Otro día de trabajo

Caracas, ciudad emblemática de reconocida cultura histórica, cuna de grandes personajes que han destacado a lo largo del tiempo en diferentes ramas de la sociedad cultural, artistas, músicos, actores, políticos, militares, héroes, entre otros tantos que han dado al mundo una muestra de conocimiento e inteligencia. En ella, nació uno de los personajes más icónicos de la historia moderna colonial de América Latina, Simón Bolívar, prócer de la independencia latinoamericana que, de dificultad en dificultad, logró liberar y emancipar cinco naciones del continente.

En esta ciudad marcada por el paso del tiempo y la modernización, se encuentran también lugares que conservan el aire de lo que otrora sería una ciudad colonial, llenos de mucha historia y cultura, entre ellos tenemos la Casa Natal de Simón Bolívar, sitio en el cual el mítico personaje pasaría parte de su infancia y que con el tiempo, fue habitado por varias familias y se ha conservado hasta el punto ser decretado un patrimonio del país sudamericano y un museo en el cual los citadinos pueden pasar a conocer un poco sobre la vida social de la alta aristocracia en tiempos de la colonia.

En este museo tan representativo e históricamente importante, trabaja un joven estudiante universitario de historia, como guía de sala para costearse sus estudios y aprender un poco más. Manuel iba todos los días, contaba con el beneficio de ir a trabajar en los turnos que tuviera disponibles los días semana que no interfiriera con su horario de estudio, disfrutaba mucho de este trabajo por todo lo que podía aprender y el ambiente le sentaba bastante agradable.

Un día sábado como cualquier otro fin de semana, Manuel se preparaba para entregar su guardia como guía de sala e ir almorzar, era la 1 de la tarde y se dispuso a ir al comedor, luego de comer, decide ir a la parte trasera de la Casa Natal, en donde están ubicadas las caballerizas, un espacio tranquilo y al aire libre, para terminar de pasar su hora descanso y en vista de que no habían visitantes en ese momento, se dispone a tomar una pequeña siesta.

Cuando se despierta, nota con asombro que ya ha oscurecido, a pesar de sentir que durmió muy poco. Exaltado, toma sus cosas y se levanta rápidamente, se apresura en dirigirse a la puerta principal del museo, atravesando los diferentes pasillos y salas de la casa con la esperanza de conseguir a alguno de los guardias de seguridad nocturnos, pero contrariamente a ello no logra dar con ninguno y se da cuenta de algo más, lleva rato dando vueltas en círculos.

Esta situación le desconcierta, pero piensa que tal vez por la angustia de haberse quedado encerrado en la casa, estuvo dando vueltas sin enforcarse en el camino correcto a la salida, así que regresa a las caballerizas. El silencio en la casa es casi sepulcral, intenta encender las luces de las salas que atraviesa, pero es inútil, solo la luz tenue de la luna ilumina levemente su camino, intenta utilizar su celular para alumbrar, pero convenientemente éste estaba descargado y tiene la extraña sensación de que las pinturas ubicadas a los laterales de los interminables pasillos le observan.

Cuando llega a las caballerizas, su visión mejora, puesto que allí se refleja con mayor intensidad la luz de la luna, se siente un poco más aliviado, aunque comenzaba a aterrarse por las sensaciones que tuvo en el trayecto. Se toma un momento para pensar y analizar el camino que le llevara a la salida, logra ubicarse en lo que cree es la dirección correcta para disponerse a avanzar.

Su corta travesía le conduce nuevamente a los mismos pasillos que otrora unos minutos atrás ya había recorrido, Manuel se desespera y comienza a transpirar a pesar del frío que había en el lugar, da unos gritos de auxilio sin obtener respuesta alguna, sin embargo, sigue avanzando y finalmente logra calmarse al ver que había llegado a la Sala Menor, una de las que está ubicada cerca de la puerta principal, pero dicha tranquilidad sería efímera, puesto que al pasar la salida de la sala llega nuevamente a las caballerizas.

Manuel no sabe que hacer, todo aquello era por demás muy extraño y la desesperación en él había alcanzado ya el punto máximo. Allí mismo en las caballerizas se encuentra un enorme e imponente árbol de cedro muy antiguo, sentía que lo observaban de allí y en efecto era cierto, la desesperación se transformó en miedo y provocó que su cuerpo paralizara por completo.

-¿Podemos jugar un juego?

-¿Quién habla? — contesta Manuel con voz titubeante.

-No tengas miedo — responde la voz, seguidamente de una escalofriante voz juguetona e infantil.

-No creo que sea momento de jugar, niña ¿sabes cómo salir de aquí? ¿están tus padres en alguna parte de la casa?

-Vamos a jugar, si no lo haces me sentiré muy triste.

-En serio niña, sal de ahí y busquemos la manera de salir de aquí.

– ¿Realmente quieres que salga? Que bueno, si quieres jugar.

Las respuestas de lo que aparentemente resultaba ser aquella niña, se tornaron un tanto irritantes para Manuel, puesto que no le daba ninguna respuesta directa a lo que le estaba diciendo, lo ignoraba por completo, solo se reía infantilmente cada vez más e insistía en querer jugar.

-Muy bien ¿a qué quieres jugar?

-¡Ah! Así que ya decidiste a jugar conmigo ¿ves que no era tan difícil de entender?

-La verdad es que no le veo sentido, pero está bien, jugaré contigo si nos ayudas a salir de aquí, no quiero tampoco dejarte sola.

