Sentido

Comienzas a vislumbrar tu propia muerte a través de destellos. Te levantas a la hora habitual, todavía inmerso en la sensación de vacío derivada del sueño.

Cierras los ojos. Tu memoria apenas retiene los residuos de lo que soñaste. Intentas aislar alguna de las imágenes, darle un sentido, convertirla en una señal. Desistes, pensando que no es más que una pérdida de tiempo. Además, tus sueños siempre han carecido de significado.

Te diriges al baño, te cepillas los dientes, tomas una ducha. Te preparas deprisa. Apenas desayunas y te marchas al trabajo.

Intuyes que olvidas algo, pero sabes que si regresas no podrás recordarlo.

Conduces tu auto en medio del tráfico matutino y escuchas las noticias en la radio: el pronóstico del tiempo, los crímenes sin resolver, las divergencias económicas, los conflictos internacionales.

Haces un repaso mental de tus compromisos laborales y a la vez procuras evitar las calles más congestionadas, sorprendido de lo acostumbrado que estás al caos que impera en el mundo.

Eres el primero en llegar. Esperas unos minutos en actitud retraída y, luego, aparece tu asistente dándote la excusa de siempre: el tráfico, señor. Tú no le reclamas, te limitas a sonreírle condescendiente y le pides unos documentos junto con un café.

Ella sale apresurada de la oficina, regresa, te entrega una carpeta y una taza humeante. Susurra algo a tu oído y después se marcha sin cerrar la puerta.

“Esta noche”, repites, al verificar que el informe está incompleto y el café, demasiado amargo.

A la hora del almuerzo vas a tu restaurante favorito. Sirven comida italiana a un precio razonable y sólo queda a dos cuadras de tu trabajo. Varios de tus colegas asisten al mismo lugar, pero ninguno te acompaña a la mesa. Algunos te saludan con un gesto distraído y otros ignoran tu presencia.

Colocas las puntas de los dedos sobre el menú plastificado. Lo examinas, pero no logras que las letras adquieran algún sentido. No importa, hoy es martes y ordenarás lasaña con ensalada. Hace tiempo que programaste todas tus comidas. Haces a un lado el menú y juntas tus manos sobre el mantel. Parpadeas despacio, al tiempo que te mordisqueas el labio. Es en estos momentos en que dudas de tu propia existencia.

Son sólo destellos, imágenes que llegan, se fragmentan y luego desaparecen.

Miras el reloj y luego el plato, que sigue casi lleno. Has perdido el apetito y apenas consigues probar un par de bocados más. Pagas la cuenta y dejas la cantidad acostumbrada de propina. Te diriges a la salida y antes de cruzar la puerta te vuelves y recorres el lugar con la mirada. Intentas retener en tu memoria todos los detalles, aunque al final desistes. De pronto, la nostalgia te parece un sentimiento inútil.

De vuelta en la oficina ojeas distraído los informes, que esta vez están completos. Debes finalizar un borrador del balance de la empresa para esta tarde, pero por alguna razón te resulta imposible hacer que las cifras cuadren. Levantas los papeles hasta la altura de tu rostro y los dejas caer sobre el escritorio. Sonríes con cansancio, a la vez que cierras los ojos y te frotas el tabique de la nariz.

“Esta noche —te dices—. Tiene que ser esta noche”.

Suspiras y juntas las hojas desperdigadas. Las golpeas contra la mesa hasta que todos los bordes coinciden y te dispones a terminar tu trabajo. Te parece increíble que, a pesar de todo, no consigas hacer a un lado tu sentido de la responsabilidad.

Tecleas las últimas recomendaciones y luego consultas la hora en la esquina inferior de la pantalla de tu ordenador. Has terminado justo a tiempo. Llevas la cabeza hacia atrás y comienzas a girar el cuello, intentando desentumecer tus músculos. Regresas al teclado y le transfieres los datos a tu asistente a través de la red local. Ella se encargará de imprimirlo y encuadernarlo.

Estiras los brazos y luego te frotas los muslos con las palmas de las manos antes de levantarte. Otro día más u otro día menos, depende de cómo quieras verlo. Tomas tu saco del perchero y retiras con las uñas un poco de pelusa antes de ponértelo.

Llegas al escritorio de tu asistente. Le preguntas si ha recibido la información.

Ella te responde con una sonrisa y te mira lo suficiente para que descubras la pregunta que se perfila en sus ojos.

Rozas su mano aparentando descuido.

