Miseria moral

Cuando me hablan de estadísticas, yo veo personas. Personas que no son ni de uno ni de otro bando, sino de todos. No son mis muertos o tus muertos. Son nuestros muertos. Y no entiendo que unos y otros nos los lancemos a la cara como si fueran lastre. Un lastre inútil que a nadie beneficia.

Todos hemos perdido a un ser querido, a algún conocido, a alguien cercano. Entiendo que para los que los perdieron no se trata de cifras, sino de pérdidas. Irreparables pérdidas porque nada ni nadie les podrá restituir a los que fallecieron.

Hace un tiempo, en una de mis Copas de Letras, una amiga escritora, de Alepo, comentaba: «ustedes no se dan cuenta; ustedes están como estábamos nosotros poco antes de empezar…Ustedes están normalizando la violencia». Hablaba tanto de la violencia verbal, como de la escalada de violencia en las manifestaciones. En estos momentos no puedo por menos que recordar sus palabras.

Mientras en las ciudades sigue muriendo gente, los políticos se escupen muertos a la cara, se insultan, se agreden verbalmente y nos muestran lo fácil que es ejercer la violencia verbal. Después hablarán hipócritamente -todos, sin excepción- de la violencia contra las mujeres, por ejemplo. Hoy se intenta ejercer la violencia contra el que opina diferente. El contrario pasa a ser visto como «enemigo», no como oponente. Se le «deshumaniza» porque conviene convertirlo en alguien a destruir. «Facha» o «rojo» son insultos que ya no impactan. Hay que añadir nuevos términos a la discusión. Se inventan otros: «golpistas» o «terroristas».

Siempre he dicho que hay fascistas en cualquier grupo político. Que «fascista» no es el que piensa diferente a mí, sino el que me impide pensar como yo pienso. Da igual en qué partido milite esa persona o yo, que no milito en ninguno. Si alguien niega mi libertad para expresarme, o la tuya para quejarte, la libertad para oponerte incluso a quien se opone, para de decir lo que piensas, si ese alguien, sea quien sea, niega tu libertad y la mía, nuestro derecho a pensar diferente, es un fascista. De izquierdas o de derechas, pero lo es.

Leí en el muro de Facebook de alguien a quien quiero y admiro profundamente, que, al comentar las manifestaciones de la gente, expresaba sus «ganas de matar». Sentí un escalofrío. ¿En qué nos estamos convirtiendo unos y otros? ¿Desde cuándo es lícito ejercer la violencia contra los que se nos oponen? ¿Sólo porque piensan diferente, sólo por eso habría que matar?

Ojalá que los políticos tuvieran un gesto de humanidad con quienes representan y se dedicasen a rebajar la crispación, en lugar de instigarla. Y aquí no salvo a ninguno de ellos. A ninguno. O que pensasen en las colas del hambre y tuviesen gestos humanitarios como, por ejemplo, reducir su sueldo a la mitad y lo aportasen para paliar un poco la pobreza que ya empieza a crecer. Eso demostraría que los dirigentes están en la política con el afán de servir a los ciudadanos y no al revés.

Hace tiempo escuché que «quien no manda para servir, no sirve para mandar». Me pareció –y me parece- muy acertada la frase.

Sé que en algunos países europeos a quienes han tenido que ir a engrosar las filas del paro se les ha pagado una gran parte del salario con el propósito de que puedan volver a levantar la empresa, o la compañía, o el pequeño negocio. Desde el minuto uno. Sin esperar a un BOE que no entiende de dramas humanos y que publica una ayuda que tardará en llegar. Y cuando llegue, será demasiado tarde para muchos.

Veo hombres y mujeres que han perdido su trabajo, a miembros de su familia, a algún amigo… que es tanto como decir que han perdido su vida. Se les prometen ayudas que no llegan. O que llegarán cuando ya no se pueda arreglar lo que ahora mismo es urgente para salir adelante. Me pregunto por qué no se reduce el número de cargos políticos, o las comisiones inútiles por las que cobran un dinero extra, las dietas elevadísimas que, en la situación por la que atraviesa nuestro país, es una inmoralidad cobrar.

Está empezando la miseria. La miseria moral, por encima de la miseria económica, y del hambre. Estamos normalizando lo que no es normal y a la larga, el proceso de degradación nos alcanzará y nos envolverá a cada uno de nosotros. Y cuando esto ocurra, será demasiado tarde, porque todos, absolutamente todos, perderemos irremediablemente la partida.

© Blanca Langa
Imagen de JuSa2000 en Pixabay