Muerte de una heroína desconocida

Extracto de la novela «Un lugar llamado Adda»

A la mañana siguiente, en plena resaca del banquete, una garza real sobrevoló el firmamento justo en el instante en que la anciana Anastasia, la Perejila, se acomodaba sobre el poyo de piedra de su corral, bajo la sombra de un guindo. Esquiva y desconfiada, debía haber extraviado su vuelo camino de la laguna, cuyo lecho yacía seco desde hacía meses, desorientando el migrar de las aves que acudían puntualmente desde África hasta sus humedales. La imponente envergadura del ave trazó una sombra que recorrió el patio mientras Anastasia se plisaba el faldón negro y se ajustaba la mantilla.

Colocó la empuñadura de su bastón entre sus manos e hincó la punta sobre la tierra. Se sabía sola a aquella hora temprana del amanecer y aquello le complacía.  

El estallido de colores y fragancias que rezumaba aquel patio, de los geranios en flor, de retamas, lavandas, hisopos y amapolas, reverdecidas milagrosamente con agua del pozo, imprimían a aquel edén de las tonalidades primaverales que la sequía se obstinaba en privar al resto del campo. Como un oasis en mitad del desierto, la frondosidad de cada tallo y hoja, de cada flor, se dejaba acariciar por el susurro del viento y reverberaba en infinitos matices, evocando fragancias de su infancia, cuando correteaba inocentemente por los sembrados de trigo de la mano de sus padres.

La vida comenzaba a discurrir ahora frente a sus ojos como una sucesión de imágenes, atrayendo a la memoria su primer paseo a lomos de Rocín, su potrillo de la infancia, el viento del norte azotando tibiamente sus mejillas y el sol azafranando el horizonte. Encontró cobijo en su pecho el mismo palpitar con que su corazón se rindiera ante el primer amor sesenta años atrás, su caminar saltarín y juguetón entreteniéndose junto al lecho del río en las tardes de otoño, el rostro adusto de su abuelo acariciándole el mentón al regresar del campo, las frías mañanas de invierno asomando su cabecita por el ventanuco empañado del fogón, irguiéndose de puntillas sobre la trébede y retirando el vaho de los cristales para contemplar a su padre aseándose con el torso desnudo bajo un gélido amanecer.

Su busto cheposo y encorvado comenzaba a doblegarse por el peso de los años, de manera casi imperceptible, imantando su cuerpo mansamente hacia el verdor de aquel terruño, el mismo que corretearan sus pies descalzos hacía más de ochenta años. 

La empuñadura del bastón se desasió de sus manos mientras la mirada se embebía en algún recóndito refugio de su mente y le dibujaba una sonrisa en el rostro, otra de tantas con las que había obsequiado a los suyos.

Un petirrojo de rostro encarnado y babero azul ceniciento se posó cantarín sobre el muro frente a la anciana Anastasia, que ya era incapaz de alzar la vista y tan solo escuchaba su canto confundido con la melodía del campo, la misma música que tantas veces resonara en su corazón.

El bastón cedió bajo el peso de su cuerpo y cayó dócilmente sobre la tierra. Sus brazos se abandonaron mansos sobre el regazo y en un último aliento, alumbrando lo que parecía una sonrisa, se desplomó contra la tierra, que la acogió en su seno.


© José María Atienza Borge
Imagen de Rigoberto Díaz en Pixabay