Qué lo tarot

— Amiga ¿Me acompañás a un lugar? Voy a tirarme las cartas. Un tipo que le tiró una vez a mi ex.

Con Susana siempre habíamos sido amigas, en las buenas y en las malas, pero últimamente yo me había convertido en un amuleto de la suerte para acompañar y apoyar en todas las cuestiones del desamor.

Llegamos después de perdernos por unas callejuelas de Montevideo de los 90, la ciudad que nos ofrecía estudios universitarios, con poca plata para gastar en cosas superfluas. Igualmente, mi amiga había reunido lo suficiente para una sesión esclarecedora de su futuro.

— Una inversión—aclaró ante mi cuestionamiento por el gasto.

Encontramos la casa. El hombre salió a abrir el portón con la apariencia de una persona común a la que se le había posado un pájaro en la cabeza, un pañuelo amarillo con brillo hindú  que nos absorbió la mirada. Quiso abrazarnos, no sé si por marketing o por vibración, pero eludimos el bulto.

Susana entró con cierto temor a lo que él podía decirle. Yo, sentada en una butaca de la sala de espera, tenía otro tipo de temores. Y otras sensaciones no muy agradables; el lugar parecía un puzle mal armado. Pocos recuerdos tengo del mobiliario pero sí retengo los sensitivos. El silencio ayudaba a escuchar todo —y más— de la consulta: las preguntas de Susana, las respuestas del hombre, hasta el barajar de las cartas. Me sentía una testigo de cargo. Sin culpas, porque si me habían llevado, era por confianza total.

Aunque no era yo tan confiable: me había propuesto entrar, de una, si percibía algo raro. Susana era una mujer de veintipocos años muy atractiva, de buen físico y sonrisa hipnotizante. No cesaba de preguntar por su ex, como si fuera a estudiarle hasta la cadena de ADN. El tarotista, por su parte, tiraba palos. Puro palo, con tal de agudizarle la soltería. Que el ex novio era un celoso, ella ya lo sabía. Que no le gustaba trabajar, se notaba. Pero aquella historia de que una vez había llegado hasta ahí para una consulta y había terminado tirándole los galgos ¡a mí! —acentuaba el hombre—¡a mí que solo le estaba tirando las cartas! En eso… se le fue la mano. Porque Susana gritó como si estuviera presenciando el caso, tan convincente que era. Fue un grito salvaje que no daba información sobre el origen emocional ¿Dolor? ¿Alivio? ¿Rabia fermentada?  No daba pistas. Mucho menos, cuando del grito pasó a la carcajada y después al llanto en un perfecto degradé como del fortíssimo al pianíssimo con la maestría del concertista.

— Llorá, nena, que se te está limpiando el aura. ¡Llorá, más fuerte! —arreaba él.

Hasta que los congeló el silencio. Yo, que en un momento me había aferrado al picaporte, ya estaba de nuevo sentada con una estatuilla de San Jorge en la mano por si acaso. No por el santo, sino por la contundencia que me ofrecía en una probable defensa ajena. El silencio era total pero estridente de dudas.

Dibujo de San Jorge

En unos minutos interminables, la puerta se abrió y salieron. Ninguno me miró, él se acomodaba el pañuelo y ella hacía una pelota con todos los pañuelos descartables que había usado hasta tirarla en el medio de la sala. Me levanté para seguirlos y constatar que no le pasara nada a mi amiga, que realmente se había convertido en una ciruela desecada.

Nada conversó ella durante el trayecto que hicimos caminando hasta mi casa. Solo iba dibujando corazones por cuanta pared blanca encontrábamos con un lápiz imaginario, el tercer dedo de la mano.

— Cuando no me queden más ganas de dibujar te cuento—me gruñó.

Y yo ya había escuchado tanto, que no tuve apuro por oír el relato. El principal problema fue darme cuenta que me había traído conmigo la estatuilla de San Jorge y a lo lejos se divisaba el pañuelo amarillo del hombre haciendo señas. Y la conciencia, que para felicitar nunca aparece pero para sembrar dudas sí, que oscilaba entre seguir caminando o dar la vuelta para alcanzarle al tarotista nada más y nada menos que toda nuestra honestidad.

© Lucía Borsani