Silencio

Silencio, un silencio de cementerio invade la ciudad en ruinas, con sus calles pavimentadas de historias urbanas que muestran ropa tendida en las esquinas, vendida al paseante por míseros pesos, mientras el sol va pintando de colores el horizonte cada vez más incierto.

En avenida Argentina un mendigo apenas visible entre botellas y basura, duerme la siesta cubierto por cartones.

 Hoy es martes, como tantas veces martes, un día más de la semana en cuarentena en muchos puntos del país. La ciudad en ruinas continúa su paso a medio morir saltando. La violencia se oculta al interior de las casas y no pide permiso para entrar. Las noticias hablan de muertos por covid 19, pero poco se habla de las balaceras entre bandas rivales en algunas poblaciones, ni de la ira contenida que suele estallar en las noches de violencia en los hogares, cuando la realidad detona en el fondo del pensamiento.

Aquí, desde mi balcón todo silencio y paz; una bella mujer caucásica viene a visitarme desde otro siglo, en su abrazo etéreo comprendo que es mi madre y comienzo a reconciliarme con mi historia durante un grato momento, hasta que vuelvo a ver los dientes cariados de la realidad; esa prostituta que curtió mi alma en los peores meses del invierno. Esta vez elijo darle la bienvenida, sé que precisa fluir como río que llega al mar, porque en el fondo existe en su propio holocausto, indiferente a todo, incluso a quienes pasean por la calle esperando que una mascarilla los salve de la infección y los libere de las garras de la muerte. Nadie esperaba esta pandemia y la vida de muchos será tolerable hasta que llegue la neumonía que va matando respiro tras respiro, mientras las autoridades pregonan las cifras de muertos y continúa esta danza existencial sobre la cuerda floja, hasta cuando los aplausos anuncien el final de los casos y los demonios de turno festejen en el nombre del nuevo orden mundial.

Texto © Roxana Heise
Imagen © Nandhu