Reminiscencias de mi niñez

Cuando yo era una niña, existían una serie de “reparadores, componedores, restauradores, entre otros”, que cumplían una labor fundamental al arreglar los electrodomésticos u objetos defectuosos y de esta forma ayudaban mantener la economía familiar. Desgraciadamente  los hemos visto  desaparecer con los avances tecnológicos. A modo de ejemplo citaré algunos que tuvieron más relevancia en mi vida, como la zurcidora de medias, los zapateros que no solo remendaban los zapatos de la familia, sino que los confeccionaba.   Ambos oficios con el pasar el tiempo se han perdido con la modernidad.

En los años sesenta, yo acompañaba a mi mamá al pequeño  negocio donde se instalaba la zurcidora o reparadora de medias, de nylon o de seda, que la atendía a menudo. Trabajaban sentadas con la media muy cerca del rostro en un “banco bajo” para quedar a la altura correcta del huevo de zurcir. Eran muy organizadas con su trabajo, Tenían cestas para recibir y otra con las medias ya arregladas en sobres blancos con el nombre de su dueña. Mi mamá llevaba sus medias finas de nylon cuando “se le iba o corría” uno o más puntos. Deben haber sido muy caras las medias nuevas para ameritar ese gasto reparador Me encantaba verla trabajar con su fina aguja recogiendo el punto y haciéndolo avanzar de manera invisible. Eran unas verdaderas artistas del zurcido invisible.  Algo muy significativo era que existían medias con una raya negra para la parte trasera de la pierna que requería una técnica complicada para que quedaran derechas. Se fueron dejando de lado  cuando aparecieron las “pantys”, en los años sesenta que eran un complemento indispensable para lucir las mini faldas.

Cuando era adolescente tenía un novio que vivía lejos. Solo nos veíamos cuando él podía viajar a mi ciudad. Por esa razón para comunicarnos usábamos cartas o bien el telégrafo  con los telegramas  si era más urgente. Era tan emocionante ver al cartero cerca de mi casa que inspiraba una carrera para recoger la apreciada carta y muchas veces una desilusión al no encontrarla; otras veces era el cartero el que con un con movimiento de su mano me señalaba que tenía carta. El telégrafo era más austero, por el valor por palabra: “llego domingo”, “Feliz Cumpleaños” pero igualmente significativos.

        ¡Cómo olvidar ese maravilloso sonido de la campanita que tocaba el lechero que nos traía la leche temprano en la mañana!   Se me hacía agua la boca y la tomaba con la certeza que me daría mucha energía para comenzar mi día escolar.  Entregaban leche fresca en botellas de vidrio y retirando las botellas vacías, casa por casa. También la distribuían a través de los almacenes de barrio.

Otra novedad en mi época era el teléfono… solo los más adinerados contaban con uno , el resto tenía que utilizar, los teléfono públicos ubicados en las principales calles que se hacían funcionar con monedas de 100 pesos. También existían pequeñas centrales donde las personas podían realizar llamadas nacionales e internacionales dentro de una cabina, la operadora te avisaba cuando se había comunicado con mi destinatario y yo podía conversar, luego pagaba el servicio de acuerdo al tiempo utilizado.

Todavía no entiendo como hay personas que insisten que todo tiempo pasado fue mejor: al menos para mi los adelantos me han facilitado la vida, recordar esas largas sesiones utilizando la máquina de escribir, especialmente cuando uno se equivocaba al escribir o copiando las materias del cuaderno de mi compañera cuando uno faltaba a clases. Para las tareas del colegio y trabajos universitarios utilizábamos una máquina de escribir que contenía las letras del abecedario, números y simbología (.,: #, %,etc.). Además, debíamos utilizar papel de carbón  para obtener las copias solicitadas. El uso de esto era muy engorroso ya que muchas veces uno se equivocaba en una letra y debía usar un papelillo  que permitía borrar la letra, para hacer la letra correspondiente lamentablemente en este proceso íbamos embalados y nos dábamos cuenta que nos habíamos equivocado se nos corría la hoja. Pero no todo era fatal con el papel carbón ya que nos permitía calcar y fue como un antecesor de la fotocopiadora que nos permitió obtener las copias de imágenes tanto graficas como textos.

Hoy desechar y cambiar los objetos de uso cotidiano se ha transformado en un acto recursivo, principalmente, en esta últimas décadas. Por ejemplo, nos resulta fácil cambiar un teléfono móvil cuando este ya ha cumplido un breve ciclo de vida o se ha “Desactualizado” o renovar un par de zapatos cuando estos se adquieren un apariencia deteriorada.

 Por último, el zapatero, oficio que se transmitía de generación en generación, todo el proceso era artesanal, sin maquinas que aceleraran el trabajo solo manos, fuerza y experiencia, utilizando los instrumentos adecuados como hilo encerado, hormas de madera de distintos tamaños, punzones y gruesas agujas entre otras. Cuando un zapato se estropeaba no se Botaba este se llevaba al zapatero, este está presto para remendarlo ya sea con una costura, cambio de broches o toperoles algo muy populares en los escolares.

Cuando pequeña cantábamos la canción del zapaterito que aún recuerdo con nostalgia

¡El zapaterito clava, clava, clava, clava

clava en el tacón!

Y al  clavar contento daba, daba, daba, enterito el corazón

Al viejito Simón zapatero remendón le voy a contar lo que me pasó, martillando un tacón   y de tanto trabajar rendido quedo y se durmió.

¡El zapaterito clava, clava, clava, clava en el tacón!

Y al  clavar contento daba, daba, daba, enterito el corazón.

Y empezó a soñar feliz con una mujer bonita de verdad que le vino a decir si me arregla usted bien mi tacón le daré todo mi querer.

¡El zapaterito clava, clava, clava en el tacón!

Y  al  clavar contento daba, daba, daba, enterito el corazón.


© Texto: Cecilia Byrne
© Imagen: pexels