Rutina

Una lluvia silenciosa aviva las terracotas de los tejados. Las palomas -persistentes- evitan los árboles desnudos y van y vienen a los aleros, mientras el humo, que siempre aspira al cielo, evidencia un confort de vida en el interior de las casas. La calle, tranquila, acoge transeúntes solitarios, algunos con atuendo deportivo en dirección al parque, intuyo que dispuestos a cumplir con el calendario de beber kilómetros entre la naturaleza, hoy vestida de un gris de enero; al menos, los pensamientos de colores de la ventana simbolizan que al final del invierno habrá una primavera. El nuevo vecino sale de casa en dirección al metro, siguiendo su declaración de intenciones de no tener vehículo y utilizar el servicio público para desplazarse (supongo que esta rareza debe tener que ver con el hecho de ser “ruso” aunque a ojos ajenos pueda parecer “marciano”). Apenas se oye el pasar de coches, nada rompe el silencio invernal tras los cristales.

El año nuevo siempre lo lleno de buenos propósitos, se cumplan o no, pero eso es otra historia por contar. Tal vez, si los anotase en mi cuaderno recién estrenado al caer la última hoja del calendario podría someterme a balance, pero… Qué pereza. De momento me quedo en la contemplación de la calle, de las palomas, del ritual de los que avanzan en dirección al parque y de la lluvia suave que unifica cielo y asfalto. Todo me vale para demorar esa comunión de sentarme a escribir, hoy, sin sentido de culpa, aun así, ya llevo mucho rato ausente en la contemplación desde la ventana. Ya es hora de acudir al encuentro.

Al fin, me siento, llena de esos buenos propósitos, en mi “habitación propia” y arropada por la música (ahora Tchaikovsky en la lista de Spotify), mientras la hoja en blanco me desafía y…

Al fin, me evado de duelos y quebrantos, y de Gaza que tanto me inquieta y conmueve. En la simbiosis de la música y la hoja en blanco me escapo de todo cuanto me rodea, bendiciendo el milagro de ser capaz de huir de mí misma hilando palabras, como si el acto en sí fuera un flotador de supervivencia capaz de llevarme por los días de los meses venideros en otro año por vivir (antes de que esos días se consuman y caigan como hojas en el estanque del tiempo), y disfrutar del milagro sacramental de esta necesidad, de esta rutina.

FELIZ AÑO, y mis mejores deseos para todos los lectores de nuestra querida: ENCIMA DE LA NIEBLA.  


© Texto e imagen: María Cruz Vilar