Pablo Jiménez, cantero de líricas intuiciones

En el marco de la presentación por la vía recitativa de la reedición de su poemario Ars moriendi (Erato, 2024), tuve ocasión de disfrutar de los versos de un poeta veterano de sustancial interés: Pablo Jiménez, quien, flanqueado por su prologuista (Javier Magano) y su editor (Rafael Castillo), fue desgranando el antedicho volumen declamando con honda pericia muchas de las piezas líricas que lo engrosan para deleite del público asistente que quedó atrapado en la atmósfera generada por un universo poético felizmente trasladado.

Pablo Jiménez

El también poeta José Antonio García Palazón llegó a apuntar lo siguiente: “Pablo es uno de mis clásicos y el hecho de que no cabalgue junto a Garcilaso no es más que un mágico anacronismo en las auténticas redes del tiempo”. Es, ciertamente, un poeta Pablo Jiménez adscrito al clasicismo por la vía garcilasiana, no en vano es un petrarquista tan berroqueño como sutil, siendo dicha sutileza la que lo resarce de cualquier atisbo de aspereza.

Pablo Jiménez

Usa el vate los versos para desarrollar intrincadas conjeturas a las que amabiliza y lustra haciéndolas transcurrir por la vía tropológica ensamblando suavemente las arquitecturas métricas que son manejadas en pos de suscitar harta musicalidad brotada de un ritmo que (presumimos) ha sido concebido con canteril dolobre. Es un cantero Jiménez que esculpe la primera intuición en bruto dotándola de sugeridora impronta con apoyo en los moldes tradicionales, a los que sabe ahormar su personalísima impronta, y ahí estaría la maestría de este poeta: en la armonización de sus urgencias interiores con unas hormas inductoras de musicalidad si se las sabe domar como las doma Pablo Jiménez. Fondo y forma transitan por el compendio versal que aquí nos ocupa.

Pablo Jiménez

Hay una artesanal maestría en este versificador que acaba deviniendo en llana sublimidad. Divulga Pablo Jiménez las urgencias del alma erigiéndolas en una poesía atrayente por su poder sugeridor incluso cuando se ocupa de luctuosas evidencias.

Un soneto como “Duermevela” (de su poemario La voz de la ceniza. 1973-2004, Beturia, 2004) condensa muchos de los apuntes aquí esgrimidos acerca de la obra de Jiménez:

Pablo Jiménez

Duermevela

Noche: qué sucesión de oscuridades,
qué minutero de un reloj oscuro,
qué superposición de alambre y muro
en la pradera de las claridades.

Un toro puntiagudo de ansiedades,
trepa a la frente el corazón impuro
y apuro el miedo y la lascivia apuro.
Noche: qué desazón de eternidades.

El alba llegará —¿quién no lo sabe? —
con su ramo de nieve que se ofrece,
su carne de maná, su brisa de ave.

El alba llegará, pero anochece.
El alba llegará cuando yo acabe.
Yo no amaneceré, pero amanece.

Un suave y plácido desasosiego atenúa la tensión dialéctica que recorre este orbe poético dotando la desazón trasladada con el embriago de la reconfortante caricia de una lucidez trasladada con denodada eufonía.


© Texto e imágenes: Diego Vadillo López

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