-Que bueno eres, muy bien vamos a jugar mi juego, te va a gustar muchísimo lo juro, está para morirse…

-¿Y de qué se trata?

Aquel incógnito personaje se dispone a mostrarse ante Manuel, saliendo detrás del árbol de cedro, lo que se manifiesta ante sus ojos es algo nunca antes visto por él, era en efecto una niña, pero su aspecto era totalmente diabólico y fuera de toda realidad. Su piel estaba pálida, las cuencas de sus ojos estaban totalmente vacías, una parte de su cabeza no tenía cabello y en ese mismo lugar podía notar una extensa cicatriz.

-No sé a donde se fueron mis padres, un día mi papá me perseguía por toda la casa y yo corría muy feliz jugando a que no me atrapara, lo último que recuerdo es que algo me golpeó en la cabeza, cuando me desperté, seguía sola aquí, detrás del árbol. Ahora quiero jugar el mismo juego contigo.

Manuel aterrorizado se apresura en salir corriendo de las caballerizas, gritando desesperadamente, los personajes de las pinturas de las diferentes salas parecían haber cobrado vida, unos reían y otros lloraban incesantemente dando gritos de dolor. Se encuentra en un interminable laberinto sin salida, solo da vueltas sin encontrar salida alguna, la niña le persigue sin tregua y no para de reír, como si se tratase de algún juego inocente.

Ya cansado y casi dándose por vencido, llega a la capilla interna de la casa, intenta buscar refugio debajo del altar que está al fondo de la misma, solo escucha los pasos y risas de la niña que por alguna razón no se atreve a acercarse al lugar en el que estaba Manuel.

-Niña sal de ahí, no es divertido si te escondes.

-No sé que fue lo que te hizo tu papá, pero yo no tengo nada que ver.

-¿Estás diciendo que mi papá me hizo esto? ¡Eres un mentiroso! — responde la niña con un grito aturdidor y estalla en llanto.

-Dios míos, ayúdame a salir de aquí, te lo suplico.

-¡Eres un mentiroso! Eres malo y ya no quiero jugar contigo.

Conmovido por el llanto, Manuel piensa en salir de su escondite, su altruismo le lleva a pensar que tal vez pueda hallar una manera de hacer que el espíritu descanse tranquilamente, así que se dispone a enfrentar la situación y sale lentamente de la capilla. Al asomarse al pasillo, ve a la niña, pero se asombra al ver que no está llorando, por el contrario, lleva dibujada en sus labios una macabra sonrisa, seguida de una carcajada estridente y su voz había cambiado por una totalmente grave y diabólica.

-Eres un niño malo y estúpido, debiste quedarte ahí.

-No me hagas daño, tampoco quiero hacértelo yo a ti, solo quiero ayudarte a no sufrir más, a que descanses en paz.

-¡Imbécil! Yo no necesito, ni quiero tu asquerosa piedad, basura. No eres más que un pedazo de mierda, un objeto de mi diversión.

Las cuencas vacías de su rostro comenzaron a derramar chorros de sangre que caían al piso y se iban marcando de sus huellas a medida que avanzaba hacia Manuel, su risa era cada vez más intensa y expedía un olor pútrido, tal fetidez inundaba la atmósfera de la casa, era realmente insoportable. Manuel a pesar de tener mucho miedo se queda frente al espectro, sosteniendo en sus manos una cruz que había tomado de la capilla, intenta defenderse golpeado a la niña con el objeto y clavándolo en su pecho, pero solo consigue detenerla un poco, el tiempo suficiente para correr.

Llega a otra de las salas en la cual se encontraba un espejo inmenso y muy antiguo, detrás de él ve el reflejo de la niña que se acerca con la cruz clavada en su cuerpo.

-Sí lo que quieres es matarme o tomar posesión de mí, hazlo, ya no tengo nada que hacer en tu contra, es inútil.

-No eres más que una insignificante porquería cobarde, pero mejor para mí — responde la niña con tono burlón y ríe macabramente.

El ser decide lanzarse sobre Manuel quien estaba de espalda mirando al espejo, éste se agacha provocando que la niña chocara contra el espejo, rompiéndolo en el acto, cuando se levanta para huir rápidamente del sitio, una luz incandescente lo ciega de momento.

Cuando logra reaccionar, abre los ojos y se encontraba acostado a los pies del árbol de cedro en las caballerizas, uno de los vigilantes que se encontraba haciendo ronda por el lugar se le acerca.

-Epa Manuel, te quedaste dormido, párate que por ahí está el supervisor, lo bueno es que ya estamos por cerrar.

-¿Me quedé dormido? — le pregunta bastante desorientado.

-Sí, claro ¿estás bien? Tú como que estás borracho — le dice el vigilante de manera jocosa.

-No ¿cómo crees? Claro que no. Solo es otro día de trabajo.

Se levanta y se dirige a buscar sus pertenencias para irse acompañado del vigilante, a quien le cuenta la extraña experiencia que aparentemente resultó ser solo una pesadilla. Pasando por la sala en donde se encuentra el espejo, termina de convencerse de que solo se trató de un mal sueño al verlo intacto, sin embargo, el vigilante se queda viendo algo en el piso y decide acercase.

-¿Quién dejaría esta cruz aquí? ¡Mira! Tiene sangre pegajosa en un lado.

Manuel no volvió a trabajar en el museo.

© Oskar Quevedo