Simplemente árboles
Hay árboles que parecen haber nacido para la poesía. Árboles solemnes, esbeltos, cargados de símbolos y leyendas. Y hay otros que simplemente están ahí: junto a una tapia, en medio de un huerto, al borde de un camino, en la cuneta de una carretera o sobre la tierra reseca de un campo. No llaman especialmente la atención. A veces son ásperos, torcidos, oscuros; en otras ocasiones, tan comunes que apenas reparamos en ellos.
Pero la poesía sabe mirar de otra manera.
Una higuera que se siente fea entre los árboles floridos del huerto puede descubrir un día que alguien la considera hermosa. Una adelfa crece sin cuidados entre el asfalto y sorprende con sus flores. Una vieja acacia guarda durante años los juegos de unos niños y la memoria de una familia. Las encinas, pardas y campesinas, resisten sin arrogancia el frío y el sol. Y hasta los árboles casi secos levantan sus ramas hacia un cielo que no les concede la lluvia.
No necesitan ser árboles sagrados, ni protagonizar antiguas leyendas o distinguirse por la perfección de sus formas. Les basta con vivir: crecer como pueden, ofrecer sombra, guardar recuerdos y resistir.
Quizá por eso los poetas se detienen ante ellos. Porque donde una mirada apresurada encuentra un árbol vulgar, feo o insignificante, la poesía puede descubrir belleza, fortaleza, sensualidad, memoria o desamparo. Y al hacerlo nos recuerda que la belleza no siempre está en aquello que sobresale. A veces permanece silenciosa en lo cotidiano, esperando solamente que alguien se detenga a mirarla.
Son, simplemente, árboles.
Juana de Ibarbourou — La belleza que nace de una mirada
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
—Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
—Hoy a mí me dijeron hermosa. 1 Ibarbourou, Juana de. "La higuera". Las lenguas de diamante; Raíz salvaje, editado por Jorge Rodríguez Padrón, Ediciones Cátedra, 1998.
Pocas veces un árbol tan poco agraciado ha recibido una declaración de cariño tan sencilla como la que Juana de Ibarbourou dedica a la higuera. Desde los primeros versos no intenta disimular sus defectos:
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
La poeta la coloca, además, en franca desventaja. A su alrededor crecen ciruelos, limoneros y naranjos que, llegada la primavera, se cubren de flores. Frente a ellos, la higuera permanece con sus gajos torcidos, gris y aparentemente triste. Todo parece indicar que estamos ante el árbol menos hermoso del huerto.
Pero ahí comienza realmente el poema.
Ibarbourou no transforma físicamente la higuera ni pretende descubrir en ella una belleza secreta que los demás no hayan sabido apreciar. Hace algo más sencillo y, quizá, más conmovedor: decide regalarle belleza mediante la palabra. Cada vez que pasa junto a ella le dice, procurando que su voz resulte dulce y alegre:
Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.
Importa poco que la afirmación sea cierta según las convenciones de la belleza. Lo importante es que alguien se ha detenido ante ese árbol que parecía condenado a contemplar cada primavera el esplendor de los otros y ha pensado que también él necesitaba escuchar una palabra amable.
Y entonces sucede algo extraordinario. La imaginación de la poeta concede a la higuera un alma sensible de árbol. Quizá escuche. Puede que comprenda. Y quién sabe si, durante la noche, cuando el viento mueva su copa, recuerde todavía aquellas palabras y pueda decirse a sí misma:
Hoy a mí me dijeron hermosa.
Ese verso final ilumina retrospectivamente todo el poema. Ya no estamos hablando únicamente de una higuera. Estamos hablando de la necesidad de ser mirados, reconocidos y queridos, especialmente cuando creemos que otros poseen aquello de lo que nosotros carecemos.
Juana de Ibarbourou convierte así un árbol áspero, gris y torcido en una pequeña lección de humanidad. La poesía no ha cambiado la higuera: sigue siendo exactamente la misma. Lo que ha cambiado es nuestra manera de verla.
Y quizá ahí empiece precisamente la belleza.
Manuel Cornejo González — Cuando un elogio cambia al árbol
A LA OLVIDADA HIGUERA
La torcida higuera
de enferma esperanza,
la del huerto humilde
por fea olvidada,
coqueta sonríe
aun con viejas ramas.