“Te espero esta noche”, le dices, antes de dar la vuelta. Conduces despacio. Todo te parece irreal, incluso los insultos que provienen de los otros autos. Los últimos rayos del sol se reflejan sobre el pavimento y de alguna manera se proyectan hasta tu memoria. Se distorsionan, te alertan. Hay algo importante que no debes olvidar.

Es ahora que recuerdas lo que dejaste de hacer por la mañana. Las cuentas de la luz y el agua están por expirar. Pensabas decirle a tu asistente que se encargara de ello. Te preguntas por qué los recuerdos surgen siempre en los momentos más inoportunos.

Te detienes en una tienda de conveniencia. Compras una botella de vino y un par de cenas congeladas.

Llegas a tu apartamento y preparas la mesa. Colocas las servilletas y los cubiertos. Te parece que lo único que faltaría es un botón de rosa en el centro. Nunca has sido detallista, pero, después de todo, tal vez esta noche ella se merezca un poco más de atención.

Aguardas en un sillón e intentas leer sin éxito una revista financiera. Enciendes el estéreo con el mando a distancia y cambias de emisora hasta que encuentras una canción que te agrada.

Cierras los ojos. Te parece estar hundiéndote en el sillón. Has llegado al punto en que no logras discernir si las imágenes que cruzan tu mente provienen de tus recuerdos o de tus sueños.

Son apenas destellos, fragmentos, como el timbre que alguna vez escuchaste y que ahora te parece tan real.

Despiertas y sacudes la cabeza. Miras tu reloj de pulsera. Te has quedado dormido durante veinte minutos. El timbre continúa sonando, todavía no decides si debes atenderlo.

Abres la puerta y te haces a un lado para que tu asistente pase adelante. La besas en la mejilla. Ella ríe y te besa en los labios. Técnicamente allí no eres su jefe.

No has pensado en las palabras, nunca han sido tu fuerte. Ella mira la mesa y puedes percibir la satisfacción en su rostro. Va hacia ti y te abraza. No sabes si debes corresponderle. Te separas con la excusa de que debes servir la cena.

Ella se sienta y pone los codos sobre la mesa, descansando la barbilla sobre los dedos entrelazados. La contemplas desde el otro lado del desayunador. Te preguntas si vas a extrañarla. Quizás no lo hagas. Nunca fue más que una aventura.

Hablaste con tu esposa el fin de semana. Quiso saber si estabas dispuesto a intentarlo de nuevo. Los niños preguntan por ti, te había dicho. Tú estuviste a punto de llorar.

Te sientas a la mesa y le sonríes ausente. Le sirves una copa de vino. Ella quiere brindar.

“Por nosotros”, dice.

Te sientes hipócrita al levantar tu copa.

Comes en silencio. Ella no para de hablar. Las tomas de la mano y aprietas demasiado fuerte.

Ella reacciona alarmada y te pregunta qué sucede. Tomas aire y le dices que la relación no puede continuar. Comentas la llamada, le explicas tus responsabilidades, le pides comprensión.

Sientes cómo el calor va abandonando su mano, hasta que ya no puedes seguir sosteniéndola.

Ella se levanta, respirando con agitación. Sus labios se han convertido en una línea fina.

“No voy a permitirlo”, te dice.

Nunca la habías visto así. Te parece una extraña. También te levantas.

“Ya lo he decidido”, le dices, dándole la espalda.

Ella sigue hablando en voz baja. No logras comprender sus palabras. Te apoyas en el borde del desayunador, con la mirada fija en un punto indeterminado de la cocina.

No escuchas sus pasos, estás pidiéndole que te entienda.

Todo sucede al mismo tiempo, la oscuridad repentina y el sonido de la botella de vino al romperse contra la base de tu cráneo.

Despiertas con un terrible dolor de cabeza. Estás de espaldas sobre el suelo de tu sala. Intentas levantarte, pero descubres que tienes atadas las manos. Pasan unos segundos antes de que logres aclarar tus pensamientos. Dices su nombre y le pides que te desate, que piense mejor las cosas.

Ella no responde. Quieres levantar la cabeza y saber si se ha marchado.

Ella sigue allí, su voz se hace más audible a medida que se acerca. Los reclamos se entrecortan a causa de los sollozos. Deseas hablar, pero apenas abres la boca, sin dejar escapar un sonido.

Sigues, casi hipnotizado, el movimiento de su mano. La luz de las lámparas se refleja en la hoja de metal del cuchillo y comienzas a vislumbrar tu propia muerte a través de ese último destello.


© Kalton Bruhl
Imagen de Comfreak en Pixabay