo recientemente, anegadas en sangre, guerras y genocidios.

Una cosa está clara, los seres humanos, como animales sociales, tenemos, en general, la necesidad de ser aceptados, de ser amados dentro de un grupo. Necesitamos sentirnos incluidos. Dentro de nuestro grupo, eventualmente surge la figura de un tipo que destaca entre los demás, más inteligente, creativo y avispado. Esta figura, cuyas intenciones pueden ser benévolas o terribles, es la que arrastrará a los demás con sus doctrinas, e intentará hacer ver que la unión lo es todo, y que por la unión merece la pena morir. Esta idea-grupo-estado tendrá la posibilidad de aumentar sus fronteras con el tiempo si su dogma tiene la suficiente fuerza y poder como para convencer a los demás, bien con palabras, o bien con armas. Y si esto no sucediera, es muy probable que el ser humano hubiera permanecido concentrado en pequeños grupos o ciudades-estado como las de la antigua Grecia, incluso en un futuro distante, concentrados según un ideario determinado o modo de vivir. De esta manera el patriotismo se quedaría relegado a los grupúsculos de ciudades-estado.

No tergiversen mis palabras y situaciones hipotéticas, solo sirven para intentar ampliar un poco más nuestra visión como especie y nuestra historia. Al final, cada uno puede y debe amar lo que quiera, sentirse como quiera y adaptarse a lo que le haga feliz. Sin embargo, considero que el problema reside en una cuestión clara, y es cuando ese amor por la tierra está tan exacerbado que ciega y se convierte en un blanco fácil para ser manipulado al antojo de ese individuo o figura del que hablábamos anteriormente. Ama a tu tierra, hazlo, pero hazlo con cerebro, por favor.

Y en cuanto a mí, solo puedo considerarme palentino, un amante de mi ciudad, que me ha visto crecer, enamorarme, huir, llorar, regresar y echar raíces. Palencia. Una ciudad olvidada por españoles y autoridades por igual, que se mantiene siempre en un perpetuo segundo plano porque no es Madrid, Barcelona o Valencia.


© Texto e imagen: Daniel Borge

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