Suspira entre dicha
llena de arrogancia,
igual a otro árbol
ha sido admirada.
Perdió la tristeza
y el goce la embarga,
al compás del viento
parece que canta,
parece que ríe
llena de prestancia
porque una poeta
la versificaba.
Recogió el piropo
que siempre anhelaba
porque nunca, nunca,
la llamaron "GUAPA",
y en la umbría huerta
creció desolada.
Hoy sin esperarlo
fue piropeada
y un ramo de verso
su tronco abrazaba.
“Hermosa le han dicho
y gozo derrama”
¡La rugosa higuera,
de contenta estalla!
Si Juana de Ibarbourou imaginaba que unas palabras podían hacer feliz a la higuera, Manuel Cornejo González recoge esa misma idea y la prolonga. Su poema, “A la olvidada higuera”, nace prácticamente como una respuesta al de la poeta uruguaya.
La higuera vuelve a ser la de siempre: torcida, vieja, poco agraciada y relegada en un huerto humilde. Pero algo ha sucedido. Alguien se ha fijado en ella:
igual a otro árbol ha sido admirada.
Y ese reconocimiento basta para transformarla. No cambia su tronco ni rejuvenecen sus ramas; cambia su manera imaginaria de estar en el mundo. La higuera sonríe, suspira, parece cantar y reír. Cornejo lleva así un paso más allá la personificación que ya estaba presente en Ibarbourou: nos muestra las consecuencias de aquel inesperado elogio.
El vínculo entre ambos poemas se hace explícito cuando recuerda que una poeta la versificaba. Aquella higuera que había crecido desolada porque nadie la consideraba hermosa recibe por fin lo que llevaba toda la vida esperando:
porque nunca, nunca,
la llamaron “GUAPA”
La mayúscula introduce incluso un tono juguetón y entrañable. Después de tanta indiferencia, una palabra aparentemente trivial adquiere un valor enorme. Y el verso se convierte en algo material, casi en un regalo que puede depositarse sobre el árbol:
y un ramo de verso su tronco abrazaba.
Es una imagen especialmente hermosa porque resume el sentido de los dos poemas. La poesía ocupa el lugar de las flores que la higuera parecía no tener. Lo que la naturaleza no le concedió según los cánones habituales de belleza, se lo concede la palabra.
Por eso resulta tan acertado leer a Cornejo inmediatamente después de Ibarbourou. En el primer poema asistíamos al instante en que alguien se detenía ante un árbol despreciado y le decía que era hermoso. En el segundo descubrimos lo que pudo suceder después.
La higuera continúa rugosa, torcida y vieja. Pero ya sabe algo que antes ignoraba: también ella puede ser observada con admiración.
Y quizá bastaba con eso.
Amalia Bautista — La belleza que no avisa
LAS ADELFAS
Las he visto crecer en las cunetas
y en las medianas de las autopistas,
en jardines privados y lujosos
y rodeando bloques de ladrillo
en suburbios tan tristes como el hombre.
Me sorprende que sean tan bonitas,
que se adapten tan bien a cualquier medio,
que precisen tan pocas atenciones.
Me sorprende que sean venenosas. 2Bautista, Amalia. Tres deseos. Ed. Renacimiento. Sevilla, 2006.
Después de las dos higueras, Amalia Bautista nos obliga a cambiar de escenario. Abandonamos el huerto y salimos a lugares mucho menos propicios para la poesía: cunetas, medianas de autopistas, jardines privados y suburbios de bloques de ladrillo.
Allí crecen las adelfas.
El poema comienza casi como una enumeración de los lugares en los que la poeta se las ha encontrado. Y hay algo significativo en esa variedad: las adelfas parecen no elegir. Pueden crecer junto a un jardín lujoso o rodeando unos bloques de viviendas en suburbios tan tristes como el hombre. No necesitan un paisaje perfecto para ser hermosas.
Entonces llega la sorpresa:
Me sorprende que sean tan bonitas,
que se adapten tan bien a cualquier medio,
que precisen tan pocas atenciones.
