Sobre el tiempo y la palabra

Esta tarde, como aquella tarde,
mi corazón persiguiendo
el quejido del viento entre las espigas,
o la mítica herida del sol
reventando en su múltiple cosmos de luz,
o el agua encendida por blancos besos de estrellas flotantes del día.

Desde aquella terraza,
desde el primer pensamiento secreto
que se abría hasta el infinito,
el aire traía nubes de horas,
las horas libros, los libros palabras,
y en las palabras navegaba el universo entero,
atesorado en una burbuja que yo miraba latir y crecer
y a la que yo daba vida con solo nombrarla.
Una burbuja
donde la rosa guardaba el perfume de mil primaveras.
Una burbuja
donde la nube gritaba el primer enredo de gas
que formara el mundo desde su abismo.

Cuando las horas eran horas, las palabras eran palabras.
Como cometas lejanos traían mensajes
que yo desgranaba en mi boca, en mi voz,
con solo acariciarlos desde lejos con la mirada,
con sólo nombrarlos, yo desnudaba despacio
aquellos trazos de nombre,
con sólo una minúscula forma de amor
los desnudaba el corazón y los prendía,
como esas estrellas blancas que yo veía  flotando en el agua.
Los desnudaba el corazón y los prendía,
los despertaba en el alma.
Era cuando las horas, incandescentemente pasaban
y traían el aroma de la noche hasta mis labios,
cuando la estrella poseída de un ardor secreto
invadía su tramo de espacio
clamando por mi atención y me perseguía, coqueta y firme,
por todo el entramado universal hasta alcanzarme.

Era cuando, dueña de una infinita cautela,
yo iba tiñendo de un baño de magia
el corazón incandescente de los sonidos
y el universo al que se asomaban.
Así despertó la montaña
y el gigante que brama en el fuego,
así despertó la ola y la fría sombra
y la sangre que sobraba en los fusiles, y el libro roto,
el incansable aleteo que abría los pétalos de las flores
y las cien mil islas perdidas
que se quedaron colgando del mundo,
olvidadas.

Así, cautelosamente,
fui destilando una alquimia que hacía de cada instante
una criatura especial, como dotada de vida,
que convertía en eterno el mundo y sus habitantes,
el tiempo y sus desvaríos,
el alocado y preciso jinete que tiraba y tiraba de mí,
la interminable y potente cadena
que me arrastraba siempre
sin causa y sin remedio, hacia la noche.

Esta tarde,
como aquella tarde.


© Carmen Nöel
Imagen de Iván Tamás en Pixabay