No tengo miedo a la muerte

Oh, sí, claro que lo tengo, por supuesto. Solamente quería enhebrar este artículo con un título imponente. Recientemente visualicé con sumo gusto una serie de ciencia-ficción en uno de los gigantes de streaming en el que se planteaba la cuestión de la inmortalidad perpetua, valga la redundancia. Los seres humanos de la historia encontraban el modo de imprimir la consciencia completa de un individuo, (recuerdos, personalidad, carácter…), en un pequeño artefacto que se instalaba en la base de la nuca. El honorable y afortunado ciudadano sometido a este proceso, era capaz de conservar todos sus recuerdos hasta el mismo momento de la muerte, en el que su esencia era trasvasada a un nuevo clon y así el ciclo comenzaba de nuevo con este siniestro desvarío y desafío a la propia creación. Huelga decir que dicha inmortalidad imperecedera estaría sujeta a la cantidad de clones que uno tenga de sí mismo, por lo que irremediablemente regresamos a la misma cuestión que nos asedia desde tiempos inmemorables: solamente alguien excesivamente acaudalado sería capaz de disfrutar plenamente de esta nueva forma de tecnología sempiterna.

Las cuestiones que plantea esta forma de inmortalidad, por lo menos a quien se la pueda verdaderamente permitir, son muchas, amplias y suculentas. Y de entre todo el difuso y enmarañado debate existencialista, una premisa destaca ante las demás: si el conocimiento de nuestra irremediable muerte es uno de los grandes detalles que conforma nuestra naturaleza y nuestro carácter, ¿qué ocurre con nuestra identidad humana cuando ya no debemos temer a la gélida parca del ciclo de la eternidad? Y por supuesto esto no solo se traslada a nuestra propia muerte, si no a la de nuestros seres queridos. Y créanme cuando les digo que hace 12 años hubiera mandado a tomar viento muy fresco todas estas cuestiones morales con el fin de no entrar a formar parte del funesto club de la orfandad. Nos guste o no, la muerte es necesaria, e incluso bella, a su manera, aunque en multitud de ocasiones nos asole el pesado vacío de la pérdida que ni la ciencia ni la fe son capaces de llenar.

Hace unos días mi pareja rescató una paloma que todavía no había aprendido a volar y sufría de una severa infección ocular. La cuidamos, la llevamos al veterinario y la alimentamos con paciencia y cariño. El ave remontó de manera espectacular, e incluso uno de sus ojitos se curó por completo. Pero de repente, una mañana, súbitamente y por alguna probable patología desconocida, птичка (ptichka, pajarito en ruso), falleció en mis manos tras varios jadeos e intentos fútiles por aferrarse a la vida. Fue triste… y aterrador.

¿Temo a la muerte? Oh sí, claro que la temo, mucho, realmente tengo un irracional pavor a la no-consciencia. Todos tememos (o respetamos) a la muerte, y el que diga que no, es un bellaco traicionero. Aunque ahora que me doy cuenta, realmente no temo a la muerte en sí misma, es ilógico. Lo que me asusta sobremanera es el terror que me provoca convivir con ella en vida.

Todos tememos la muerte, en mayor o menor medida, es necesario, y el que no lo hace es porque ya está muerto.

© Daniel Borge