La adelfa introduce así una nueva forma de humildad en nuestro recorrido. No es la fealdad de la higuera ni necesita que nadie la consuele diciéndole que es hermosa. Su belleza resulta evidente. Lo sorprendente es encontrarla precisamente allí donde nadie parecía haber preparado un lugar para ella.
Es una belleza resistente y poco exigente. Crece con escasos cuidados, soporta ambientes muy diferentes y lleva sus flores hasta esos espacios de tránsito que atravesamos sin mirar: una carretera, una mediana o la periferia de una ciudad.
Pero Amalia Bautista reserva para el último verso un pequeño golpe que cambia todo lo anterior:
Me sorprende que sean venenosas.
De pronto, la belleza deja de ser inocente.
El poema, brevísimo y aparentemente sencillo, nos hace revisar lo que acabamos de contemplar. Aquellas flores que parecían alegrar los lugares más inhóspitos contienen también una amenaza. Lo hermoso y lo peligroso pueden habitar la misma planta sin contradecirse. Y ahí se encuentra la aportación más singular de las adelfas a Simplemente árboles. Después de dos poemas en los que la mirada poética concedía hermosura a una higuera despreciada, Amalia Bautista invierte el juego: ahora contemplamos algo indiscutiblemente bello y descubrimos que nuestra primera mirada tampoco era suficiente.
Porque mirar de verdad un árbol —o un arbusto convertido casi en árbol por nuestra familiaridad con él— no consiste solamente en encontrar belleza donde parecía no haberla.
También consiste en comprender que la belleza no nos lo cuenta todo.
Eloy Sánchez Rosillo — El árbol donde permanece la vida
LA ACACIA
Después de tantos años, vuelvo a verte,
cuando ya no esperaba que mis manos
acariciaran otra vez tu viejo tronco, en el que el tiempo
fue dejando las oscuras señales que dan fe de su paso
y ennoblecen la esbeltez de tu serena decadencia.
Hoy quiero estar contigo, al igual que en los días de la
infancia
o del desasosiego adolescente. Porque nunca he olvidado
todo lo que te debo, ni la dicha tan pura que me diste
en aquel paraíso que fue mío y que el recuerdo
le devuelve a mis ojos, intacto, en ocasiones.
Siempre estabas aquí, junto a la puerta
de la casa de campo inabarcable y blanca
que mis abuelos construyeron en medio de las tierras
del patrimonio familiar, y aguardabas paciente
nuestro regreso, cuando en los meses estivales
el calor nos hacía salir de la ciudad
y volver a tu lado buscando el aire fresco
y la silvestre paz de estos lugares.
Desde el viejo automóvil que avanzaba muy despacio,
envuelto en nubes de polvo, por los difíciles caminos,
te descubríamos a lo lejos, mucho antes
de que por fin el largo viaje concluyera.
Y mi corazón se alegraba al divisar,
en medio de los campos agobiados por el calor del mediodía,
el verdor de tu copa sobre el fondo blanquísimo de la casa
encalada.
Cuánto jugué de niño junto a ti,
con mi hermana y mi hermano y con los hijos
de las gentes humildes que dejaron su vida
en estas soledades.
Sin apenas descanso, infatigables,
cerca de ti corríamos de una parte a otra, afanándonos
en mil pequeñas cosas que se nos ocurrían
para hacer nuestro el mundo.
Eran largos los días y ni una
sola nube
oscureció esa dicha que ahora vuelve
como una luz muy viva a este poema.
Mucho después, de pronto, en los años difíciles
de la temible adolescencia, supe ver tu hermosura.
Y mis ojos miraron de otro modo
tus delicadas ramas y el temblor de sus hojas.
En la ventana de mi habitación,
pasaba largos ratos observándote,
y muy despacio luego,
lentamente,
iba escribiendo en un papel muy blanco
las líneas inseguras de mis primeros versos.
A la hora en que la tarde comenzaba
a estar casi vencida, junto a ti, haciendo corro, las mujeres
se sentaban. Con placidez charlaban y cosían,
y nos veían crecer, y eran felices.
(Si ahora cierro los ojos aún contemplo a mi madre,
tan hermosa y tan joven en los tiempos aquellos,
sentada en el sillón de mimbre en que solía
descansar, al atardecer, de las domésticas tareas;
y todavía oigo su risa, escucho sus palabras.)
