Sabia naturaleza: no todo se puede saber

Vivo con cuatro perros con diferentes apellidos, tengo dos estanques con peces sin nombre y conservo un respeto casi ancestral por las arañas que viven en los enchufes.

En mi consultorio de terapeuta floral, atiendo personas tan diferentes en sus objetivos que la diversidad me recuerda en todo momento la magnitud de la naturaleza misma. No hay dos personas iguales, no hay dos fórmulas florales iguales ni dos encuentros persona a persona que se puedan repetir tal cual.

Esta vez les voy a contar sobre Teresa, una mujer de mediana edad que llegó para tratarse sus miedos a través de estas esencias tan inocuas pero tan poderosas para facilitar los cambios de consciencia. A ella le preocupaban muchas cosas y entre ellas, su fobia a las arañas. Y para quien no lo tenga claro, está bueno decir que la fobia supera al miedo en su magnitud y manifestación, nos domina por unos segundos, nos hace poderosamente débiles.

Logramos terminar aquel primer encuentro o consulta, con una interesante fórmula floral y mi explicación de siempre: mira, te vas a dar cuenta de que las flores están actuando cuando te enfrentes a una situación y sientas que la estás manejando de forma diferente, quizá más equilibrada, o al menos no tan negativa como antes.

Teresa se fue y volvió puntualmente durante meses. Sus ojitos se volvían líquidos durante la conversación, iba mejorando. Se estaba dando cuenta de algunas emociones que antes parecían no influir en su vida. ¡Dedito para arriba con las esencias!

Un día le pregunté: ¿Y la fobia a las arañas, Teresa, ¿cómo va eso?

Mejorando, comenzó a decir ella, mientras a veinte centímetros de su mejilla, contra la pared, comenzaban a asomarse desde adentro del enchufe las patas de…Monona, la araña de mi consultorio.

Si de verdad la naturaleza es inteligente, en Monona es sabia. ¡Cómo supo de lo que hablábamos el animal! Pero el asunto es que no se sabía si salía o se quedaba y tampoco adónde apuntarían las pupilas de Teresa, que estaba emocionada con sus logros ignorando que podía corroborarlos en un santiamén, torciendo la vista.

Mis ojos también protagonizaban. Por un lado, miraba el enchufe para frenar la aparición y por el otro miraba a la mujer con la misma fuerza mental de un hipnotizador. Para que no deje de mirarme y explicarme lo bien que venía llevando la fobia.

La araña (en este punto me cuesta llamarla por su nombre) salió y caminó como si estuviera haciendo taichi. La voz de Teresa era el sonido de un tren cuando se viene acercando. Yo, rehén de una araña diminuta, presa del terror de que todo, absolutamente todo, se me fuera al carajo.

Cuando el enchufe quedó despejado, recién respiré. Habían pasado unos segundos de eternidad.

Teresa se levantó concluida la sesión, tomó el frasquito y se despidió con un beso hasta la próxima.

Y nos dejó con una incógnita que nunca más pudimos descifrar: antes de salir miró hacia el enchufe con una sonrisa poderosa.


©Texto:  Lucía Borsani
© Ilustración: Encima de la Niebla