Sábado

Abrió el WhatsApp. Ningún mensaje. Era extraño porque él solía ser madrugador. Miró su muro  de Facebook. Nada. La última conexión había sido once horas antes. Empezó a preguntarse si estaría bien. Tal vez le hubieran robado el teléfono móvil y no podrían comunicarse. No. Eso no era posible porque él siempre lo llevaba consigo. ¿Entonces? Habría enfermado repentinamente y ella tardaría en enterarse: nadie la iba a llamar en caso de urgencia.

Hacía unos días, le había insistido para que él renovase su pasaporte –a punto de caducar– y se inscribiese en la Embajada Española. Imaginó que, si algo le ocurría, la embajada se encargaría de hacer las gestiones necesarias para localizar a su familia, o para repatriarlo a España si fuese preciso.

El infierno se le antojó el reino del desconocimiento. Era el no saber qué estaba ocurriendo a unos tres mil kilómetros de distancia. En el reino vikingo: el fin del mundo. La falta de noticias la empezó a suplir con un negro castillo de suposiciones que iba agrandándose piedra a piedra, y que se derrumbaba de golpe sobre su cabeza, y lo aplastaba a él bajo su peso.

Decidió escribirle un mensaje. No le respondió. Dudó durante cinco minutos y al final, marcó su número. Escuchó la voz de él al otro lado. “¿Sí?”. Ella preguntó: “¿Estás bien?”. Intentó que su voz sonara firme y serena, sin asomo de miedo. “Sí” –respondió somnolienta la voz en el teléfono–. “Estoy durmiendo aún. Es que hoy es sábado”. Ella respiró fuerte y soltó de golpe todo el aire contenido antes de decir: “Nada, perdona, sigue durmiendo… Luego hablamos”.

Sábado. El día de descanso para él. Sin alarmas que sonasen, sin obligación de levantarse muy temprano. Sonrió. Nunca le pareció tan hermoso, tan limpio y tan lleno de luz un simple sábado.

© Blanca Langa
Imagen de Bastian Wiedenhaupt en Pixabay 

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