Mujeres separadas

Conocí a N una tarde cualquiera, haciendo footing en el parque; una mujer alta y distinguida, que llevaba con dignidad sus cincuenta y tantos años. Luchaba contra el sobrepeso e intentaba distraerse; apagar la película mental de una reciente separación.

Cuando nos separamos sin estar emparejadas (cosa que a algunas nos pasa, la mayoría creo, tiene un as bajo la manga que ayuda a salir del túnel) siempre necesitamos dominar el estrés que provoca el cambio. Pronto encontramos personas en situaciones similares que evitan sentirse extraterrestres, en un pueblo prejuicioso, en donde una mujer sin hombre es una paria a la que incluso se le niega el saludo.                  

Lo cierto es que N andaba por la vida a paso seguro, de hecho, tenía experiencias en múltiples oficios, desde la cocina, la agricultura, hasta la mecánica y la conducción de camiones. Se separó con 17 años de matrimonio y tenía dos hijos. Al mirar detenidamente su rostro, pude leer los subtítulos de historias antiguas, un dejo de coquetería y sensualidad en su relación siempre apasionada, el típico matrimonio que soluciona los conflictos bajo las sábanas y que a tantos ha costado la libertad.

Comenzamos a encontrarnos con N a la misma hora, ella era más gregaria que yo, siempre acostumbrada a la soledad.

Después del entrenamiento íbamos a un café en donde me contaba sus anécdotas, temas de trabajo, infructuosas conquistas amorosas, episodios dolorosos de su vida matrimonial etc.

Había grandes diferencias entre ambas, ella había sufrido muchas humillaciones, tenía una actitud de geisha que jamás he compartido aunque juntas vivimos las consecuencias de un patriarcado que a todas descoloca.

N, esa mujer luchadora de voluntad férrea y sobreviviente de un cáncer invasor, seguía pegada a los arquetipos y en espera del príncipe azul, al que yo hace años dejé de aguardar. N conocía a mujeres separadas que solían reunirse en bares, con sendos escotes, risas de vampiresas y camisetas de leopardo, aguardando algún galán que salvara su rutina. Con N supe que había mujeres esperando un Dios del amor detrás de cada nueva experiencia, que todas seríamos reinas el día del níspero cuando ese galán trasnochado y maltrecho,  encontrara en nuestras canas la salvación del alma. Su ilusión fue como una ráfaga de aire fresco que logró divertirme y sacarme de esa enajenación laboral en que me encontraba. Su esperanza casi me sube a la nube del amor, esa que pateó mis piernas y dobló mis rodillas en mitad de la calle. N me demostró que es posible sufrir demasiado y seguir soñando, que siempre habrá historias para contar, que se puede estar segura cuando algún interesado en sacarte partido decide protegerte. Con N aprendí que los amantes costean implantes mamarios y la vida para mucha gente es una película porno escrita en un baño público. N de alguna extraña forma me enseñó a ser realista, a valorar la sencillez de una palabra, la simpatía de la mutua complicidad, porque ella pasó por todas; dio más de un beso detrás de una puerta cerrada y aguardó cada mañana un cielo de color distinto. N con su lenguaje sencillo y su escolaridad incompleta, me enseñó lo frágil que puede ser la autoestima, y lo importante de escuchar: “quiérete N, aunque nadie en el mundo te quiera, no dejes de quererte”.  Más de una vez me sorprendí dándole recetas mágicas, como si yo no viviera diariamente las penas de N, como si no supiera que separada te arriesgas a la abstinencia sexual o a la promiscuidad de una vida activa,  porque tener pareja permanente en estricto rigor no es estar separada. Por eso N me buscaba para pedirme consejos, quizá esperando esa  tranquilidad que confiere la resignación sublimada sobre el trapecio artístico de la creatividad. Un día dejó de ir al parque sin mayores explicaciones. Intuí que había encontrado una pareja y estaba contenta, algo que me hizo feliz sabiendo que durante años fue una verdadera geisha: dejaba las zapatillas del marido a orillas de la cama, cocinaba sólo el plato que este pedía, y cuando salía del baño lo esperaba con bata y ropa tibia. Luego el desayuno, la salida al trabajo; N abría el portón del garaje para que su hombre sacara el auto, hasta el día en que se negó. Él hizo sonar fuertemente la bocina; estaba retrasado y N sin aparecer. Ella lo emplazó a abrirlo. El marido se negó tajantemente, luego vinieron los gritos de uno y otro lado. Acto seguido el tipo aceleró, arremetió contra el portón con la cuatro por cuatro hasta arrancarlo de cuajo. N hizo la maleta que por años pretendía ocupar. El marido volvió al percatarse de su brusca actitud. Me voy, dijo ella: ¿Alguien me sigue? Los dos hijos la siguieron cuando ella se marchó de casa para no regresar.

A veces vuelvo al parque y me parece verla resuelta y decidida frente a la vida, como quien empieza a nacer, escucho sus halagos: “buenamoza como eres, siempre tendrás amor”. Creo escuchar la mudez de mi respuesta, el grito oxidado de mi corazón, el mismo que oí cuando una noche cualquiera iba conduciendo al trabajo, tenía clases en jornada vespertina y me pareció ver a N del otro lado de la calzada, esperando por alguien una noche de invierno. En ese momento tuve la certeza de que seguiría mi vida sola.

Hace poco tiempo atrás la encontré de casualidad, iba conduciendo un vehículo moderno, me hizo un gesto con la mano y estacionó en la berma para hablarme unos segundos. Siempre me acuerdo de ti, dijo, con esa frase que dijiste cuando tanto necesitaba: quiérete N, aunque nadie en el mundo te quiera, no dejes de quererte.

© Roxana Heise
Imagen de yuruariherrera en Pixabay