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Palabras de amor sobre la tela

  Coser es un acto de amor. En el dobladillo de mi vestido caben al menos dos vidas: la de una muchacha rubia de enormes ojos verdes, casi una réplica de Ingrid Bergman  – mi madre –, y mi vida.

Esa muchacha rubia que se casó con mi padre, y se hizo cortar antes de la boda la larguísima trenza que la adornaba, empezó un día a tejer jerseys y a bordar sábanas pequeñas con muñecos infantiles para la primera cuna: la mía; a coser vestidos, faldas, abrigos, pantalones y camisas para toda la familia.

   Aún recuerdo los “figurines”, como entonces se llamaban a las revistas donde venían dibujadas prendas de ropa de niños o de adultos, de mi madre. Yo los hojeaba incansablemente para hacerme una idea de qué era lo que ella quería coser. Pero como en un juego de magia solía mezclar unos con otros e inventar modelos nuevos que, por supuesto, siempre eran mucho más bonitos que el original.

   Mi madre bordaba flores en las sábanas inmaculadas de su cama. Flores azules, blancas, rosas o amarillas, con la cabeza inclinada sobre el bastidor. Sus cervicales acusarían años más tarde tantas horas de bordado o de costura. Pero ella era feliz convirtiendo una tela cualquiera en una modesta obra de arte que solía mirar con delectación una vez planchada y dispuesta para el estreno.

   Para que no los perdiéramos, mi madre bordaba mi nombre y el de mi hermano en nuestros pañuelos escolares. Y era como llevar una carantoña suya en cada letra, caricias que nos acompañaban hasta volver a casa. La vida de mi madre estuvo siempre unida a la costura y a la lana. Sus palabras de ternura eran puntadas.

   Ahora que ya no está, la recuerdo cuando arreglo el bajo de un pantalón o coso los botones de un abrigo para alguien que amo, porque yo también coso palabras de ternura en cada puntada que doy.   Escribo con hilo caricias hilvanadas, sueños de esperanza, besos de mar y espuma… en la negrura de la tela. Alguien las leerá cuando no esté yo aquí para decirlas.

© Blanca Langa