No sabía hacerse ni un huevo frito

Las mellizas habían hecho un pacto de igualdad que abarcaba casi todos los rubros de la vida. Pero llegada la edad madura, las diferencias de personalidad eran notorias, por más genética que hubiera. La vida en común, en la misma casa, ponía en evidencia las virtudes y defectos, asunto que a ellas les generaba bastante complicación, pero que, a nosotros, sus sobrinos, nos divertía muchísimo.

Una de las principales diferencias era la relación con la comida: a la tía Beba no le quedaba más remedio que cocinar, en cambio a la tía Chiquita no le quedaba otra que comer y comer y comer.

La cocina y el trabajo afuera de la casa eran asunto de Beba, mientras el resto de las tareas domésticas y la degustación de lo que la hermana preparaba era asunto de Chiquita.

Hasta ahí las cosas parecían sencillas, pero no lo eran. Porque en el apuro de Beba por entrar a trabajar, cocinaba para el almuerzo y también para la cena —que guardaba en el refrigerador—ante la atenta mirada de Chiquita que esperaba algunas horas de soledad para probar lo que no debía. Riquísimo todo, pero de corta duración, porque a la noche a veces no quedaba casi nada.

Los problemas eran cotidianos, como el pan y el vino. Tema a tratar con el cura en confesión, que ya estaba harto del asunto porque atendía a las dos por separado, las dos campanas como quien dice.  Lo del pecado de la gula no le hacía ni mella a Chiquita. La crítica de su hermana “qué gorda estás”, alargando la “ese” final, era como oír llover.

Entonces a alguien, no sabemos a quién, se le ocurrió una genialidad: una llave para el refrigerador. Beba cocinaba, guardaba y se iba con la llave colgada del pecho, entre el crucifijo y un par de medallas de la Virgen, que tintineaban como orgullosas del botín que compartían.

Por un tiempo se la vio a la tía Chiquita desnortada, casi vencida. Pero los tiempos duros fortalecen la inventiva, la casa era muy grande y la cocina en la otra punta daba privacidad para cualquier acto delictivo. Durante la siesta obligada de Beba, en el cuarto de arriba, salían un par de huevos fritos deliciosos. Ni los huevos, ni el aceite, ni la sal, ni la pimienta negra se guardan en refrigerador, ni la tía Chiquita era tan inútil en la cocina… que no supiera hacerse un huevo frito. ¡Válgame Dios!


© Lucía Borsani
© Imagen: pexels

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