Soltando amarras familiares

Para las vacaciones de invierno del último año escolar fuimos invitadas, Gracia y yo, por nuestra compañera Magda a acampar en el fundo de su familia en Coinco, una pequeña localidad de la zona central de Chile. ¡Serían las primeras vacaciones en las que disfrutaría de libertad sin supervisión adulta!

El viernes después de salir de clases, el padre de Gracia nos trasladó en su citroneta (el Citroën más popular de la época) hasta el fundo. Tuvo la mala idea de dejarnos al Capitán, un perro pastor alemán, para que nos cuidara. A la medianoche nuestro guardián citadino, atemorizado por el mugir de una vaca, se metió temblando dentro de la carpa.  ¡El resto de las noches tuvimos que aceptar su aplastante compañía!

A pesar de estos pequeños inconvenientes disfrutamos la experiencia de independencia, especialmente Gracia y yo que éramos hijas únicas; Magda también lo era en cierto sentido, pues tenía mucha diferencia de edad con su hermana menor.

En enero, apenas rendimos las pruebas necesarias para el ingreso a la Universidad, partimos en microbús al fundo. Nos esperaba el tío Jorge quien nos trasladó a una casita donde vivía un matrimonio de trabajadores con su hija de tres años. Ahí nos instalamos en una humilde habitación que no contaba con baño ¡teníamos que salir a campo traviesa para ocupar una rústica letrina sanitaria!

Yo acostumbraba a viajar con mi guitarra a todos lados, no sabía tocar… rasgueaba para amenizar y cantar en reuniones sociales. A nuestros anfitriones les encantaba escucharnos cantar canciones de moda de los Beatles, Rolling Stone, Tom Jones, entre otros. Pero como no podían cantar en inglés nos solicitaban canciones mexicanas de Pedro Vargas, Jorge Negrete, Javier Solís y otros ¡absolutamente desconocidos para nosotras! Ellos intentaban cantar sus canciones favoritas y yo los acompañaba, pero eran tan desafinados que se transformaba en un suplicio tener que escucharlos.

El tío Jorge llegó un día con el mejor regalo que pudimos recibir ¡un caballo para cada una! Magda recibió al Azabache, un enorme caballo negro algo chúcaro; Gracia a Fragancio, bautizado así porque era un caballo que iba dejando su rastro de heces por el camino; y yo a la Chilenita, una pequeña yegua alazana (roja) campeona de carreras. La entrega se complementó con una clase práctica donde aprendimos a ensillarlos, peinarlos y alimentarlos. Esto incrementó nuestra sensación de independencia ya que pudimos recorrer, no solo el fundo, sino el pueblo y sus alrededores.

Esos caballos fueron nuestros leales compañeros durante toda nuestra estadía en el campo y se produjo una conexión entre ellos y su respectiva jinete: respondían a nuestras indicaciones orales y maniobras de riendas con tranquilidad. Sus movimientos eran gráciles y seguros, con un suave balanceo al andar y un rítmico sonido de sus cascos en el suelo. Quise plasmar esos maravillosos momentos de camaradería en una obra pictórica que titulé «Vacaciones juveniles en Coinco» 

Cecilia Byrne. Vacaciones juveniles en Coinco. Óleo sobre tela de 50x60 (2023).
Cecilia Byrne. Vacaciones juveniles en Coinco. Óleo sobre tela de 50×60 (2023).etalle

Pasear a caballo por los campos nos permitió sentir la suave brisa que acariciaba los campos, el aroma fresco de las flores silvestres, los sonidos de la naturaleza  y la calidez  del sol en la piel. Recorríamos estrechos senderos entre colinas ondulantes, arroyos serpenteantes y campos sembrados, observando a los animales que pastaban entre majestuosos árboles y a los pájaros que revoloteaban en el cielo azul. Cuando encontrábamos un bosque frondoso que nos invitaba a refugiarnos del cálido sol con su sombra y el murmullo de algún arroyo, identificábamos las diferentes texturas de los árboles, la diversidad de verdes y formas de su follaje, el aroma a tierra mojada y a hierbas relajantes.

Al llegar al pueblo encontrábamos las hermosas casas de adobe con sus anchos corredores frontales, sostenidos por columnas rústicas, donde las señoras del lugar se acomodaban en sus sillas mecedoras, generalmente tejiendo, para observar el ir y venir de la gente y, al mismo tiempo, disfrutar de conversaciones animadas.

Un día recorriendo el pueblo llegamos a la casa de la tía Carmen, la cuñada viuda del tío Jorge, que veraneaba ahí con sus seis hijos varones, entre los 23 a los 11 años: Andrés, Jorge, Goyo, Juan Carlos, Nacho y Marcelino. De inmediato conectamos y la amistad surgió espontáneamente, fuimos inseparables durante ese verano. Diariamente nos juntábamos en su casa, a tal punto que la tía Carmen puso tres puestos más en la mesa. Era una mujer maravillosa; cálida, simpática y la mejor chef que pudimos conocer por sus cazuelas, porotos granados, pasteles de choclo y variada repostería.

Ellos nos convencieron que teníamos que mudarnos a un lugar más cercano al pueblo. Con su ayuda nos trasladamos a un sandial a orillas del río. Ahí nos instalamos en una carpa bajo un frondoso sauce llorón. Llegada la noche experimenté nuevas sensaciones por el canto de los grillos, el trino de los pájaros y el murmullo del agua al pasar entre las piedras.

En febrero tuvimos que volver a Santiago para conocer los resultados de las pruebas rendidas y postular a la universidad. Mis puntajes me permitieron postular a Derecho y Enfermería, pero debía matricularme en la carrera que considerara más adecuada a mis capacidades, Fue una elección difícil pero mi vocación de servicio se impuso.

Volvimos a Coinco mejor equipadas: llevé mi tocadiscos a pilas y muchos Long plays de los cantantes de moda como Leonardo Favio, Engelbert Humperdink, Bobby Goldsboro, entre otros. En esta nueva etapa iba a nuestros paseos muy cargada, parecía un “ekeko” (muñeco de la mitología altiplánica que representa al Dios de la abundancia) con mi guitarra inseparable, el tocadiscos y la colección de discos. ¡me resultaba cada vez más difícil trasladarme, pero me sentía segura con mi chilenita!

Otros paseos eran para capear las elevadas temperaturas estivales: a un afluente del río Cachapoal o a la piscina de agua mineral de la empresa embotelladora Cachantún. Ambas experiencias nos proporcionaban bienestar general y suavidad de la piel y el cabello.

En febrero cada fin de semana se celebraban “las Semanas de cada pueblo” en que se organizaban competencias deportivas, elección de reina y fiestas en la fuente de soda o quinta de recreo del pueblo. Para la celebración de la “semana coincana” la pintoresca fuente de soda se transformaba en un escenario animado y bullicioso que congregaba a la comunidad para disfrutar de dos veladas llenas de alegría y camaradería. Las risas contagiosas y las melodías envolventes se entremezclaban con la conversación animada de historias y experiencias que fortalecían los lazos de amistad de los vecinos.

 El sonido rítmico de la música impulsaba a jóvenes y mayores a la pista de baile, creando un ambiente festivo y jubiloso. Un joven que lucía una hermosa manta de huaso se acercó a Andrés y tímidamente, señalándome, le dijo: «Me permite bailar este corrido con la dama» ¡fue así como bailé mi primer corrido con un pintoso huaso lugareño!

Esas vacaciones inolvidables con paseos a caballo por el campo me proporcionaron un escape de la vida cotidiana y fortaleció mi conexión con la naturaleza.


© Texto e imagen: Cecilia Byrne  

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