Sancti Petri

En el sur hay un lugar mágico que durante parte de la historia fue el Fin del Mundo, es una pequeña isla donde se alzó el templo de Hércules, que entre otras reliquias guardaba sus propios restos, por algo había nacido en estos parajes. Su oráculo era el más famoso, el indiscutible, casi el único, trirremes y gaulos llegaban a sus costas buscando los arcanos más propicios, llegaban a la vez que descubrían mares azules y turquesas, tierras ya habitadas por atlantes.
De entre sus peregrinos Julio cesar llegó para decidir su futuro, cuentan que celoso del gran Alejandro, quizás también de Aníbal, quería encontrar su camino, tener una meta, oír el mensaje divino. Algunos dicen que lloró y meditó sentado en la orilla atlántica acariciando una pequeña piedra negra entre sus dedos, aparentemente distraído, sin prisas, absorto, oyendo solo el batir de las olas, mirando el infinito océano donde el sol se hundía y se hunde todas las tardes tiñendo de rojo y violeta el horizonte….cuando lo tuvo claro se levantó con fuerza y tiró la piedra al mar. Continuó su vida y casi conquistó el mundo conocido, ese fue su destino.

Pasaron los siglos y una hermosa mañana de verano con la marea baja llegamos al islote de Sancti Petri, de esos días que por poco se une con las arenas blancas de la Punta del Boquerón y casi se puede pasar andando, me paré, y de la orilla cogí una pequeña piedra, era la misma que fue testigo de la historia, un pequeño tesoro que guardo, ahora la tengo en mi mano izquierda mientras escribo estas líneas. Yo no la devolví al mar.
Texto e imágenes © Emilio Poussa