Ni la física cuántica me lo pudo explicar

Hoy 25 de febrero hubiera sido el cumpleaños de mi papá. Anoche a las cero, mientras leía en la cama, lo vi. Un instante para saludar y saludarse. Pero anoche no recordaba yo su fecha, en cambio él parece que sí. Lo bueno es que debe haber mirado algunas cosas nuevas de mi habitación. Un Kindle, un libro de física cuántica, otro ventilador, porque justamente este año tuve que cambiar el que él me había regalado hace 19 años atrás. También un repelente ecológico para mosquitos y dos perros durmiendo, uno a cada lado de la cama. Y a Fernando, porque cuando él se fue a la Otra Vida Fernando no había entrado a la mía como pareja, así que puede que, de todas las novedades, esa sea la más impactante. Aunque convengamos que los que se van no se van en realidad; quiere decir que él se ha enterado de todo en su momento, cada vez que ha tenido tiempo disponible para seguir en contacto con la familia de carne y hueso. Lo cierto es que lo vi por un instante. Uno solo, suficiente para sentir absolutamente todo lo que siempre sentí por él como padre: Amor.

Abriendo el libro de física cuántica de nuevo, busco y rebusco la explicación: ¿Cómo se puede sentir en un instante lo mismo que se ha sentido durante 35 años? ¿No dicen por ahí que el amor se acumula y se acrecienta a lo largo de los años? ¿Entonces el Amor es una fuerza que no necesita de la línea de tiempo para existir? Cierro el libro, escribo esto y dedico unos besos aéreos a mi diminuto, gelatinoso y glucosa dependiente cerebro que no, no me va a dar la respuesta, ni por todo el amor del mundo.


© Lucía Borsani
© Imagen: Tan Danh en pexels

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