Más tarde, en los umbrales de la noche,
regresaban del campo los hombres, a lomos de sus mulas,
muy cansados de las agotadoras faenas en las que se ocupaban
desde el alba al crepúsculo.
Y se acercaban sonriendo
a las mujeres. Bebían agua fresca en los botijos,
liaban sus cigarros, y nos gastaban bromas.
A esas horas, también, con frecuencia se oían,
en el silencio cárdeno de los atardeceres,
los gritos del pastor y las esquilas taciturnas
del ganado que ya se recogía.
Iba creciendo
la oscuridad. Y algún perro ladraba.
En noches como ésta, cuando todos
estaban entregados con mucha paz al sueño
y sólo se escuchaba el canto de los grillos,
te he visto, vieja acacia, bajo la luz purísima
de la luna, como un árbol de plata que estuviese
muy dulcemente meditando a solas;
y a través de tus hojas, en las noches oscuras,
miraba con asombro el remoto latir
de las estrellas de la madrugada.
También he visto en las amanecidas
el temblor del rocío sobre el verde reciente
de tu copa habitada, pues al primer albor,
a veces, me sacaba de las brumas del sueño
la algarabía de tus gorriones.
Y te vi con el viento enredado en tus ramas,
y en las súbitas luces del relámpago,
bajo las gruesas gotas de la lluvia estival.
Y siempre, en los rigores de la siesta
me acompañó tu sombra, mientras leía un libro
o miraba los campos, la viña, los trabajos
del sol y los quehaceres de los hombres,
que aventaban los trigos en la era
o trillaban las mieses y cantaban canciones
sin que el calor los arredrara; a la vez que en las encinas
las ruidosas cigarras que enardecen
la furia del verano se vanagloriaba
de su vivir ocioso.
Son tantas las imágenes
que al contemplarte en esta noche acuden
a mi memoria, y es tanta la alegría
de estar aquí, contigo, después de todos estos
años en que he vivido sin ti, sin la ventura
de tu fiel cercanía, que hoy parece
de nuevo todo igual, y como entonces
soy sencillo y dichoso, aunque no en vano
haya pasado el tiempo y ahora estemos
tan cambiados los dos, acacia recobrada,
el más hermoso y mío de los árboles. 3Sánchez Rosillo, Eloy. Hilo de oro (Antología poética, 1974-2011). Ed. Cátedra. Madrid, 2014.
Con Eloy Sánchez Rosillo volvemos a alejarnos de la belleza evidente. Después de las adelfas que florecen incluso junto al asfalto, regresamos al campo y encontramos un árbol mucho más discreto: una vieja acacia junto a una casa familiar.
Pero ahora sucede algo nuevo. La belleza del árbol no depende de sus flores, de su forma o, ni siquiera, de lo que ofrece. Depende de todo lo que ha sucedido a su alrededor.
El poema comienza con un regreso:
Después de tantos años, vuelvo a verte
El poeta retorna cuando ya casi no esperaba hacerlo y acaricia de nuevo aquel tronco en el que el tiempo ha dejado sus señales. La acacia ha envejecido. También él. Y esas marcas, lejos de afearla, ennoblecen su decadencia. Desde el principio comprendemos que estamos ante dos seres que se reencuentran después de haber atravesado juntos, aunque a distancia, el paso de los años.
Poco a poco descubrimos por qué ese árbol aparentemente corriente resulta tan importante. La acacia estaba junto a la casa de campo de los abuelos y era una de las primeras cosas que los niños divisaban cuando llegaban para pasar el verano. Bajo ella jugaron los hermanos y los hijos de los trabajadores del campo. A su sombra se sentaban las mujeres a coser y conversar. Por allí regresaban los hombres después de la jornada. En sus ramas despertaban los gorriones y, entre sus hojas, podían contemplarse las estrellas.
La acacia estaba allí mientras ocurría la vida.
Y también estaba cuando el niño comenzó a dejar de serlo. Durante la adolescencia, desde la ventana de su habitación, la voz poética contempla de otra manera sus ramas y el temblor de sus hojas. Y frente a ella escribe las líneas inseguras de sus primeros versos.
El árbol se convierte así, silenciosamente, en testigo del nacimiento del poeta.
