Soledad

¿Dónde estás, estrella con temblor de nardo, aquejada de un vínculo de nieve?
Te recuerdo entre los suaves hilos de la enredadera,
trepando en tu continua lucha de silencio
y entretejida en el cristal de la ventana con tu lengua azul y tibia
lamiendo el duro cauce y más allá, la tarde,
la sombra lenta que se expande hacia la arena gris del crepitar del tiempo
en sus abismos.

¿De dónde parte el rumor cansado de tus ojos con las órbitas vacías?
¿De qué lacerante promesa están hechos tus labios
cuando el cuchillo frío de tu beso se posa en el aire
y exhala tu voz su aliento de novia desesperada?
Rota en las estrías de la boca,
punzante, negra,
desmadejada en el mar,
he robado la herida inmensa de tu mirada de sal donde los pies se hunden.
En ella se queda clavada una rosa.
La rosa de mi alma encarcelada.
No hay muro más duro que el de tus labios.
No hay hueco más tenue que el de tus brazos.
No hay laberinto más denso que el que recorre tu boca sobre mi cuerpo dormido.
No hay lágrima más profunda que tu caricia de lluvia sobre mi almohada.
No hay dardo más triste que tú.

Tu grito estridente cercena cada hora en el cristal y cada grano de arena apresado
en la madeja lenta del tiempo en sus agonías.
Entre los labios tengo tu beso de sal que grita,
tu beso de sal que moja,
tu beso de sal que quema.
Tu beso de vacío interminable por donde todo termina lento, callado, en desorden,
hasta sus mismos orígenes.

Como la orquídea negra, te instalas lentamente en el fluir de la sangre,
muy quieta, muy callada,
muy deshechas en girones tus alas de gaviota loca
para mirarme a los ojos con los tuyos de penumbra malherida.
No sé cómo ignorar
que me estás clavando tu grito de loba entre las entrañas
cuando en la noche tus manos arden y me acaricias.

Rota me dejas la piel, compañera vieja,
que cuando todos se han ido,
y todo se ha roto,
y nada se abrasa en mis labios,
allí quedas tú,
lamiendo incansable los pies desnudos que me aplastaron,
como una perra con lágrimas en los ojos,
calladamente pidiendo por la caricia de un dios.
En un laberíntico afán nos miramos.
En ese vacío inmenso que ocupas y en el que reinas,
que se hace cauce dentro del alma cuando tú pasas,
cuando la dañas,
triste, callada, lenta,
llamando apenas con tus alas torpes sobre el cristal helado de mis sueños.
Las alas abrasadas con las ansias muertas.
Las alas desplegadas eternamente en la sombra.
Mariposa negra y grande de la noche.
No llores más, compañera triste.
De tus sollozos nacen nenúfares de la tarde sobre un estanque azul de palabras rotas.
Las que dije alguna vez y solo tú escuchaste.
Las que creé para el sol,
para colgarlas del corazón de los álamos y que se hincharan de viento,
y volaran,
y que tú fuiste lamiendo como mis pies,
cuando cayeron deprisa contra la escarcha, desnudas,
con su temblor de nieve desde el centro de sus átomos.
No llores, porque tus lágrimas son mis lágrimas.
Tus palabras mis palabras, y tu mirada la mía.

Y ya no me queda más alma por entregarte.
Porque nadie, nunca, nada
tendrá jamás el laberíntico arrullo de mi letargo como lo vieron tus ojos,
ni mi alazán incitado,
ni mi caricia de ninfa.
Ni el mar ni la noche podrán comprender jamás lo que fui si no tú,
cuando traída por un viento destinado a mí,
obligada, confusa,
posaste tu beso de nieve sobre mis labios de luna.


© Texto:  Carmen Nöel
© Imagen:  pexels 

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