Reflejos en la distancia

O la condenación al no-entendimiento

Se acerca el final del año. Otro más. Otro periodo más de quimeras sociales y políticas que cada día nos sorprenden con un escenario nuevo. O quizá no sorprendan tanto. Como aquel Hari Seldon de la obra maestra de Asimov, Fundación, es posible predecir el futuro de la humanidad analizando los acontecimientos del pasado y del “presente”. Muchos promulgan que estos patrones son imposibles de analizar porque el comportamiento humano tiende a desarrollarse hacia los vértices de la impredecibilidad. Sin embargo, no hace falta recurrir a los grandes genios de la psicología para predecir hacia dónde se dirige una determinada situación si uno presta la suficiente atención y analiza los patrones de comportamiento colindantes.

Nos gusta diferenciarnos. Ser distintos, pero eh, noticias frescas y jugosas: la masa se mueve bajo una pauta determinada, y esta pauta es la que acaba afectando al grueso de la humanidad.

Son tiempos convulsos… pero eh, SIEMPRE son tiempos convulsos. El ser humano vive permanentemente en un sempiterno estado de convulsión cuyos orígenes y consecuencias son tan predecibles como estúpidos.

Por un lado, tenemos a nuestros gobernantes, elegidos (supuestamente) por nosotros mismos (en algunas naciones). Con nuestro voto pretendemos que sean, como mínimo, un tenue reflejo de nosotros mismos y nuestros pensamientos. Se espera que actúen acorde a como lo haría una “buena persona”. Pretendemos que nos salven de todos los males que acechan a la sociedad del siglo XXI y además nos permitimos el descabellado lujo de ordenarles que se entiendan entre ellos y no roben. Y al final del día acaban no entendiéndose entre ellos y robando. Y nos quejamos, y pataleamos, y chillamos desconsolados como aquel velocirraptor de Sol, en plena capital del “Reino”.

Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Qué es lo que sucede con nuestras relaciones humanas a “pequeña escala”? Nosotros discutimos acaloradamente a causa de la diferencia en nuestras tendencias políticas, a veces incluso llegamos a las manos. Nosotros nos embarcamos en litigios legales infinitos por un pedazo de terreno en el pueblo que no podría ni albergar un retrete al aire libre. Nosotros recurrimos a la violencia física y verbal con el vecino porque cuando baja la basura, su bolsa siempre se rompe y deja en el portal un suculento reguero de delicias olfativas bañadas en restos de colillas y otros menesteres ya usados y purulentos. Nosotros no somos capaces de perdonar a un amigo porque una vez, recurriendo al desliz humano anegado en alcohol, dijo algo malo de nosotros. Si nosotros no somos capaces de perdonar las rencillas del pasado en petit comité, ¿cómo pretenden ustedes que se entiendan los políticos? ¿Cómo pretenden ustedes que se entienda Rusia-Ucrania-EEUU? ¿Cómo se van a entender Israel-Palestina? ¿O cualquiera de los cientos de conflictos armados que pueblan el continente africano?

Familias que no se hablan, peleas entre hermanos, disputas entre amigos y vecinos… Nuestros gobernantes son un mero reflejo de nuestra propia incapacidad para resolver los problemas mundanos, solo que, en este caso, elevados a la máxima potencia.

Aún recuerdo aquel individuo que conocí hace años que, pancarta en mano, abogaba por la anarquía absoluta, la abstención al voto y el boicot a todos los partidos políticos. “¡Nos roban!”, decía. “¡Nos quitan el sustento! ¡Viven de lo que ganamos!”, pregonaba. Luego esta misma persona, con la que tuve el placer de coincidir en varias ocasiones, aprovechaba cualquier oportunidad para colarse en el metro, o evadir algún que otro impuesto. O viajar con su pareja a Alemania y no pagar un solo céntimo en el transporte subterráneo público. Allí no hay “tornos de esos, ¿qué más da?” Claro que sí, el transporte alemán que lo paguen los alemanes, no lo voy a sustentar yo. Y el español que lo paguen los alemanes también, por ejemplo.

El verdadero cambio empieza por uno mismo. Cuando se cambia a sí mismo, está cambiando el mundo.

No pretenda usted que los “de arriba” sean distintos a los “de abajo”, ¿qué le hace pensar de otra forma? Cada uno se aprovecha de lo que tiene a su alcance. El problema es la envergadura de lo que cada uno tiene a su alcance.

Tengan ustedes feliz entrada de año 2024… y por favor, abracen el cambio. Intenten siempre ser una mejor versión de sus padres y sus abuelos.


© Texto: Daniel Borge
© Imagen: Vera Arsic en Pexels

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