Residencia rosita

Déjame entrar en el laberinto de la ciudad, de la oscura y cochina ciudad”, siempre tan animado, me recuesto en el auto esperando alguna señal de la radio. Observo por unos minutos ambos sentidos de la calle, teñida completamente de negro, un negro que expele ciertamente incertidumbre y hasta, si me permiten, miedo. Dejo la torpeza de ostentar con el Lada, por supuesto que nada pasará porque no hay nadie que no conozca el auto del detective. Acaricio mi revólver con la mano derecha, mirando con desprecio y saña la soledad de la carretera. Me propongo entonces a dejar el auto estacionado ahí, tomo el radioteléfono y bajo todo su volumen, sin apagarlo. Lo lanzo al asiento del copiloto. Cualquier cosa me inventaré, digo. “En el negro azabache de tu blonda cabellera…” me pongo el sombrero que siempre llevo en el sillón de atrás; poca acción hay estos días para no hacerlo.  Sotelo y Buendía deben de estar viendo televisión en la estación, me voy para la quince.

Camino y camino, me entrego a la brisa, a la pertinencia del silencio y a la duda de la certeza imbricada en la ausencia de luz.  No les he contado de la botellita de ron que traigo en el saco. Por supuesto que es agua, le digo a los otros. Todo tan engañoso. ¿Qué hay de atractivo en estas casas tan ordinarias, sencillas, bien habidas y sin un bullicio inquietante? Reparo al horizonte adonde me he de asir, miro la Residencia de Rosa, agudizo mis oídos, algo debe de haber, algún botellazo, un grito, un llamado de auxilio. Me detengo, observo ambos sentidos, espero el pasar de una moto que va expulsando inmundicias por su exhosto, un ruido incontrolable, que vulnera el agradable silencio del pueblo, arbitrario. “En tu pelo tengo yo el cielo/ en tus brazos el calor del sol/” se pierde el remedo de moto, su luz roja insuficiente y su procaz expresión. El aviso Residencia de Rosa sobre una lata, doblada, oxidada en sus puntas y alumbrada de manera paupérrima por un reflector parpadeante oscila obstinadamente. Me detengo justo frente a la entrada. Un largo y estrecho corredor igualmente en penumbras se extiende sin fin hasta que la oscuridad torna todas las formas corpóreas en siluetas. Me llevo el cigarrillo a los labios y fuerzo su humo hacia adentro, dejando que entre sin obstrucciones ni impurezas. Veo los minúsculos restos de hoja seca arder al tiempo que mis pulmones succionan el humo, libre de filtro. Observo al hombrecillo en la puerta que fija en mí sus ojos sospechosamente. Retiro el Piel Roja de la boca y callo mis pensamientos para escuchar algún grito que emerge del corredor oscuro. Miro al hombrecillo y sin dudarlo emprendo mi carrera hacia adentro. Que me detenga me dice y saco el revólver de mi pretina, lo apunto con fiereza y muevo el gatillo hacia atrás. Sin lograr determinar para qué resbala su mano por el pequeño escritorio de madera disparo dos veces a sus pies y cae sobre sí mismo. Tropiezo con la reja de la entrada, abriéndola de una sola patada. Sin detenerme en las puertas que podrían abrirse con su enemigo adentro corro hasta el fondo del pasillo, la oscuridad abruma mis ojos. “Busco tu recuerdo dentro de mi pecho/de nuestro pasado que fue de alegría/pero solo llegan a mi pensamiento/grandes amarguras para el alma mía” un ensordecedor sonido de pólvora hace pedazos mis oídos, su eco se repite caprichosamente atrapado en el corredor. En medio del frenesí, disparo al garete dos, tres veces, hacia la puerta, inicio mi carrera hacia la densa oscuridad y trastabillo. Caigo de bruces a lo que parece ser un patio. Al caer, mis manos se llevan consigo un plástico, una cinta ¡la cinta!

Perdedor, giro sobre mi cuerpo, para apreciar el firmamento claro, estrellado; para sacar de mi saco la botellita de ron y beber un poco; para extraer alguna conclusión adicional, desde la escena del crimen.

© Cruz Medina
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