Nostalgia

No me puedo contener y hablaré con nostalgia de tiempos pasados, creo que hoy se nos han ido de la mano algunas cosas de la vida cotidiana.

Voy a hablar de la leche.

En primer lugar, en mi casa íbamos a la lechería, estaba a pie de nuestro portal o a la vaquería que se situaba dos calles más abajo, llevaba una lechera de aluminio, que según me dirigía allí, la balanceaba al son de la canción que cantase. Pero ojo a la vuelta, que no se derramase una sola gota.

Al llegar a casa era imprescindible, poner esa leche a hervir, siempre vigilando que no se saliera del recipiente; una vez que daba el primer hervor, se apartaba del fuego, cuando bajaba, se volvía a poner y así por tres veces por lo menos. Se tenían que eliminar esas bacterias.

Quizás fuese menos sano, no lo voy a discutir, pero la leche sabía a eso, a leche. La nata una vez reposada, se apartaba poniéndose en otro recipiente, siempre había utilidad para ella. A mi concretamente, me gustaba echar por encima azúcar y comérmela a cucharadas.

Pasó el tiempo, me casé y cuando marchábamos de vacaciones al pueblo de mis suegros, era otra cosa más equilibrada con la naturaleza.

La vaquera, amiga de mis suegros, todas las noches, una vez que había ordeñado a sus queridas vacas, dejaba en la puerta de la vivienda la lechera a rebosar, de esa recién y calentita leche.

En ese momento no se debía beber, por lo menos eso nos decían, se tenía que cocer una y otra vez hasta que se purificase de bacterias.

A mí esa leche me gustaba mucho más que la de Madrid. La nata allí sí que era suntuosa y rica, también me la comía a cucharadas. A nadie de la familia le gustaba, así que yo entre las comidas de la abuela y la nata, siempre regresaba a casa con unos cuantos kilos de más.

Otro provecho que sacaba la abuela de esa nata, eran las rosquillas. Nunca he sabido como las hacía, no tenía ni tengo afición a la repostería, pero sí que las comía.  Un verdadero placer.

Pocos años después por decreto sanitario, prohibieron el suministro de la leche recién sacada de las ubres de la vaca. Entonces pasaron a que la recogía un gran camión cisterna que circulaba por todas las explotaciones ganaderas llevándose la leche producida.

En definitiva, hoy la leche no sabe a leche. Empezamos con que hay que tomarla. Desnatada, semidesnatada, sin lactosa, de soja, de almendra…, un largo etc., que cuando vas al supermercado a comprar tienes una selección para todas las condiciones.

Sé que hablar de esto a las nuevas generaciones es tanto como que, nuestro vocabulario fuese chino, igual.

Si me gustaría, que quienes lean este relato, dejen su opinión al respecto.

Gracias a todos los lectores.


© Texto e imagen:  Maruchi Marcos Pinto

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