Se arma la marimorena

Hoy era treinta y uno de diciembre y como ya era tradición en la familia todos nos reuníamos en casa de mamá y papá, ellos se sentían orgullosos de poder contar por lo menos una vez al año con todos, porque la verdad que los cumpleaños ya no eran como antes, cuando todos éramos adolescentes Ahora Maruchi vivía a su bola con ese hijo que parecía africano, nunca supimos con quién lo había tenido, pero el niño vestía a lo tarzán y llevaba arguellas por todos los lados de su cuerpo, iba  completamente agujereado, aunque según mi hermana pequeña no era mal niño, siempre estaba colocado, pero ella era su madre y lo veía bien. Yo como siempre llegué tarde y con unas cuantas copitas de más, ya que había estado celebrando con los amigos, la verdad que sí tengo que hablar de mí, soy un viva la virgen, nunca mejor dicho un pica flor. Las mujeres me gustan mucho, pero con mis recién estrenados cuarenta años, todavía no me he decidido a vivir con nadie. Entre  nosotros, soy gay, pero cualquiera se lo dice a esta familia. Nada más abrirme la puerta mamá me dio un beso diciéndome               

– Andresito ¿Te comportarás hoy bien con la familia? Que veo que ya llegas algo colocado.                         

– Mamá no te pases, sólo fueron unas cañas.                                   

Pasé al salón y papá estaba abriendo un cava catalán, que había traído el pelota de mi cuñado, Enrique, marido de mi hermana Reyes la mayor de los hermanos.   El cabroncete de Enrique estaba pegado a la pata de jamón, que papá había comprado este año, las tres jotas. Le observé y vi como cogía con la mano un puñado de jamón y se lo echó a su bocaza diciendo – ¡España nos roba!       

Yo intenté hacerme el despistado, porque ya me estaba calentando, me fui a sentar al lado de su hijo el gordinflón, mi sobrino Juanito, la verdad que es un buen niño, para mí el mejor de mis tres sobrinos, porque su hermana la Nancy es tan estirada como mi hermana Reyes. 

¡Jesús como venía la niña este año, con ese noviete, pijo, pijo!

Mi madre parecía estar haciendo reverencias constantemente o eso me pareció a mí, desde aquel rincón donde lo estaba observando todo. Bueno venga, tocaba ir a saludarlos, después de tocarle los mofletes al majete de mi sobrino Juanito, que no paraba de comer patatas fritas con caldo de berenjenas. Parecía mentira lo que podía meter ese niño con apenas once años, a mí la verdad que me daba pena, parecía de ansiedad, claro que no me extrañaba con la familia que le había tocado vivir.                               

 – ¿Qué tal Pituca?                               

 – ¡Hola Tito! Mira él es Alber.         

Besé esa cara tan maquillada,           

¡Jesús estaba tan pringosa! Al chaval le di la mano y se la noté blandita, tan blandita como su porte de pijo pringado.                                   

Mamá había colocado una estupenda mesa como todos los años, repleta de Ibéricos, quesos, patés, mejillones, langostinos, patas de buey y percebes. Por otro lado, estaban los refrescos, el agua, vino y la casera, porque en mi casa si no había casera mi hermana Maruchi cogía la mona rápidamente. También había hecho mamá dos clases de ensalada: una de escarola y otra de brotes tiernos. Después de los entrantes vino el cordero y un estupendo sorbete de limón. Y cuando ya estábamos todos degustando esa riquísima tarta de la abuela, que mamá preparaba tan rica. En ese momento el independentista soltó la bomba, quería cambiar de chaqueta y venirse a vivir a la Capital, a mi padre el vino se le cayó de las manos y la botella rodo por los suelos, salpicando el smoking del pijo y un grito salió de sus labios.   

 – ¡Joder, este patán me ha manchado!                                           

El africano que quería al abuelo le enganchó por los hombros y le tiró a un lado. Pituca se agarró a las rastras de su primo africano, y fue entonces cuando se armó la marimorena. En la calle comenzó la traca de un nuevo año, y yo mientras tanto con Juanito acabé las doce uvas y después brindamos con Sidra el Gaitero famosa en el mundo entero.


© Texto: Mpiliescritora
© Imagen: pexels

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