Pero los versos más emocionantes llegan cuando, en medio de todos esos recuerdos, aparece la madre. Ya no existe solamente la acacia que tiene delante: alrededor de ella vuelve por un instante todo un mundo desaparecido. El poeta puede verla todavía tan hermosa y tan joven, sentada al atardecer, y asegura incluso escuchar su risa y sus palabras.
Entonces comprendemos que retornar al árbol es, de alguna manera, regresar a quienes ya no pueden volver.
La acacia ha sobrevivido para custodiar aquella vida. En su tronco envejecido permanecen los juegos infantiles, las conversaciones, las faenas del campo, los atardeceres, las noches de verano, los primeros poemas y las personas queridas.
Por eso resulta tan significativo el final. Después de haber recorrido toda una existencia alrededor de aquel árbol, Sánchez Rosillo lo llama:
el más hermoso y mío de los árboles.
La afirmación recuerda inevitablemente a la higuera de Juana de Ibarbourou, pero ahora significa algo distinto. Nadie necesita convencer a esta acacia de que es hermosa. Su belleza no puede separarse de la vida que guarda.
Y así, en Simplemente árboles, aparece una nueva manera de mirar. Un árbol corriente puede llegar a ser el más hermoso de todos no por aquello que vemos en sus ramas, sino por todo lo que, al mirarlas, somos capaces de recordar.
Antonio Machado — La humildad que se hace fortaleza
LAS ENCINAS
A los señores de Masriera,
en recuerdo de una expedición a El Pardo.
¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!
Mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares?
[…]
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;
encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar
—en Santander—, encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!...
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
mas sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos. 4Machado, Antonio. Poesías completas. cervantesvirtual.com.
Después de la higuera, la adelfa y la vieja acacia de Sánchez Rosillo, llegamos a un árbol que parece representar como ningún otro el espíritu de Simplemente árboles: la encina.
Machado comienza su poema con una expresión que casi podría servir de divisa para todo nuestro artículo:
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!
Las dos palabras no están elegidas al azar. Humildad y fortaleza son, para Machado, inseparables. La encina carece de la elegancia de otros árboles; no busca altura, colorido ni espectacularidad. Es parda, oscura, campesina. Su tronco es ceniciento y sus ramas no tienen una forma especialmente hermosa.
El poeta se lo pregunta directamente:
El poeta se lo pregunta directamente:
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza...?
La pregunta resulta especialmente interesante después de los poemas que hemos leído. También Juana de Ibarbourou se detenía ante un árbol que parecía perder cualquier comparación con los demás. Pero Machado no necesita decirle a la encina que es hermosa. La encina tampoco parece necesitarlo.
De hecho, insiste en negarle casi todos los atributos que tradicionalmente asociamos con la belleza:
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte...
Y, sin embargo, cuanto más le quita, más grande parece hacerse.
Porque la verdadera cualidad de la encina está en otra parte. Crece derecha o torcida y acepta las condiciones que le han correspondido con una extraordinaria naturalidad:
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
Este último verso contiene probablemente el corazón del poema. Vivir como se puede no significa resignación. La encina soporta el sol abrasador y el hielo, agosto y enero, la borrasca, la nieve y el aguacero. Permanece siempre firme, siempre igual, sin convertir su resistencia en heroicidad.
Por eso Machado acaba fundiéndola con el paisaje:
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
La encina ya no es solamente un árbol que crece sobre la tierra: parece la propia tierra levantándose y echando ramas. Tiene sus mismos colores, su austeridad y su capacidad para soportar los extremos.
Y todavía hay algo más. Machado recorre después los encinares de Extremadura, Castilla, Aragón, Navarra, Santander, Córdoba o Madrid. La encina deja de pertenecer a un lugar concreto y se convierte en un árbol profundamente ligado al territorio y, sobre todo, a quienes viven de él.
No pertenece a los jardines elegantes. Su verdadera compañía son los buenos aldeanos, aquellos que encuentran bajo sus ramas sombra y hogar y que cortan su leña con sus propias manos.
Por eso la encina ocupa un lugar fundamental en Simplemente árboles. Machado nos propone un árbol cuya dignidad consiste precisamente en no pretender ser otra cosa; pardo, torcido a veces, sin esbeltez ni altiveza, permanece allí. Viviendo como puede.
