”Palín”, el juego ancestral del pueblo mapuche

Los mapuches, pueblo originario del sur de Chile, siempre han demostrado su valentía y coraje, tanto luchando por preservar su identidad cultural como defendiendo sus territorios, primero frente a la colonización española y posteriormente ante la represión del gobierno chileno.

La transmisión oral de la sabiduría ancestral, de generación en generación, ha asegurado la continuidad de su rica herencia cultural: lengua mapudungun, rituales sagrados, cosmovisión, arte y deporte autóctonos, entre otros.

El deporte mapuche es el Palín, o juego de la chueca como lo llamaron los conquistadores españoles. Declarado deporte nacional desde el año 2004 les ha permitido realizar campeonatos periódicos entre diciembre y marzo. Lo practican niños, niñas, hombres y mujeres con diferentes objetivos: como preparación física y espiritual de los jóvenes, para fortalecer la amistad entre dos comunidades, como actividad previa de consejos políticos, culturales o asambleas generales del pueblo mapuche o para resolver conflictos entre comunidades cuando no hay acuerdo de las partes a través del diálogo, en este caso, se busca una alternativa de solución jugando un partido y la comunidad ganadora toma la decisión.

Todas sus reglas fueron elaboradas con un determinado significado: la orientación de la cancha, de Este a Oeste, siguiendo el ciclo solar; la obligación de jugar descalzo para estar en contacto con la tierra; jugar a cuatro “rayas” un número siempre importante para su cultura ya que simboliza los pueblos del Norte, Sur, Este y Oeste, las cuatro estaciones, entre otros.

Se juega en una cancha de 100 metros de largo por 10 metros de ancho (paliwe) demarcada por rayas en el suelo y con un hoyo central (sungul) donde se ubica el pali o pelota. Los jugadores de cada equipo, mínimo cinco y máximo 15, se ubican a lo largo de la cancha frente a frente, empuñando un huiño o palo de madera de 1.20 m curvado en su extremo inferior. El desafío del palin es lograr que la pelota cruce la raya contraria usando sólo el huiño. Cuando esto sucede es una raya o punto. Después de una raya, la pelota se vuelve a poner al centro y empieza de nuevo el juego. Gana el equipo que logra 4 rayas seguidas.

En uno de mis viajes a la Araucanía tuve la oportunidad de presenciar un partido de Palín Me impresionó conocer sus reglas y que, a pesar de ser una competencia tiene el acento puesto en el encuentro y la celebración, donde se evita provocar daño físico en los contrincantes y es acompañado por ceremonias religiosas previas y música mapuche constante.

Ese día todo era nuevo para mí.  Previo al partido presencié la ceremonia religiosa dirigida por una machi, guía espiritual con poderes de sanación, quien de frente al rewe o tótemsagrado tronco tallado con escalonesy cabeza humana- invocó a los antepasados para solicitar fuerza para los jugadores.

Mis sentidos eran estimulados por ese paisaje privilegiado, donde las araucarias se alzaban como guardianas centenarias, los canelos (árbol sagrado de los mapuches) desplegaban sus ramas en danzas silenciosas y las enredaderas lucían orgullosas sus maravillosos copihues rojos, nuestra flor nacional.  El aire impregnado con esos aromas me daba una sensación de paz y conexión con la tierra nunca antes experimentada. Bandadas de bandurrias surcaban el cielo azul al compás de la música mapuche que me envolvía.

Plasmé mi vivencia de ese evento deportivo en la siguiente obra que titulé Encuentro con algunas tradiciones mapuches ancestrales.

Cecilia Byrne, Encuentro con algunas tradiciones mapuches ancestrales, óleo sobre tela, 50 x 60 (2023)
Cecilia Byrne, Encuentro con algunas tradiciones mapuches ancestrales, óleo sobre tela, 50 x 60 (2023)

En mi obra se muestra ese partido de Palín con cinco jugadores por equipo, el entorno  y los espectadores, mapuches y chilenos. Además, quise destacar el arte mapuche que afloraba por doquier: su orfebrería en plata, su textilería y su producción artesanal de instrumentos musicales propios.

El sencillo vestuario de las mujeres mapuche -vestido negro con faja en la cintura, delantal y blusa-incorporaba joyas de plata que resplandecían alrededor de su cabeza con un cintillo de monedas de plata (trarilonko) y en el pecho un pectoral (trapelacucha) que representan la conexión del mundo celestial y terrenal del hombre.

Mi marido siempre admiró la belleza de las joyas mapuches. El primer regalo que recibí fue un prendedor de plata mapuche que aún conservo. Después de nuestro matrimonio, en cada viaje al sur del país, comenzó a adquirir diferentes piezas de platería: cintillos, pectorales, alfileres, que lucía orgulloso como adorno sobre una mesa de centro en el living. Con los años fue creciendo la colección, al punto que tuvo que comprar una vitrina especial para presentarlas de una forma atractiva, preservarlas del polvo y alejarlas del alcance de los niños o de la tentación de personas amantes de lo ajeno.

El arte de la textilería mapuche se ha transmitido de madre a hija desde tiempos ancestrales. Los colores utilizados son el blanco, negro, marrón y rojo, que se combinan según el significado del diseño. Las mantas y alfombras que confeccionan son muy apreciadas por su belleza, calidad y durabilidad.   En mi obra se pueden apreciar las fajas tejidas que utilizaban las mujeres en la cintura (Traruwe) y los hombres alrededor de la cabeza (trarilonco).

De la producción artesanal de instrumentos musicales plasmé el tambor ceremonial (kultrún) y las sonajas de cascabeles (cascahuilla), que tocaban las mujeres, trompetas largas de caña ahuecada con un cuerno de vacuno en su extremo inferior (trutrucas) y una trompeta curva (ñonkil) que tocaban los hombres.

Compré un Kultrún para mi nieto Lucas, quién destruía todas las baterías que le regaba por su efusividad para tocar, así dispondría de un instrumento de percusión duradero y resistente a sus “manitos de hacha”.

Mientras escribía este relato y plasmaba esa linda experiencia en mi obra pictórica pensaba en los pocos chilenos que estábamos en el evento. Nuestros vestuarios eran muy diversos, una señora con vestimenta playera, una joven con ropa norteamericana, un hombre con guayabera blanca. Algunos estaban más preocupados por tomar fotos que por sumergirse en ese ambiente mágico que se nos estaba ofreciendo y que hoy quise rescatar para compartir.


© Texto e imagen: Cecilia Byrne  

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