Y quizá pocas definiciones de la humildad sean tan hermosas como esa.
José María Hinojosa — Cuando solo queda resistir
CAMPO SEQUÍA
A Luis Buñuel
Los árboles negros,
cruzan
sus ramas,
pidiendo
un poco de agua.
Los árboles negros,
clavan
su mirada,
en el cielo.
A los árboles negros,
no les cae agua,
y casi secos,
fijan sus ojos
en la tierra sin jugo
y sin aliento. 5Hinojosa Lasarte, José María. "Campo sequía". Obra completa de José María Hinojosa, editado por Alfonso Sánchez, vol. 1, Diputación Provincial de Málaga, 1998.
Después de la encina de Machado, firme ante el frío, el calor y la borrasca, llegamos al último paisaje de Simplemente árboles. Y el cambio es radical.
Ya no hay huertos, flores, recuerdos familiares ni sombra protectora. En el poema “Campo sequía”, José María Hinojosa nos deja frente a unos árboles despojados de casi todo:
los árboles negros,
cruzan sus ramas,
pidiendo un poco de agua.
Son apenas unos versos, pero la imagen resulta poderosísima. Los árboles levantan y cruzan sus ramas como si fueran brazos. No hablan, naturalmente, pero su propia forma se convierte en una súplica. La sed ha terminado por darles un gesto humano.
Después, la mirada se dirige hacia arriba:
Los árboles negros,
clavan su mirada,
en el cielo.
La personificación continúa. Primero pedían; ahora esperan. El cielo debería proporcionarles aquello que necesitan para vivir, pero permanece indiferente. Y la insistencia en llamarlos árboles negros elimina cualquier tentación de embellecer el paisaje. No sabemos siquiera de qué especie son. Hinojosa los ha reducido a su condición más elemental: árboles enfrentados a la falta de agua.
El poema termina haciendo descender esa mirada:
y casi secos,
fijan sus ojos
en la tierra sin jugo y sin aliento.
Primero el cielo; después, la tierra. Y en ninguno de los dos lugares encuentran respuesta.
Es una imagen desoladora: arriba no llega la lluvia y abajo se ha agotado la humedad. Los árboles permanecen atrapados entre un cielo que no les da agua y una tierra que ya no puede alimentarlos.
A estos árboles ya no les pedimos que sean hermosos. Ni siquiera que nos den fruto o sombra. Los contemplamos cuando casi todo les ha sido arrebatado y descubrimos que siguen ahí, con sus ramas negras extendidas, esperando.
Este poema tan breve puede servir para cerrar Simplemente árboles con una imagen mucho más honda de lo que aparenta. Después de haber buscado durante todo el artículo la belleza escondida en árboles humildes, acabamos comprendiendo que hay un momento en que la belleza deja de importar.
Queda algo todavía más elemental: la voluntad de seguir viviendo.
Hemos llegado al final del camino y, al mirar hacia atrás, ninguno de los árboles que hemos encontrado parece extraordinario. Nada hay en ellos de excepcional.
Y, sin embargo, después de leer a estos poetas, resulta difícil volver a mirarlos de la misma manera.
Quizá todos ellos nos hayan estado hablando, en el fondo, de lo mismo: de aprender a mirar. Porque mirar no es solamente ver aquello que destaca. También es detenerse ante lo que siempre estuvo allí y nunca reclamó nuestra atención. Descubrir una belleza que no necesita ser perfecta, una dignidad que no necesita exhibirse, una memoria escondida en una corteza envejecida o la obstinación silenciosa de unas ramas que continúan levantándose hacia el cielo.
Los árboles de estas páginas crecen donde pueden, florecen, dan sombra, resisten y mueren, como nosotros.
Quizá por eso la poesía se acerca tantas veces a ellos. Porque al contemplarlos acaba descubriendo algo que también nos pertenece: la fragilidad, el deseo de ser queridos, la memoria, la resistencia, el paso del tiempo y esa inexplicable voluntad de continuar viviendo.
No hacía falta buscar árboles extraordinarios. Estaban ahí.
Simplemente árboles.
© Texto e ilustraciones: José Luis Pérez Fuente
© Ilustración de la portada: Encima de la niebla









